En su libro Lecciones de maestros, George Steiner señala a Kafka como el autor que -a su juicio- mejor encarna la relación que en nuestros días vincula a un artista con su obra: “…el reiterado descubrimiento de Kafka, según el cual la escritura es una lepra, una enfermedad opaca y cancerosa que debe mantenerse alejada de los hombres con sentido común … es la propuesta que mejor define nuestra percepción de la inestable obra de arte moderna.”
Por cierto, el propio Kafka, en su Carta al padre, se encargó de definir lo que el distinguía como lo único verdaderamente importante en la vida de toda persona: “Casarse, fundar una familia, aceptar todos los hijos que vengan, mantenerlos en este mundo inseguro y hasta guiarlos un poco es, estoy convencido, lo máximo que puede conseguir un ser humano…”
Paradoja del artista que minimiza su creación; contradicción del creador que pareciera desconfiar de su potestad de crear y, en su lugar, anhela lo que luce como el destino común para la inmensa mayoría de los hombres: perpetuarse en sus hijos. Pero existe otra opción para la aspiración humana de perdurabilidad: permanecer en la memoria de otros a través de la propia creación; destino de intelectuales, de artistas: algo que pareció no contar demasiado para Kafka, quien, famosamente colocado en el grupo de los creadores, afirmó desear con todas sus fuerzas haber pertenecido al de los padres de familia. De hecho, pareció desconocer, incluso, la propia valía de su obra, con lo cual él mismo metaforizó, en su persona, la realidad terrible de sus escritos: imposibilidad. Imposibilidad de todo: de creer, de esperar, de ser, de hacer… Como sugiere Steiner: con Kafka aparece un nuevo imaginario del creador frente a su creación: el del escepticismo absoluto ante la tarea emprendida descrita como una parábola de lo imposible, de lo absurdo o de lo inútil.
Y, sin embargo, Kafka escribió, y continuó haciéndolo incansablemente hasta el final de sus días. Como él mismo afirmó: “… escribiré a pesar de todo, categóricamente; es mi lucha por la conservación de mi existencia.” Kafka escribe porque sabe bien que la escritura -su voz- es su única manera de resistir, de ser. Mucho más que de publicar, de ser conocido, de alcanzar fama, se trató para él de ofrecer al exterior, al mundo del afuera, lo que era su humano testimonio. Y, con sus escritos, logró ofrecernos imágenes que, desde entonces, los hombres comprendemos muy bien. Imaginarios que describen la precariedad de cuanto es humano, a la vez que muestran algunos de los más terribles aspectos de nuestra contemporaneidad.
Hoy por hoy, un mundo que ha conocido el horror de la destrucción masificada de dos guerras mundiales, que contempla la proliferación de multitudinarias ciudades donde se multiplican soledades y lejanías, que crecientemente descree de la esperanza en un porvenir mejor y en el que la inmensa mayoría de los hombres se perciben desamparados ante decisiones que competen a todopoderosos y distantes Estados, escucha con creciente familiaridad el desolado eco de la voz kafkiana.
Acaso el ejemplo de Kafka, o mejor, el mismo mito Kafka, revele otra posibilidad: permitirnos escuchar los terribles ecos de muy atroces desenlaces. Resulta escalofriante pensar que, de haber vivido más tiempo, el destino de Kafka hubiese sido seguramente la cámara de gas de un campo de concentración.
Sin embargo, la voz kafkiana revela un profundo acto de fe en su necesidad de escucharse en medio del silencio o la barbarie universal, de fe en el significado ético de su obra.

