Estados Unidos de América, la primera potencia del mundo, ha tenido una sola constitución. La que aprobaron los padres fundadores en 1787. Nosotros los venezolanos nos acercamos a la cifra de treinta constituciones desde la declaración de la independencia en 1811. El Imperio Británico nunca tuvo una constitución. Podría deducirse que el progreso de un país es inversamente proporcional al número de constituciones que ese país ha tenido a lo largo de su historia.
Ahora, según pretende Maduro, nos dedicaremos a redactar una nueva constitución. La discusión sobre el tema de la reforma constitucional nos permite destacar algunos valores fundamentales de la doctrina constitucional y de la cultura democrática.
Las primeras palabras en el preámbulo de la constitución norteamericana son: “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos… ordenamos y establecemos esta constitución”. Esas primeras palabras son de un contenido absolutamente revolucionario. Es el pueblo el que se da su propia constitución. No es el estado, no es el gobierno, mucho menos el partido político que circunstancialmente pueda detentar el poder en un momento determinado. ¡NO! Somos nosotros. El pueblo. Todo el pueblo.
La constitución no puede ser nunca una imposición de una parte del pueblo sobre otra. Tiene que ser el resultado de un gran acuerdo nacional, de un gran consenso.
Cuando vemos la lista de los integrantes de la comisión designada por Maduro para redactar el proyecto de reforma constitucional que pretende presentarle a la Asamblea Nacional y al pueblo venezolano, nos damos cuenta de que la intención no es promover una constitución para todos, sino para el grupo, manifiestamente minoritario, que controla los hilos del poder. Todos los integrantes de esa comisión son miembros disciplinados e incondicionales del partido en el gobierno.
Los redactores de la constitución norteamericana se dedicaron a confirmar la idea de la soberanía popular que Thomas Jefferson había consagrado en la Declaración de la Independencia, llamada una verdad evidente por sí misma: que todo gobierno deriva su poder del consentimiento del pueblo, de los ciudadanos, de los gobernados.
En Venezuela, en este momento, estamos iniciando un proceso de reforma constitucional de la mano de un grupo manifiestamente minoritario que acaba de ser rechazado, el 28 de julio del año pasado, por la inmensa mayoría de los ciudadanos venezolanos.
La constitución debe ser el documento que fortalezca y preserve la unión del país y de los ciudadanos y el progreso de la familia venezolana. Unión de la nación y defensa de la autonomía de los 23 estados miembros de nuestra federación. Respeto a la descentralización., a la regionalización y a la municipalización del poder público. El municipio, como lo ha sostenido la doctrina constitucional venezolana desde 1811 en adelante debe ser y seguir siendo el fundamento básico de la arquitectura institucional de la república.
Los artículos de la constitución deben ser para defender, en primer lugar, a los ciudadanos y a la comunidad. Defender a los ciudadanos del poder exagerado del estado y de los excesos de poder de los gobiernos.
Las sociedades democráticas que progresan son aquellas en las que los ciudadanos mantienen el estado. Y lo mantienen por el pago de los impuestos. Impuestos que pueden pagar por los recursos que los ciudadanos pueden producir con su trabajo, con su capacidad de invertir y de generar riquezas. En Venezuela, lamentablemente, ocurre lo contrario. Aquí no somos los ciudadanos los que mantenemos al estado, sino que es el estado el que mantiene a los ciudadanos. Esa anomalía tiene mucho que ver con el carácter rentista de nuestra economía y por la naturaleza de la renta petrolera y la relación estado-gobierno-sociedad-ciudadanos. Por eso es tan importante tener claro, a la hora de tratar una reforma constitucional, que la constitución tiene la misión de defender la libertad y los derechos de los ciudadanos y no el poder del estado y los privilegios de los que mandan.
Seguiremos conversando.

