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José Zepeda Varas: Mario Vargas Llosa, la fiesta de las palabras

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Ha muerto uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura latinoamericana. Deja la herencia de novelas célebres sobre el amor, la violencia, el odio y otras pasiones.

En este homenaje hay un video grabado en ciudad de La Haya sobre política y sociedad. Además se incluye el texto de la entrevista sobre su novela La fiesta del chivo, realizada en París. De las numerosas ocasiones que tuve el placer de conversar con él, esta me parece la mejor lograda por su significación para los días que vivimos.

No incluyo los pormenores de su muerte porque su voz viva me acompaña y así lo recordaré.

 La fiesta de la palabra

 Nadie instaura una dictadura para salvaguardar una revolución, sino que la revolución se hace para instaurar una dictadura.  George Orwell.

Rafael Leonidas Trujillo, uno de los más célebres tiranos de América Latina y el Caribe es reconocido como el símbolo de todas las dictaduras. Trujillo lleva hasta el paroxismo cada una de las señas de identidad de personajes como Batista, Videla, Pinochet, Somoza, Hitler o Stalin. No es que estas características sean ostentación de un compendio patológico, Trujillo era así, o peor todavía.

El Nobel peruano ha prescindido de muchos hechos reales que ilustran la personalidad del tirano dominicano porque simplemente corría el peligro de que la gente no le creyera, que pensara que se trataba de una invención más de un escritor delirante.

Paradoja: La vida real americana supera en fantasía a la propia literatura. Una gota: la megalomanía del Chivo era célebre. Cuando visitó España en los tiempos de Franco, al llegar a Madrid declaró: «Vengo a retribuir la visita que nos hiciera Colón en 1492».

Son famosas en América Latina las novelas sobre dictadores: «Yo, el Supremo», de Augusto Roa Bastos; «El recurso del método», de Alejo Carpentier; «El otoño del patriarca», de Gabriel García Márquez; «El Señor presidente», de Miguel Ángel Asturias. Sin mencionar una larga de lista de otras obras que han conseguido celebridad. Ahora, cuando han pasado casi 20 años de la publicación de La fiesta del chivo (2000) Vargas Llosa vuelve a la carga con Tiempos recios (2019) con la trayectoria de un presidente demócrata, Jacobo Árbenz, victima de intrigas espurias e intereses económicos estadounidenses (1954) en medio de la guerra fría.

Casi nadie creía en la actual posibilidad de una dictadura militar en América Latina. No estaban dadas las condiciones, ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos es partidario de presencias militares en el poder. Tal vez sea por eso por lo que las tendencias totalitarias busquen otros modos para hacerse presentes con fracasado disimulo. Una instrumentalización de la democracia por aquí, otra zancadilla por allá, lo importante es concentrar el poder y hacer creer a la gente que todo se hace por su bien.

Los iluminados son portadores de la destrucción democrática. A la larga las apariencias ceden lugar a la auténtica naturaleza de los tiranos, y no importa si se dicen de izquierda o de derecha. 

«La fiesta del Chivo» es algo más que los últimos días de Rafael Leonidas Trujillo; es una historia de desamor. De una niña, Urania, que es conducida al altar de los sacrificios de la tiranía, desde la más absoluta inocencia.

Urania es el símbolo de las víctimas que han padecido la prepotencia de las botas y las pistolas en una región en donde la democracia ha sido fruto escaso y de dudosa calidad.

La obra es también la fiesta de la palabra, construida desde la belleza que da la sencillez, el lenguaje directo, la recuperación literaria de un modo de decir y de sentir del pueblo dominicano, con esa picardía en el hablar que hace de los modismos vehículos de asombro o franca hilaridad. Contraria a todo criterio simplista, «La fiesta del Chivo» apareció en el momento más oportuno en América Latina. Ahora, cuando las frágiles democracias comienzan a exhibir signos de cansancio y varios gobiernos optan por el autoritarismo encubierto, el populismo abierto o las nuevas modalidades dictatoriales, la novela de Vargas Llosa es un llamado de atención.

El pasado amargo que no debería seguir ahí como una probabilidad. Ya sabemos que los pueblos tienen memoria corta; por eso es importante recordar de qué calaña están hechos los tiranos, cuáles son los recursos de dominación, y, sobre todo, hasta qué punto pueden generar dolor, humillación, vejación.

 

«La fiesta del Chivo» es una de sus obras más importantes, una contribución a la reflexión sobre nuestra historia. Mario Vargas Llosa obtuvo, merecidamente, el máximo galardón de las letras, el premio Nobel de Literatura el 2010.

Comencemos por Urania, la protagonista del libro. ¿No tiene la sensación de que los seres humanos, de alguna manera reaccionamos cuando hemos vivido situaciones excepcionales, a semejanza de ciertos delincuentes y tenemos que volver al lugar de los hechos donde han ocurrido las cosas para encontrarnos con nosotros mismos y saldar cuentas con la vida?

