Exterminio: la evolución es la nueva película zombi de Danny Boyle, luego de 28 días después y su secuela.
Por tanto, sería una trilogía que busca abrir una nueva franquicia, como metáfora de la Tierra de los Muertos, donde vivimos, un mundo infectado por el odio, la peste y la supervivencia, cuyos efectos conocemos y padecemos, tras el martirio de la pandemia, ahora de regreso en una fase, dizque leve.
Por ello, la cinta del autor británico, ganador del Oscar, resulta tan oportuna.
El fin de semana la vimos con Malena, Herman y la pandilla del cine, quedando retados y picados por su contenido contracultural, propio del realizador y de su guionista estrella, Alex Garland, quien recientemente nos ofreció un díptico para entender el futuro distópico que alcanzó a Estados Unidos, en su fase regresiva de guerra civil (no declarada) y de confrontaciones bélicas, desde lo doméstico a lo internacional.
Ambos llevan tiempo reflexionando sobre las derivas geopolíticas del globo, así que verlos juntos supone una cita obligada con el cine más alternativo y transgresor, disponible en la cartelera.
Afirma Jorge Fernández Gonzalo, en el libro Filosofía zombi, que las películas de muertos vivientes siempre fueron una metáfora de otra cosa: el racismo y la lucha por los derechos civiles (Night of the Living Dead), la guerra y el consumismo, la mediatización viral y la enfermedad sin cura, el darwinismo y la polarización, el macartismo y la cacería de brujas.
No en balde, Jaques Tourner y George Romero pueden ser considerados los padres de la criatura zombi en el cine, como arquetipo del monstruo y del mal salvaje que dialoga de manera soterrada con las problemáticas de nuestro contexto.
Interesados en el tema, para un trabajo denso de tesis, revisar los textos de Noel Carrol (Filosofía del terror) y del crítico Carlos Losilla (Cine de terror). Solo por poner dos casos de un género harto analizado y estudiado por la academia.
En tal sentido, Exterminio: la evolución sintetiza cuatro asuntos candentes y actuales: el aislacionismo producto de una infección de rabia general, el miedo y la precarización generalizadas, el devenir de Reino Unido en un archipiélago del Brexit y el eclipse del sueño occidental.
Todo ilustrado por el montaje intelectual y de choque de un Danny Boyle en estado de gracia, en pleno dominio de facultades, de la mano de actores como Ralph Fiennes, que nos entrega un papel poético y expresionista, trágico y hamletiano, como un Doctor de la Muerte que reencarna al Marlon Brando de Apocalipsis Now, siendo un verdugo alucinado, pero a la vez demasiado claro del destino incierto que proyecta la pintura negra de Danny Boyle.
Un filme de su filosofía after pop, que oscila entre el nihilismo acid house de Transpointing y la edición posmo de Slumdog Millionaire, la ironía de The Beach ante los nuevos cultos y el karma edípico de los clásicos.
Danny Boyle sorprende con su mejor película en una década, con la que reclama su trono como señor de las sombras en el género que reinventó con Cillian Murphy, valiéndose de todas las técnicas inmersivas y de televigilancia de los primeros 2000, para relatar el pánico que provocó el 11 de septiembre y la llegada del siglo, en aquellos proféticos 28 días después, especie de cinta zombi acerca de cómo filmar el cementerio de Londres, como un falso documental inspirado en las vanguardias del Dogma 95 y la crisis del video clip.
Habrá que ver cómo se la toma la generación contemporánea, qué dicen los buenistas y moralistas, los que encuentran una ofensa en todo lo que los contradice o sale de su cajita de pensamiento. En mi caso me doy por pagado.
Me siento satisfecho de reencontrarme con un director que hemos tenido la fortuna de seguir en Venezuela, desde su ópera prima, Shallow Grave, cuando era apenas una promesa. El país ha podido tomarle el pulso, desde entonces.
De manera que es un gusto volverlo a descubrir a unos 68 años que lo conservan joven, inquieto y desafiante, pero con la inteligencia y la irreverencia que brindan las calvicies del último punk del cine.
Un Sex Pistol que pide que salven a la reina, al tiempo que la desarma con sus líricas explícitas.
Un genio de la filosofía zombi con uno de sus nuevos tratados.
Impelable.
9 puntos de 10, por el pecho, porque viene la cuarta y te quedas en el aire, entendiendo que es una franquicia.
Pero brutal.

