Su nombre de pila es Eustorgio Segundo Castillo. Hombre diminuto, pero grande de corazón. Auténtico y autodidacta que ha desafiado el tiempo para cultivar el intelecto a prueba de todo. Su carisma salta a la vista y aún mantiene la energía de la juventud, a pesar de aproximarse a 8 décadas de existencia. Vive en la urbanización Brasil, populosa comunidad cumanesa construida a principios de los 70 para albergar a varias familias damnificadas de Caracas, enviadas por Diego Arria, ex gobernador del entonces Distrito Federal.
Eustorgio es el hermano que me queda vivo de una estirpe familiar de escasos recursos económicos, pero con frondosos valores éticos y morales. Quedamos huérfanos de padre y madre desde muy temprana edad. Con el tiempo se nos fueron nuestros hermanos José Gregorio “Goyito”, Celenia, José Luis “Chelí” y Damirda. El tiempo nos castigó implacablemente y aquí estamos de pie echando hacia adelante.
Desde muy pequeño Eustorgio supo enfrentar la vida lacerante. Su orfanda la enfrentó con el trabajo duro en los campos de La Bruja, una población cercana a Quiriquire en el estado Monagas. Al llegar a la juventud se mudó a Caracas en busca de mejores condiciones. Allá se casó con Josefina, su fiel compañera de vida con la que procreó tres varones: Jefran, Jean Carlos e Isael. A todos ellos los formó a ser respetuosos, trabajadores y buenos ciudadanos. Su filosofía de vida es que “la educación viene de casa”. Allí es donde se forma en valores a las personas desde muy temprana edad, sin importar su condición socio-económica.
Mi hermano Eustorgio es un ser excepcional; conversador ameno, cultivador de amistades a granel y amante de la poesía. Con gran estética y voz aquilatada recita cada verso que plasma con su acrisolada pluma. Grafica con majestuoso acento la realidad bañada de romance, lozanía, esperanza y erotismo. Suelta su imaginación creadora para afinar con sobrado acento poético lo que vive y padece. Deleita con voz sutil, la de un querubín, el compás métrico del verso sabor a pueblo. Pero, además, despliega con sabiduría una variedad de temas que apasionan a quienes le escuchan.
Eustorgio recrea la vida y la hace deleitable. Escribe trozos literarios para cautivar al inquietante lector. Lo recuerdo, como si fuera hoy, cuando retornó de Caracas para cargarme y abrazarme con gran cariño. Apenas contaba yo con 4 años y él llegaba a los 22. Seguro fue para él un encuentro maravilloso, mientras que mi incipiente conciencia no me permitía entender aquel reencuentro. Pero estábamos allí abrazados como dos hermanos que volvían a verse. Uno, el primogénito y otro, el benjamín. Siempre me llevaba a recrear al Parque Ayacucho, otrora jardín emblemático de nuestra ciudad mariscala.
Hoy el tiempo ha transcurrido y pintado de blanco su pelo. La sabiduría le aflora con sobrada humildad y aprovecha para aconsejarme. Aún le pido la bendición, como si se tratara de un padre. Así fuimos criados en nuestro humilde hogar. Mi hermano Eustorgio sigue ahí, fuertemente sembrado en mi corazón, y le debo mucho respeto y admiración porque es un hombre ejemplar. Dios le siga concediendo larga vida para que continúe deleitando con su buen humor y exquisitos versos.
Politólogo, periodista y abogado.

