Admiro la honestidad intelectual. Ella se traduce en coherencia y en solidez de principios. Ser intelectualmente honesto es ser libre, es ser fiel a uno mismo. De eso que llamo honestidad intelectual, me atrae la imagen de una conciencia independiente ante muchos de los fantasmas de su tiempo.
Más, mucho más importante que la coincidencia con los temas del autor que leemos, será la identificación con su actitud: analogía entre nuestras concepciones y las suyas, paralelismo en los trazos del desciframiento de la relación hombre-universo.
Fin del sueño revolucionario. Nuestro tiempo se ha encargado de borrar cruelmente las diversas quimeras que dibujaron algunos mitos de la edad moderna. Uno de ellos: la Revolución. Una cosa en común han tenido las revoluciones que ha conocido nuestro siglo XX: la contradicción entre los ideales volcados al porvenir y las férreas estructuras de poder que ellas han generado en el presente. Después de la ilusión revolucionaria, el anquilosamiento. Los ideales se petrifican, los rebeldes se convierten en comisarios o en verdugos. En la obra de ficción de Vargas Llosa, se repite un personaje particular: el del revolucionario mediocre, hundido en inescapables pantanos de deterioro físico y moral. Dos novelas, Historia de Mayta y La guerra del fin del mundo, lo desarrollan. En La guerra…, un personaje, el revolucionario escocés Galileo Gall, reproduce, parodiándolo grotescamente, ese lugar común que valida cualquier acción emprendida en pos de un ideal. En Historia de Mayta, el idealista revolucionario y mediocre es mucho más que un personaje, se convierte en símbolo de la marginalidad asumida como forma de vida y único contacto con el universo. Mayta, en su infortunio y en sus errores, termina por convertir en caricatural parodia todos sus actos revolucionarios. El fracaso de su vida es el fracaso de sus sueños.
Hay un artículo en el libro de ensayos Contra viento y marea -«El homicida indelicado»- donde Vargas Llosa desarrolla conceptualmente el mismo tema: lo grotesco del terrorismo y de sus argumentos. Las razones son simples: ningún sueño humano, ninguna ideología justifica el crimen, la injusticia, la crueldad, la destrucción de una sociedad.
Hablar en contra del nacionalismo y de los militares es siempre riesgoso en nuestros países. Vargas Llosa lo hizo desde su primera novela, La ciudad y los perros (1963). «Un sano nacionalismo -aclaró- es necesario para los países subdesarrollados que gracias a él pueden evitar ser fácil presa de la voracidad de las naciones más poderosas y de las empresas transnacionales. Pero si el nacionalismo no es frenado y contrapesado de manera eficaz se convierte en una verdadera fuente de desastres (…) se vuelve una coartada para los peores dislates y estropicios de un gobierno».
Plenitud de vida y plenitud de coherencia ideológica relacionándose en actitudes existenciales y en la escritura. Recordaré aquí las palabras de Octavio Paz, con motivo de celebrarse el Encuentro Internacional sobre la Revolución de la Libertad, celebrado en Lima el 7 y 8 de marzo de 1990: «Al hablar de libertad, pienso, como todos ustedes, en un hombre que desde hace años la encarna con dignidad, coherencia y valentía: Mario Vargas Llosa. Lo conozco y admiro desde hace muchos años. Primero me interesó el escritor, autor de admirables novelas; después, el pensador político y el combatiente por la libertad. Cuando hace dos años me confió su decisión de aceptar su candidatura a la presidencia del Perú, confieso que mi primer impulso fue disuadirlo. Pensé que perderíamos un gran escritor, en una lucha dudosa e incierta como todas las luchas políticas. Estaba equivocado: un hombre se debe a sus convicciones».
Estas palabras de Paz eran el espaldarazo de un escritor a otro, de un intelectual a otro, de un ser humano a otro. Eran, también, el reconocimiento al itinerario de una vida y una escritura como la de Vargas Llosa: hilvanada en la firmeza, la coherencia, la autenticidad…