Si uno vive una experiencia traumática, fronteriza, ésta marca de manera decisiva la vida posterior. Ese lugar se convierte en un polo obsesivo al que uno tiene siempre la tentación de volver, como para encontrarse consigo mismo. Es lo que le pasa a Urania. Ha vivido de niña esta experiencia atroz. Su vida ha cambiado totalmente desde entonces. Ha rehecho parcialmente su vida en el extranjero, pero es una herida siempre abierta que malogró la relación con su país, el vínculo con su padre, la relación con el sexo. De tal manera que no es extraño que, de pronto, un buen día, decida regresar como para encontrarse con lo que ella fue, lo que pudo haber sido y no fue, debido a su trauma.

Urania es un personaje inventado, totalmente ficticio, pero muchas dominicanas vivieron traumas terribles de niñas, de adolescentes, parecidas a las de Urania. Es un personaje que de alguna manera es simbólico de lo que fue la condición de la mujer en esos años. La mujer fue, quizás, una de las peores víctimas de la dictadura. Una tiranía que estaba apoyada sobre la cultura del machismo, si se puede llamar cultura a esa forma de discriminación radical de la mujer.

Cuando hablamos de exilio, me voy a referir concretamente al caso Latinoamericano que es el que conozco, siempre lo hacemos desde el lugar de los exiliados de la dictadura, pero, en este caso, es un exilio de los partidarios del régimen. ¿Son estos exiliados de alguna manera distintos a los otros?

El exilio es en sí mismo un hecho común a las víctimas, a los victimarios. Hay un exilio voluntario, un exilio político, uno económico, un exilio intelectual. Desde luego, son matices muy diferentes, pero el exilio es una toma de distancia con el país, la sociedad y la cultura propia, algo que crea una cierta psicología.

El padre de Urania fue un hombre fundamental del régimen, pero el trauma que ella vive, el haber sido en cierta forma sacrificada en el altar de la dictadura por un hombre que no se resigna a vivir en desgracia, apartado del régimen al que ha servido toda su vida, hace de Urania una víctima de la dictadura y una de las más terribles, porque es una inocente, es una niña a la que jamás nadie le ha consultado sobre su destino, que se decide prescindiendo de ella, brutalmente, por razones políticas. Cuando el padre acepta ofrecérsela a Trujillo, en señal de fidelidad, de sacrificio de un cortesano, destruye el futuro de esta niña.

Eso es lo que yo quería que el personaje representara: lo que fue la situación de la mujer en un mundo en el que, además de un régimen autoritario, había una actitud frente a la mujer profundamente machista que sacrificaba a la mujer de un modo más radical que a los hombres que fueron víctimas del régimen.

Más allá de las simpatías o aversiones que el hecho ha provocado, lo cierto es que una cantidad muy considerable, por no decir casi todos los dictadores latinoamericanos fueron formados en Estados Unidos. Así lo consigna también usted en el caso de Rafael Leonidas Trujillo, un hombre formado por los marines norteamericanos. Hoy se vive una historia distinta. Estados Unidos que propicia de una u otra manera, regímenes democráticos en América Latina.

Creo que hay que situar el caso de Trujillo, como el de Somoza o Pérez Jiménez o Rojas Pinilla o el general Odría en el Perú, dentro de lo que fue el contexto de la Guerra Fría. O para retroceder un poco más todavía, el contexto de la confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética; o la del Occidente, demócrata y el Oriente comunista.

En esa época Estados Unidos llega a la aberrante conclusión de que la mejor manera de preservar su patio trasero, que es América Latina, es mediante gobiernos militares, conservadores, de derecha, que mantengan a raya mediante la fuerza el peligro comunista. Ese concepto es el que permite la aparición de esos bellacos, las dictaduras militares, de las que Trujillo es como la figura emblemática.

Desde luego hay un denominador común entre todas esas dictaduras que he mencionado y otras. Pero, Trujillo lleva por su manera de ser, por su vocación melodramática y extravagante, ese sistema a extremos de exceso, de violencia, de ridículo, que en un momento dado se convierte en un verdadero peligro para quienes a los que sirvió tanto. Estados Unidos decide desembarazarse de ese aliado porque se ha vuelto incómodo y peligroso.

La explicación de las relaciones, que fueron de complicidad extrema, entre Trujillo y Estados Unidos, es esa. Estados Unidos creyó en esos años que la mejor garantía contra el avance, el desarrollo del comunismo en América Latina era una dictadura militar. Esa actitud comienza a cambiar con la llegada de John Kennedy al poder.

