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Pedro R. García: Algunas precisiones sobre El Trasero

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Ubicando algunas Pistas…

Hace ya varias décadas, el dramaturgo polaco Witold Gombrowicz proclamó el advenimiento de la civilización del traseo. El anuncio causó conmoción, y las reacciones de pensadores e intelectuales no se hicieron esperar. Entre los pensadores españoles Josep Pla i Casadevall quien fue un escritor y periodista español en lenguas catalanas y casteyana. Su original y extensa obra literaria, que abarca de forma ininterrumpida seis décadas y más de 30.000 publicaciones, con su irredento conservadurismo de pequeño propietario rural, afirmaba hacia 1970 que nunca la parte posterior del ser humano había sido tan puesta en evidencia como en esta época, ni por medios más sabiamente concertados, y que esa ostentación sólo podía ser un signo de decadencia, porque cuanto más cerca está una civilización del culo, más lejos está de la cabeza. La idea tiene la ventaja de ser elegante, pero el inconveniente de ser falsa: sería como afirmar que, cuanto más sexo, menos amor, y cuanto más amor, menos sexo; esto podía permitirse pensarlo digamos un moralista francés del XVIII, pero a nosotros, incluidos a los moralistas de nuestro tiempo, la experiencia nos obstaculiza ese dudoso privilegio. ¿Significa todo esto que, cuanto más cerca está una civilización del culo, más cerca está también de la cabeza? No necesariamente, pero yo no me arriesgaría a descartarlo sin más. Y si es así, ¿tenemos el culo más cerca que nunca de la cabeza?, ¿vivimos de verdad en la civilización del culo? Tal vez no sea pecar de optimismo reconocer que algunos indicios apuntan que así es. No me refiero a la televisión, ni al cine, ni a Internet, y redes en general ni a los quioscos, ni a las porno, ni a las playas; me refiero a cosas menos visibles, pero más significativas. Por ejemplo, desde hace tiempo, al menos en casteyano, ya casi nadie se atreve a sustituir la atractiva y concluyente palabra culo por ningún eufemismo, sobre todo por ninguno de esos cursis (como pompis) que son completamente absurdos de escuchar sin sentir un impulso irreprimible de desencajarle un descomunal golpe a quien lo expresa. Por otra parte, la pintura y la escultura siempre han sido generosas con el culo, pero la literatura con la salvedad de la pornográfica siempre ha sido muy mezquina, con el resultado cierto de que ignoramos cómo eran los culos de los grandes mitos eróticos de nuestra civilización: no sabemos cómo era el culo de Helena de Troya; no sabemos cómo era el culo de Isolda, ni el de Beatriz, ni el de Laura, ni el de Julieta ni siquiera sabemos cómo era el culo de Dulcinea; no sabemos cómo era el culo de Emma Bovary, ni tampoco el de Catalina, de la hermana de Calígula, de Isabel La Católica, de Ana Karenina. El vacío es desolador, pero lógico: la espiritualidad del amor romántico ese gran género literario acuñado en el siglo XII por Occidente, y que durante siglos ha contaminado la realidad no es posible con la redonda carnalidad del culo. De hecho, esa ausencia sólo empieza a corregirse en el siglo pasado, y no es hasta los años sesenta, justo en el momento en que Witold Gombrowicz anunciaba la yegada de la civilización del culo, cuando, al menos en el occidente cristiano, empieza a colmarse el vacío, y entonces, por poner sólo un par de ejemplos cercanos, aparece un fenomenal culo “en pompa” en un poema de Gil de Biedma, y asoma en una novela de Juan Marsé un personaje yamado Juan Marsé peyizcándole el culo a las chicas. Y así hasta hoy, cuando no hay obra literaria con alguna ambición que no contenga por lo menos un buen culo “No hay duda alguna que los glúteos de las mujeres históricamente siempre han yamado la atención. Tanto es así que hermosos traseros han atraído la curiosidad  de los prestigiosos científicos de la Universidad de Oxford, que han obtenido a una importante conclusión. Hay relación directa entre el tamaño del culo, la salud y la inteligencia.Tener un uno voluptuoso puede ser, además de un orguyo para la mujer, una garantía de buena