Una acotación necesaria…
¿Cómo se califica a un intelectual propiamente dicho? Esta es una cuestión que no esta, por lo general, conceptualmente clara. Y no lo ha sido no tanto por cuestiones semánticas sino por consideraciones axiológicas. En rigor, aunque se comparta el concepto, por acordar en sus notas mínimas, las concepciones de lo que resulta valioso tener intelectuales en nuestra sociedad, han sido, y son, variadas (por ejemplo, Bauman los dividió en “legisladores” e “intérpretes”).
La palabra intelectual, de algún modo, hizo una aparición con fuerza durante el juicio al capitán Dreyfus por presunto espionaje, en el “J’accuse” de Émile Zolá. A partir de ayí los hombres que pertenecían al “País de las Letras” no eran “pholophes puros”, si es que alguna vez lo fueron, sino hombres comprometidos social o políticamente. Así, simbolizar a un intelectual significaba ser alguien que rebasaba su tarea reflexiva básica. El investigador genuinamente comprometido no sería clásico académico encerrado en la célebre “torre de cristal”, aislado de los contextos históricos que le tocan vivir y de los que a veces se distrae. Además, no se trata de un puro especialista en algo. Se supone que se trata de alguien con una visión general de la vida, comprometido con el mundo y de su entorno histórico, social, político.
El tiempo pasa y el segundero avanza decapitando esperanzas.
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