Familias que resisten en un país donde el dolor, la tristeza, el sabor a fracaso y la esperanza se entrelazan: esta es una botella lanzada al mar revuelto de nuestra historia. No es un grito, sino un murmullo firme, cargado de urgencia, como el rumor de un río indomable que busca romper los diques de la división. Es un llamado a detener la carrera por la verdad única y a construir puentes donde hoy solo hay fracturas.
Juan Requesens, hombre de coraje marcado por la prisión y la lucha, nos ha dado tres reflexiones valiosas en este año crucial. Antes de las elecciones del 25 de mayo de 2025, afirmó que respetaba las dos lecturas del momento político; aunque él se mantenía firme en su acción. Tras el proceso, reconoció que había miles de razones para no votar, pero su llamado a la unidad, aunque bien intencionado, fue con el grito de quien tiene la verdad; sin embargo, pudo ser un asunto de momento, nada cuestionable. Finalmente, admitió con franqueza que la derrota en Miranda fue suya, por no haber convocado, empatizado con el pueblo. Dejémoslo hasta aquí.
Si medimos la política por resultados, nadie en la oposición puede alzar la voz con arrogancia. Ni Manuel Rosales, ni Henrique Capriles, ni Guillermo Aveledo, ni Leopoldo López, ni Jesús “Chuo” Torrealba, ni Henry Ramos Allup, ni Juan Guaidó, ni María Corina Machado, ni Edmundo González Urrutia han logrado desplazar al régimen. En el terreno del poder real, estamos parejos en el fracaso. Ni gobernadores, ni alcaldes, ni la Asamblea Nacional han quebrado el control chavista. Las mediaciones del Vaticano, de Europa, de América Latina o de Estados Unidos han sido insuficientes, porque solo negocia quien tiene poder, y ese poder se nos escurre como arena entre los dedos.
Quien proclame que existe una sola forma de lucha —votar o abstenerse, protestas pacíficas o confrontación, alianzas internacionales o resistencia interna— parece ignorar las lecciones de la historia. No hace falta citar a Maquiavelo o a Lenin; basta con mirar los últimos 25 años, con los últimos once sumidos en el horror. Desconocer al régimen que enfrentamos, sus alianzas globales, su maquinaria de represión, no es solo un error táctico: es un drama que nos condena a repetir el pasado. La política, como enseñó Aristóteles, es aprender de la experiencia, y esa lección aún nos pesa.
Hagan un ejercicio, estimados lectores. Revisen las redes: X, Instagram, YouTube. Observen los posts de líderes, intelectuales, periodistas, los podcasts más populares. ¿Cuáles tienen más likes, más retuits, más vistas? Los que descalifican, los que siembran división entre opositores, los que convierten la diferencia en traición. Es una danza triste donde el aplauso premia la fractura. Da la impresión de que algunos prefieren el eco de su voz al abrazo del aliado, encerrados en una certeza que huele a derrota.
Recordemos el 28 de julio de 2024. Formalmente, la oposición tenía dos candidatos: Edmundo González Urrutia, exiliado, y Enrique Márquez, preso. ¿Acaso González llamó a la violencia? ¿Negoció a espaldas del país? ¿Violó la Constitución? No. ¿Acaso Márquez lo hizo? Tampoco. Entonces, ¿por qué insistimos en dividirnos? La soberbia de creerse dueño de la verdad nos aleja del pueblo que espera, no discursos, sino acción.
Hablemos de la violencia, porque el término se usa con ligereza. Violencia fueron los tanques en Miraflores. Violencia es un ejército contra barricadas y piedras, matando a nuestros jóvenes a diestra y siniestra. Pero la no violencia, paradójicamente, es una de las protestas más violentas que existen. Gandhi y Martin Luther King nos mostraron que poner el cuerpo como escudo, sin defenderse, transgrediendo normas injustas –repito: transgrediendo, desobedeciendo leyes-, es un acto que desenmascara al tirano. Es una violencia contra uno mismo que sacude al opresor; ¿exponerse al ultraje, a la muerte, no es una violencia extrema contra sí?
No proclamo violencia ni paz. No defiendo una táctica sobre otra. Lanzo un mensaje claro: basta de perseguir la verdad única. Necesitamos sentarnos, mirarnos a los ojos, y forjar acuerdos que respeten las diferencias.
Volvamos a Requesens. Si había miles de razones para no votar, culpar al abstencionista es absurdo. Si había razones para votar, señalar al votante es injusto. El discurso que divide entre “violentos” y “pacíficos”, o que tilda de “traidores” a quienes piensan distinto, iguala al aliado con el régimen. Ese lenguaje es un regalo al militarismo madurista, una grieta que ellos ensanchan.
Reconocer que hay tácticas diversas dentro de una misma estrategia es el primer paso para dialogar. No sobre quién tiene razón, sino sobre cómo aliarnos. Imaginen un movimiento de movimientos, sociales y políticos, con luchas complementarias: desde la organización barrial hasta la presión internacional, desde la protesta hasta la estrategia electoral. Un ajedrez jugado con la velocidad de un equipo de fútbol, con la cohesión de un pueblo que no se rinde.
Cuando Requesens admite su derrota en Miranda, nos ofrece un destello de autocrítica. Su llamado a la unidad, aunque no tocó el corazón de todos, refleja su compromiso. Ojalá este joven político, junto a González, Márquez y tantos otros, pueda tejer puentes, dejar atrás las distancias y sumarse a una alianza poderosa, nacional e internacional, que no tema a las diferencias. ¿Formas de lucha? Las que sean necesarias, decididas por un equipo unido, con tácticas diversas pero una sola estrategia: la libertad de Venezuela.
Este es mi deseo, mi mensaje en una botella. Que llegue a quienes aún creen en la unidad, que nos recuerde que el pueblo venezolano, pese al exilio, el hambre y la represión, sigue siendo un río que no se doblega. Líderes —Machado, Guanipa, Requesens, González, Márquez, y todos los que sueñan con una patria libre—, dejen de mirarse el ombligo y empiecen a remar juntos.
Profesor universitario