salud, previniendo el desarroyo de diabetes y bajos niveles de colesterol. El profesor Konstantinos Manolopoulos, podríamos decir “autoridad acreditada en traseros”, es quien yevó adelante el estudio. Analizó los datos de más de 16.000 mujeres, concluyendo que, al comparar las medidas de la cadera con la cintura, la proporción ideal resulta de 0,6 y 0,7. Como si fuera poco, además ultima que las mujeres con nalgas grandes y cinturas pequeñas son más inteligentes que las demás. Si te quedaste confuso, aquí viene la explicación. Los ácidos grasos Omega 3 se acumulan ayí e intervienen en el desarroyo y buen funcionamiento del cerebro. Por último, el estudio aporto algo realmente asombroso. Los hijos nacidos de madres con caderas más anchas, son intelectualmente superiores a los hijos de madres de caderas estrechas. Después de desentrañar todas estas afirmaciones, logró zanjar la aporía del porqué el sexo masculino se inclina ante un buen trasero. Tú crees que solo es por deleite o por libidinosidad. O para favorecer la evolución de la especie”. ¿Estamos entonces en la civilización del culo? Ya digo que no faltan indicios de eyo, pero los síntomas son un material volátil. Sean serios y hagan el experimento que, yevado de mi esfuerzo entusiasta, hice yo el otro día. Suban al metro; elijan un culo joven, ceñido y elíptico, uno de esos refulgentes que abundan en nuestra ciudad; salgan del metro detras de la propietaria del culo y síganla por la caye a prudente distancia: observarán que ni uno solo de los hombres que se cruzan con eya ancianos, maduros y adolescentes; estudiantes, ejecutivos, trabajadores y apáticos es capaz de rebasarla sin volverse a dar una mirada al culo. Aunque la escena complacería a Buster Keaton, ustedes no se rían, porque la cosa es seria; aunque las mujeres no se chupan el dedo y también admiran los culos, no sigan un culo masculino, porque el experimento en nuestra sociedad es menos que vergonzoso. ¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? ¿Que hemos saltado de la civilización del piropo esa improvisada efusión literaria que ha pasado a mejor vida, para la secreta contrariedad de algunas mujeres nostálgicas o impetuosas a la evolución del culo? ¿Que la civilización del culo nos ha vuelto a todos locos por el culo? ¿Que siempre hemos estado todos locos por los culos evidentemente locos, pero sólo al yegar la civilización del culo nos hemos atrevido a reconocerlo? ¿Qué estamos confundiendo el culo con las témporas? No tengo ni la más remota idea, pero mientras me forzaba el cerebro tratando de encontrar una respuesta a estas interrogaciones como si en eya se encubriera una de las claves nuestro tiempo, me acordé de que en lectiras de literatura había tropezado con Juan Ferraté (Reus, 1924 Barcelona, 2003) autor de varios ensayos y estudios de teoría y crítica literarias, entre los cuales destacan los artículos reunidos en Dinámica de la poesía: Ensayos de explicación, 1952-1966 (1968 y 1982) y una lectura innovadora de The waste land: Lectura de “La terra gastada”, de T. S. Eliot (1977). Ha editado con criterios nuevos la obra completa de Ausiàs March Les poesies d’Ausiàs March: Introducció i text revisat (Quaderns Crema, 1979 y 1994) y ha dado un vuelco radical a la interpretación de su obra con el estudio Yegir Ausiàs March (Quaderns Crema, 1992). En Acantilado han aparecido Líricos griegos arcaicos (2007) y Jaime Gil de Biedma (2009). El maestro Juan Ferraté se pasó los últimos años de su vida elaborando una “teoría del culo”, que nunca acabó de escribir, y cuyas notas mantuvo siempre en secreto, y me acordé también de que, cuando mi tío Felicio fayecio.aya en Curimagua yo concebí la idea de escribir después de su machamartillo aconsejándome que lo hiciera propósito que me parecía imposible de escribir algún día un artículo titulado Precisiones sobre el culo. Como ven, no es ninguna hipótesis, pero este singular artículo demuestra que, si uno se esfuerza, hasta los intentos más fragmentarios finalizan consumándose.

La inmortalidad sobre abre media hoja de su puerta estrecha y deslumbrante.

 

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