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Rafael Fauquié: Prisma I

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Las palabras con que nos dirigimos al afuera o las que escuchamos en nuestros adentros: todas parten de un mismo prisma que interminablemente nos construye.

Hubo una vez un tiempo cuando todo fue comienzo al interior de un mundo de formas extrañas para unos ojos que aún no habían aprendido a mirar ni a entender. Constantemente las cosas se subordinaban a designios ajenos y las situaciones existían en la voluntad de quienes se encargaban de tomar todas las decisiones. Podían y solían multiplicarse las secuelas de lo impredecible. Era extraña la manera como evolucionaban las relaciones y muy fácil perderse al interior de un universo tan lejano. Las palabras en ese entonces carecían o parecían carecer de importancia. Aún no asomaban en espacios donde su eco, su entonación o su oportunidad pudiesen poseer fuerza o sentido.

Vendrían, luego, espinosos tiempos de falsas certezas, de desconciertos, de absurdas bravatas, de temores ocultos a los ojos de los otros. Tiempos de torpezas multiplicadas en su sinsentido y vacuidad. Tiempos de mucha insensata rebeldía, de equivocaciones convertidas en sucesión de imposibilidades. Tiempos, no de búsquedas sino de la incapacidad de reconocer lo buscado; no de razones para el presente, sino de la absurda fragmentación de los ahoras; no de propósitos, sino de una falsa voluntad; no de voces, sino de siempre estridentes formas de locuacidad…

Para ese entonces, la importancia de las palabras se deshacía al interior de superficies que las desconocían o ignoraban. Quizá, a causa de ello, fue necesario pagar, dolorosamente, el precio de mucho irreal escondrijo, de mucha inútil voluntad, de mucho autoimpuesto exilio. Solo con el tiempo, el reconocimiento de las voces, comenzaría a significar el nacimiento de una creciente esperanza ante venideros itinerarios. Las palabras comenzarían, entonces, a corregir balbuceos y errores, harían realidad semiolvidados sueños y multiplicarían determinados incentivos. Resultaba cada vez más y más imperativo sumergirse en ellas, regresar a ellas, rodearse de ellas; bautizar con ellas las razones de los días, verbalizarlas en intenciones y renovadas promesas. Fue bueno, fue vivificante comenzar a vivir cerca de las palabras; no tanto por las voces en sí mismas, sino por la manera como ellas podían acompañar los infinitos intersticios de la vida, reafirmar ilusiones, fortalecer la esperanza ante el sentido de los días.

 

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