La discusión sobre si votar o no en el contexto venezolano es un laberinto estéril, un debate que nace torcido y se enreda aún más en las plataformas digitales, en los programas de YouTube y en el griterío de las redes sociales. No se trata de elegir entre marcar una boleta o cruzarse de brazos, como si la democracia se agotara en esa disyuntiva. El problema real, más hondo y persistente, está en cómo se han construido –o no– las decisiones que nos llevan a ese punto.
En Venezuela coexisten dos estrategias políticas, una nacional y otra internacional, ambas con un mismo norte estratégico: desplazar a Maduro del poder. Nadie, en un mínimo de cordura, podría dudar del compromiso de figuras como María Corina Machado, Edmundo González Urrutia, Juan Requesens, José Guerra o Enrique Márquez, este último encarcelado, en su lucha por ese objetivo. Sin embargo, el quiebre no está en el fin compartido, sino en la táctica. Los que impulsan la vía internacional han decidido no participar, mientras los que apuestan por la vía nacional insisten en hacerlo. ¿Dónde está el error? En la forma en que se tejen esas decisiones.
Nos hemos quedado atrapados discutiendo el desenlace –votar o no votar– sin detenernos a escrutar el proceso que lleva a esas posturas. En las redes y los foros digitales, se opina sobre el final de la jugada, sin analizar el principio ni el trayecto. La fractura, en términos políticos, está en la táctica. Una política, en dictadura o en democracia, es tal porque surge del debate, del análisis de las circunstancias y de la búsqueda de un acuerdo entre actores diversos –a veces opuestos– sobre lo que se considera el bien común, lo mejor posible dentro de las limitaciones reales. Tanto antes como después del 28 de julio, ambas corrientes han coincidido en que la transición requiere presión y negociación. Por un lado, figuras como Enrique Márquez proponían arrinconar al régimen desde las instituciones, usando los resquicios que la Constitución de 1999 aún ofrece. Por otro, líderes como María Corina Machado articulaban la presión internacional, aliándose con países, especialmente Estados Unidos, para forzar al régimen a ceder.
¿Son estas tácticas erradas en función del objetivo de desplazar a Maduro? En absoluto. Son complementarias. Si se entrelazan con inteligencia, la presión interna y externa se potencian, creando una fuerza capaz de desestabilizar al régimen. Pero, una y otra vez, caemos en el mismo escollo: la incapacidad de nuestra dirigencia para trabajar en equipo. En 25 años, ningún líder ha hecho una autocrítica sincera sobre por qué no hemos alcanzado el objetivo y qué debemos corregir. Peor aún, el lenguaje público y privado está plagado de clichés de izquierda o derecha, de acusaciones de aliados o traidores, un veneno que asfixia cualquier posibilidad de diálogo. Este es un problema cultural, arraigado desde el siglo XIX, que atraviesa el siglo XX y persiste en el XXI: el liderazgo político venezolano sigue atado al caudillismo. En los tiempos de la democracia adeco-copeyana, lo llamábamos cogollocracia, un verticalismo que ahogaba la construcción colectiva de decisiones.
Esta incapacidad tiene un costo directo, a corto, mediano y largo plazo, para las familias venezolanas, dentro y fuera del país. El régimen, con su poder armado, su capacidad de chantaje económico y su maquinaria para encarcelar masiva o selectivamente, sigue intacto, no por su fortaleza, sino por nuestra desunión. Nicaragua y Cuba, sin los recursos económicos de Venezuela, son ejemplos vivos de cómo un régimen puede perpetuarse frente a una oposición fragmentada.
Decir que votar o no votar define quién es demócrata es una simplificación absurda. En un régimen totalitario, el voto es solo una de muchas herramientas. Polonia lo demostró al derrocar a su régimen con un paro indefinido liderado por el sindicato Solidaridad, respaldado por el Vaticano y una red internacional. Chile lo logró a través del voto, pero con el apoyo encubierto de Estados Unidos, que financió a la oposición, articuló presión internacional y, a través de figuras como el secretario de Estado George Shultz y el embajador Harry Barnes, marcó presencia pública, como en el funeral de Rodrigo Rojas De Negri, brutalmente asesinado en 1986.
El verdadero drama de la oposición venezolana no es si votar o no. Es la incapacidad de sentarse a la mesa, dejar atrás los fantasmas del caudillo y construir tácticas nacionales e internacionales con un solo propósito: desplazar al régimen del horror. Mientras no lo hagamos, el sufrimiento de millones seguirá siendo el precio de nuestra desidia.

