De niño fui incrédulo, pero también huraño. Nunca pregunté, ni indagué, si era un lugar común para la edad temprana de los niños, o solo me ocurría a mí.
Lo cierto, es que a tan temprana edad, tampoco busqué aclarar las dudas que me azotaban. Solo me encerraba en mí mismo, un inhóspito lugar, de donde nadie me sacaba. Para entonces, sin muchas explicaciones, se nos replicaba con firmeza, que debíamos cumplir, con el sagrado mandato divino.
Dudas y confusiones, que en lugar de esfumarse, se acrecentaron, cuando quise acercarme a la fe de la iglesia católica, en mi pueblo natal, Mene Grande.
Pero no por culpa de la iglesia, de la fe, o religión católica, sino debido a un sacerdote gruñón, que me sorprendió encaramado en un árbol del frondoso patio de la iglesia, hurgando un nido de tortolitas.
Nunca se me olvida, como el sacerdote, de apellido Matheus, con voz de sargento tropero, me conminó a bajar del árbol, y una vez abajo, me azotó con una rama, recriminándome que lo que hacía, era pecado.
Lo que para muchos, sería una travesura niño, para mí fue una suerte de sacrilegio, que no solo disparó mis temores, sino que hizo, que me alejara de la iglesia, por un largo tiempo, tras el cual, me pude reintegrar.
Años después, 4to y 5to año de bachillerato, pudimos abordar, aunque elementalmente, el enigma de Dios, de la iglesia, y del poder de la fe religiosa, desde una visión más filosófica, práctica, e inductiva de la vida.
Entendimos con mayor claridad, el sentido del poder de la fe religiosa. Incluso, el increíble axioma, de que “la fe mueve montañas”. Tuvimos la oportunidad de conocer, como el espíritu santo universal, se siembra desde siempre, en la piel de gente, para acompañarle, darle luces, conducirla en el amor de Dios, la bondad, la honestidad, la fraternidad y el respeto al prójimo.
Fue asombroso enterarnos, cómo surgieron y se han propagado por el mundo, con su eterna vigencia, los valores y principios de los 10 mandamientos de la iglesia católica y cristiana.
Virtudes que siguen siendo tan válidas para todas las religiones del orbe, y tan sencillas de profesar, acatar, o al menos, respetar. Sin las cuales, la humanidad sería un verdadero caos, según las distintas profecías.
Un abanico de cosas, que convergen, a propósito de la semana mayor, con sus rituales de votos, entrega, recogimiento, reflexión. Y de algún modo, para liberarnos, de tanta inmundicia politiquera, que envilece y degrada, la vida de los venezolanos.
Esta semana santa 2025, cuando se conmemoran 215 años del primer grito de independencia de Venezuela, ocurrido el 19 de abril 1810, observamos con regocijo, como se mantienen muchas de las tradiciones religiosas venezolanas de la semana mayor.
Nos entusiasmó, sumarnos al enorme caudal de “ríos humanos” que cumplió con devoción, la visita a los siete templos, especialmente, en el casco central de Caracas. Recorrido que nos permitió ver nuevamente, en algunos lugares, las animadas “peleas de cocos”.
Nos llamó poderosamente la atención, ver por primera vez, como en la histórica plaza Bolívar capitalina, se oficiaba, “con todos los hierros”, una misa evangélica de la llamada iglesia Pentecostés.
Allí se dispuso de una tarima central, sillas forradas bajo toldos protectores, así como un novedoso sistema audiovisual, que proyectaba en dos pantallas gigantes, la imagen y la voz, del pastor oficiante.
Pese a la desbordante “parafernalia”, el lugar lucía poco concurrido, si se compara al caudal de fieles que hacían largas colas para ingresar a la iglesia Catedral.
La gran afluencia de personas, e infaltable presencia de vendedores de sahumerios, incienso, estampitas religiosas, velas y adornos de palma bendita, le daba un aspecto de ferias a los alrededores de las iglesias, como si en lugar, de “la Pasión y Muerte de Jesús”, hubiera un una gran fiesta en la ciudad.
Hicimos votos por nuestra salud, por el bienestar de la familia, de los amigos. Pero también, por la salud de Venezuela. Porque se nos devuelva la democracia, “con todas su imperfecciones”.
Pero hicimos un pedimento muy particular, para que se nos ayude a comprender los peligros de la envidia.
Y de ese modo, darnos luz y fuerza, para valorar nuestras posibilidades y capacidades. Y poder comprender, como esos venezolanos, que fueron aguerridos luchadores y se comprometieron a ir unidos, contra la dictadura, hasta el final.
Tengan ahora el descaro, de anunciar que fueron inhabilitados para participar en la comparsa electoral del 25 de mayo, a cambio de un puñado de cargos burocráticos, dando a entender, no otra cosa, que por encima del país, y de su libertad, está su envidia y resentido egoísmo.
ezzevil34@gmail.com

