Pensamos en Einstein como la más emblemática figura del perfecto científico. Sin embargo, vale la pena recordar el profundo humanismo que acompaña su visión sobre temas como el destino de la sociedad humana, la dignidad de la persona, la ética del arte y la ciencia, la religión y el misterio de las cosas…
En un determinado momento de las páginas de su libro: Mi visión del mundo, Einstein escribe: “Solo el individuo aislado puede pensar. Desde allí descubrirá nuevos valores y formulará normas morales que sirvan para la vida en comunidad. Sin personalidades creadoras que piensen por sí mismas es tan impensable el desarrollo de la comunidad como lo sería el desarrollo del individuo fuera del ámbito comunitario”. Es decir: los seres humanos somos, a la vez, seres sociales e individualidades. Es imposible renunciar a nuestra personal singularidad, pero es igualmente imposible renunciar a nuestro carácter social. Somos para nosotros y somos, también, para los otros; y ninguna ideología o ideal colectivista podría negar ambas condiciones. Cada ser humano, con sus atributos y limitaciones, con sus sueños y esperanzas, con sus miedos y anhelos, es y será siempre el pilar fundamental del tejido social.
Las preguntas atemporales acerca del sentido del tiempo humano -dice Einstein- imponen respuestas identificadas con una memoria histórica que no debería significar la vanagloria de guerreros y guerras, de conquistas y baños de sangre, de destrucción y crímenes multitudinarios. Una idea que mucho recuerda cierto momento del discurso de Albert Camus, al ser laureado con el Premio Nobel de Literatura, cuando declaró que su arte, su escritura, había sido para él un puente de comunicación con una historia entendida como incesante búsqueda de la dignidad humana en medio de la solidaridad entre los hombres; un tomar partido a favor de esos hombres que, a pesar de ser los verdaderos hacedores de la historia, parecieran siempre llamados a padecerla.
En las páginas de Mi visión del mundo, Einstein proclama la urgencia de una manera de vivir apoyada en “valores éticos” y no en lo que él llama “la eficacia y practicidad” de los ideales científicos. Y concluye: “el perfeccionamiento ético y moral es una meta más cercana a las tareas del arte que a las de la ciencia”. Einstein se refiere, además, a esos seres que son “verdaderos detentadores de valores destinados a otorgar un sentido de dignidad al individuo y a la vida humana”. Ellos no serán ni líderes políticos ni, muchísimo menos, caudillos guerreros, sino individualidades que, con su conocimiento y su trabajo creador, estén en capacidad de ofrecer nuevos saberes y diferentes perspectivas sobre la condición humana. Einstein los identifica: “en primer lugar -dice: y es algo muy paradójico viniendo de Einstein- están los artistas, y en segundo lugar los investigadores científicos”.
Artistas creadores y creadores de la ciencia: igualmente necesarios ambos. El universo de la ciencia y el universo de la creación artística merecen el mismo respeto, el mismo reconocimiento. Sin embargo, existe para Einstein una diferencia: el saber científico puede conducir “a una eficacia y practicidad que perjudica los valores éticos”. Ésa sería una importante diferencia a favor del saber artístico o, si se prefiere, a la primacía de la “razón poética” por sobre la “razón científica”. La ciencia es, esencialmente, un medio; a diferencia del arte que es, en sí mismo, finalidad.
Es imposible no compartir estas ideas, junto con la propia conclusión de Einstein: será la educación, la práctica de una enseñanza colectiva apoyada en el conocimiento que lo mejor de la ciencia y lo mejor de la poesía pueden proporcionar, la llamada a forjar el natural destinatario del saber: ese universo humano que jamás podría perder de vista los principios y valores de su existencia y su supervivencia.

