Tan solo han pasado 80 años del final de la II Guerra Mundial, de la guerra y el genocidio más cruel, salvaje e inhumano que arrojó al ser humano a los infiernos de su deshumanización. Tan solo han pasado 80 años; aún están vivos algunos de los supervivientes de los campos de exterminio y de las torturas nazis. Todavía tenemos testigos directos, todavía hay una memoria hablada en primera persona, escrita en la piel con los números del genocidio, y que aún conservan las pesadillas por el horror sufrido.
Hace bien Europa en conmemorar la victoria sobre la brutalidad y la deshumanización, en reivindicar que no se olvide lo ocurrido. Mucho más en un mundo como el de hoy tan convulso, incierto, inestable y en el filo del precipicio de una ultraderecha que amenaza como fieras para repetir una historia deleznable.
Hace bien Europa en resistir con la memoria y con la política conjunta a un huevo de serpiente que vuelve a cobijarse entre los odios, los miedos y las inseguridades europeas.
Sin embargo, no todo es fácil ni defendible. No se puede reivindicar que el pasado no vuelva y, al mismo tiempo, tener guerras y genocidios a las puertas de nuestras casas.
El dictador cruel ruso Vladimir Putin celebra con honores y festejos su triunfo sobre la Alemania nazi con dos graves contradicciones: por una parte, él es quien está atacando e invadiendo a Ucrania, quien ha provocado una de las guerras más injustificadas que dura más de tres años, y que se ha cobrado miles de vidas y muchísimo sufrimiento. ¿Cómo conmemorar una victoria al tiempo que se asesina a civiles en una guerra sin sentido?
La segunda contradicción de este loco mundo es que Putin recibe hoy el apoyo de la ultraderecha contra la que la URSS combatió. Trump, Orban, Abascal, o la ultraderecha Alternativa por Alemania. ¿Alguien puede explicar tales relaciones amistosas si no les une un elemento común: eliminar la democracia?
A ellos se suma Xi Jinping quien estrecha relaciones con Putin ante el extravagante y soberbio Trump que ha puesto patas arriba las relaciones internacionales.
Explicar hoy quién es quién, quiénes son los aliados, y dónde se posiciona cada uno no se explica en conceptos ideológicos ni tampoco en bloques económicos. La explicación es puramente de poder y control económico para quienes la democracia se ha convertido en un obstáculo. Ahí coincide Xi, Putin y Trump.
Si es grave lo que ocurre en Ucrania, no hay palabras para explicar lo que ocurre en Gaza.
Resulta vergonzosa la inmovilidad que el mundo mantiene respecto a Netanhayu y su gobierno. Sé que no es Israel ni el pueblo judío quienes son directamente responsables del asesinato y destrucción de Gaza. A Netanyahu le corresponde rendir cuentas como criminal de guerra.
No obstante, resulta incomprensible que la principal amenaza hoy sea Israel cuando recordamos lo que hace 80 años padecieron: el mayor genocidio de la historia de la humanidad.
Por eso me pregunto: ¿dónde están los judíos del mundo que griten, que clamen, que frenen el genocidio que está cometiendo Netanyahu?
Existen judíos en EEUU que se manifiestan abiertamente contra Netanhayu pero no son escuchados por el gobierno de Trump; existen miles de manifestantes israelís que protestan en las calles de Israel, pero cuyas voces acaban eclipsadas. Son muchos los que están radicalmente en contra del gobierno ultra de Israel. Aun así, Netanhayu no solamente resiste, sino que mantiene grandes apoyos internacionales basados siempre en el poder económico, donde el armamento juega un papel esencial.
El periodista Mikel Ayestaran acaba de recibir el premio Ortega y Gasset a la Mejor Cobertura Multimedia por su trabajo impagable en mostrar día tras día cómo vive una familia gazatí. Ha utilizado las denostadas redes sociales como instrumento para hacer un periodismo de calidad, lo que demuestra que las herramientas no son el problema, sino la voluntad y la inteligencia de quien las utiliza.
Mikel utiliza dos palabras para describir lo que sufre Gaza: genocidio e impunidad.
Lo estamos viendo cada día a través de las imágenes de televisión, de los periodistas aguerridos que no cejan en su empeño de contar la verdad, de las denuncias y protestas de quienes se atreven a alzar la voz dentro y fuera de Israel. Aun así, Netanyahu se ha propuesto acabar de forma radical con la franja de Gaza y con todos sus habitantes, sean mayores o niños. Los mata de todas las formas imaginables: con bombas, con encierros, con hambre. ¿Alguien imagina mayor crueldad que ver a tus hijos morir lentamente de hambre?
Como dice Mikel Ayestaran: “Lo que está ocurriendo en la Franja es tan horrible … Están matando a nuestros colegas palestinos y a sus familias. Está claro que no quieren testigos”. “Nunca me había pasado una cosa así. Nunca había sentido esta impotencia. Es la primera vez que tengo que hacerlo en la distancia”.
No podemos celebrar victorias de hace 80 años y permitir que siga ocurriendo el genocidio de Gaza.

