Las palabras con que nos dirigimos al afuera o las que escuchamos en nuestros adentros: todas parten de un mismo prisma que interminablemente nos construye.
… Se hacía cada vez más necesaria la urgencia por nombrar un orden legitimador, afianzado en la esperanza en lo porvenir, en la afirmación crítica del presente, en la justificación de mucho de lo dejado atrás; un orden capaz de orientar por entre lo caótico, lo enrevesado, lo carente de sentido; un orden capaz de dibujar las raíces del tiempo y de rescatar muy diversas formas de horizontes. Dibujar ese orden, concientizarlo, verbalizarlo, podía significar convertir las palabras en dibujo de un reloj existencial necesariamente presente. Era imperioso escuchar el tic tac que recordaba permanentes e ineludibles contrastes al interior de la existencia: la rémora al lado del impulso, la fuerza junto a la fragilidad, la sensación de triunfo conviviendo con la conciencia de vulnerabilidad… Un tic tac que no cesaba de comunicar cómo los días estaban destinados a reunirse con los días, cómo amaneceres y crepúsculos nunca dejarían de entrecruzarse, cómo todos los fragmentos del tiempo estaban destinados a desmenuzarse lentamente desparramándose sobre alguna forma de secuela.
Las palabras, permanentes aliadas de la memoria, señalaban cómo los recuerdos podían contradecirse y ser, a la vez, escaleras de luces o de tinieblas, vértigos de acuerdos o de inconformidades, evocación de agonías o de entusiasmos, ilustración de rumbos o señal de desvaríos, dibujos de afirmativas certezas o de contundentes negaciones…
Las voces del recuerdo evocaban, igualmente, cómo el hoy podía contradecir al ayer; cómo existía una continuidad dentro del tiempo en la que siempre sería imposible dar nada por sentado y donde todo o casi todo podía hacerse, a la vez, verdad y farsa. Las voces del recuerdo indicaban también la necesidad de fortalecer rutinas donde conjurar mucha desconfianza y mucho hastío. Ellas se encargarían de multiplicar preguntas sobre los sentimientos, las intenciones, las verdades; preguntas destinadas a conjurar desmesuras, autocomplacencias, intemperancias; destinadas, también, a exorcizar mucha disgregación y a reunir toda clase de significados alrededor de incrustados remordimientos…
(Es un grave error creer que los remordimientos puedan perder alguna vez su potestad de contaminar espacios y relaciones. Ellos vuelven, vuelven siempre, vulnerando y empequeñeciendo las superficies a causa de febriles formas de desconfianza. Siempre será precisa la voz de la indulgencia al evocar el remordimiento. Sin embargo, para algunos en particular, inscritos en las más profundas grietas del alma, será difícil absolver su destructivo desequilibrio)
La natural evolución de las palabras pudo conducir a la convicción de que las cosas estaban destinadas a reunirse o a concluir de una determinada manera, de que las visiones de lo calcinado o lo ruinoso podrían siempre conjurarse con imaginarios de renacimiento. Nacerían, así, voces identificadas con cierto sentido del vivir, con la frecuente alusión a deseos cumplidos o incumplidos, a muy diversas maneras de redención, a la urgencia de siempre necesarios sosiegos… A la postre, quizá todo terminaría por concluir en la verbalización de un tiempo destinado a legitimarse alrededor de ciertas entonaciones, en la urgencia por aludir a una justificación personal, a la necesidad de conducir al yo con el encuentro consigo mismo… Ofrenda del ayer al hoy como un humanísimo regalo de las viejas ilusiones a muy posteriores desenlaces. Bautizo de un tiempo cuando alguna vez todo fue comienzo al interior de un mundo de formas extrañas para unos ojos que aún no habían aprendido a mirar ni a entender…

