Suma es la vida, suma y dulce, escribe hermosamente Juan Ramón. Y es que todo en el camino se trata, efectivamente, de sumar, de reunir, de agregar; y, sobre todo, de no repetir nunca el el error -producto de la inexperiencia- de absurdamente empeñarnos en restar, preterir, ignorar… Acaso por ello, más que cualquier otra vivencia, el amor está hecho de tiempo capaz de traducir la experiencia de vivir en suma de humanísimos sentidos. Pero tan contundente como la verdad del amor, es la verdad dolorosa del adiós: a cosas y a lugares, y, sobre todo, a ciertos rostros, a relaciones perdidas para siempre y que se niegan a ser olvido.
Espacio es forma de imaginarios que proyectan una vida principalmente a partir de dos referencias: un centro donde se ubica el poeta y un camino evocador de itinerarios andados. Centro y camino: morada y trayecto: espacios de vida apoyados sobre una humana voluntad; lugares construidos junto al tiempo, inseparables de esa libre temporalidad que va dándoles forma; escenarios que aferran al poeta a su presente, obligándole a mirar hacia delante, un adelante que se adivina efímero, dolorosamente cargado de recuerdos y de nostalgia.
Refiriéndose al centro, Nietzsche habló alguna vez de ese sitio personal e íntimo que los hombres construíamos a lo largo de nuestra vida y terminaba por convertirse en una mezcla de morada y de prisión. Ese lugar evocado por Juan Ramón cuando éste afirma: “todo se ve a la luz de dentro, todo es dentro.”
Nuestros adentros, nuestro centro: compleja realidad donde residen pasado, presente y una voluntad de porvenir. Nuestra voluntad nos impone ese centro en el que conviven, lado a lado, alegrías y tristezas, confianzas y sospechas, equilibrios y desasosiegos. Un centro donde somos, a la vez, permanencia y cambio; donde interpretamos el mundo; hilvanamos recuerdos, a veces con amable parsimonia y a veces en medio de remordimientos y conflictos.
Sin centro permanecemos como a la deriva: frágiles ante el afuera y vulnerables frente a las circunstancias. Opuesto a lo céntrico está lo periférico, lo límite, lo ajeno. En su texto La búsqueda del presente, Octavio Paz evoca la condición “céntrica” de su infancia: “Vivía en un pueblo de las afueras de la ciudad de México, en una vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros. Primeros juegos, primeros aprendizajes. El jardín se convirtió en el centro del mundo … todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora mismo … todo era aquí: un valle, una montaña, un país lejano, el patio de los vecinos.” Paz describe su mundo infantil como un inmenso centro donde todo era “aquí” y “ahora”, donde el mundo y el futuro pertenecían al presente de un niño y donde se percibían -demasiado densos y terribles- el desamparo y la separación. Sobre todo la separación.
Tal vez el primer y más doloroso recuerdo de un ser humano sea un sentido de lejanía ante la confusión o impredecibilidad de lo exterior. Cito de nuevo a Paz, ahora en el comienzo de uno de sus últimos libros: Itinerario: “Me veo, mejor dicho: veo una figura borrosa, un bulto infantil perdido en un inmenso sofá circular de gastadas sedas, situado justo en el centro de la pieza … Hay un ir y venir de gente que pasa al lado del bulto sin detenerse. El bulto llora y nadie lo oye. Él es el único que oye su llanto. Se ha extraviado en un mundo que es, a un tiempo, familiar y remoto, íntimo e indiferente. No es un mundo hostil: es un mundo extraño, aunque familiar y cotidiano…” Un adulto recuerda a ese niño que fue. Un niño que intuye la absoluta necesidad de una morada capaz de dar sentido a todas las cosas, a todos los impulsos, a todas las formas de la imaginación.
“Sobreviene la angustia cuando se pierde el centro”, ha dicho María Zambrano. De allí que la expresión “centrarnos” aluda siempre a definición, ubicación, adaptación. El centro, dijo alguna vez Confucio, es armonía y rectitud; preludio de la paz, de la serenidad y de la virtud. Ese centro que pretendemos conquistar y que al final -si fuésemos afortunados- pudiésemos alcanzar, será lo que nos conduzca hacia nuestra propia aceptación.
Uno de los mayores atributos de la escritura bien pudiese ser la configuración de nuestro centro. Y es que las palabras son, también, centro. Entre el ruido de la irracionalidad y el silencio de la ausencia de significados, nos centramos en nuestras voces. Con ellas nombramos una voluntad de metas y designios. Con ellas dibujamos la legitimidad de nuestro camino.
Si el centro es ese lugar donde, como dice Juan Ramón, “todo es dentro”, el camino sería el espacio donde todo es comunicación con el afuera; travesía en la que, mucho más que de avanzar, se trata de entender, de alcanzar la coherencia, de conquistar una armoniosa continuidad…
El caminante avanza en medio de ese presente que lo envuelve, empeñado en convertir su camino en diseño de vida. Una de sus mayores satisfacciones será la potestad de comenzar, de crear cosas nuevas, de aventurarse hacia recorridos que lo conducirán hacia otros horizontes. Protagonista de sus ahoras, el caminante se sabe eterno aprendiz obligado a extraer de cada logro y de cada fracaso un mayor conocimiento de sí mismo. Entre la confianza y la sospecha, entre el optimismo y el desaliento, a veces alimentado por el coraje y en ocasiones debilitado por el temor, el caminante intuye que diseñar de lejos el camino, a imagen y semejanza de sus deseos, pudiera lucirle fácil; pero aprenderá que puede resultarle muy difícil el transitarlo.