La llegada de Kennedy supone una nueva mentalidad para el Departamento de Estado. Surgen líderes socialdemócratas que influyen para que Estados Unidos entienda lo que hoy día cualquier persona con un poco de sentido común, sin necesidad de demasiada cultura política, entiende que la mejor defensa contra el extremismo, contra el totalitarismo no es una dictadura militar sino la democracia: instituciones civiles, valores de legalidad, de libertad bien entronizados. Esa es una idea que comienza a calar en el Departamento de Estado y la Casa Blanca, cuando suben al poder en Venezuela Rómulo Betancourt, cuando en Puerto Rico, Muñoz Marín defiende esta posición, la necesidad de una democratización de América Latina. Ideas a las que la administración Kennedy es receptiva.

Es el momento en que Estados Unidos comprende que Trujillo es absolutamente impresentable y que, a la corta o la larga, un régimen como el del Chivo, al igual que lo que ha ocurrido en Cuba, en lugar de frenar el comunismo, lo va a atraer, porque con esas características provoca un rechazo, una hostilidad popular tan grande que se convierte en un campo de cultivo propicio para la siembra y cosecha de ideas extremistas.

Pese a que, después en la década de los 70 vendrán las peores dictaduras de América Latina.

Es otro contexto. Ahí la explicación es diferente. Predomina la idea de que la Revolución cubana se va a propagar por todo el Continente a través de movimientos guerrilleros, algunos de los cuáles llegan a prender y a tener cierto desarrollo en Venezuela, en Centroamérica; o los brotes en Bolivia y en Perú. La desgracia es que eso ocurre en un momento en que la democracia había comenzado, débilmente, pero había comenzado, a extenderse por la región.

El desafío guerrillero da una bandera para los golpes de Estado; y Estados Unidos puesto en la alternativa de apoyar a los movimientos guerrilleros o las dictaduras militares, no vacila en apoyar a estas últimas. Ya no es la Guerra Fría, no es la confrontación Washington-Moscú lo que explica las alianzas que se crean. Son lazos relativos porque después se rompen, pero se generan entre Estados Unidos y las dictaduras militares del Cono Sur: Argentina, Uruguay, Chile. Es un proceso criticado dentro del propio Estados Unidos.

No olvide que Estados Unidos es muy fuerte, a diferencia de lo que ocurría en la época de Trujillo y Somoza, donde Trujillo prácticamente no tuvo críticas y además podía darse el lujo de tener en su lista de pagos clandestinos a funcionarios, diputados, a senadores norteamericanos que hacían favores a su dictadura. En los años setenta la realidad cambia mucho.

Pasemos al tema del dictador mismo, la figura emblemática que es Rafael Leonidas Trujillo. Cómo es posible que personajes que son sometidos a las peores vejaciones, a las peores humillaciones, gente que es ministro, que tiene puestos en la élite del gobierno de Trujillo, lo sigan adorando, pese a esas humillaciones. O sea, como que al enlodarse ellos mismos, de alguna manera, creciera el líder.

Las dictaduras reemplazan la razón por un sentimiento de otra índole, mucho más religioso que inteligente. Una adhesión personal a la figura del dictador que se justifica con argumentos racionales por supuesto, pero en realidad lo que se crea allí es un tipo de adhesión personal que llega a tener características religiosas.

Todos los grandes dictadores, los más célebres caudillos, al final, se convierten en figuras semidivinas, por la adulación, el servilismo que genera el entorno, lo que además los va convirtiendo en verdaderos monstruos de vanidad, de egolatría.

Con prescindencia absoluta de las tendencias ideológicas de izquierda o derecha que encarnen, la verdad es que en esto todos los dictadores son idénticos. Stalin o Hitler, Fidel Castro o Mussolini, Trujillo o el general Velasco Alvarado, todos eran unos monstruos de egolatría que se convertían en eso, por la zalamería, el servilismo sistemático que los envolvía.

Por lo pronto desaparece toda forma de crítica, de enjuiciamiento, de distanciamiento.

Los medios de comunicación se convierten en meros voceros, correas de transmisión de la voluntad del déspota. La lisonja llega a extremos verdaderamente vertiginosos.

En tal atmósfera la única manera de funcionar es mediante la adhesión al líder. Porque es la persona que determina el poder, la riqueza, el grado de autonomía, de independencia, de libertades que pueden gozar las personas.

Mientras uno está más cerca, más goza de la confianza del líder, es más poderoso, es más rico, más libre. Eso convierte a los seres humanos en los trapos sucios que vemos como algo característico de todas las dictaduras, sin excepción.

En el caso de Trujillo lo interesante es cómo él transforma esto en un instrumento de sujeción. Él humilla a la gente sistemáticamente. No porque obtenga un placer sádico, tal vez lo tenía, sino porque era la mejor manera de someter periódicamente a pruebas a sus colaboradores, comprobar hasta qué punto estaban dispuestos a los peores sacrificios para seguir siendo sus allegados.

Hay episodios que incluyo en la novela, de una manera transfigurada de Trujillo acostándose con las esposas de sus colaboradores, de sus ministros, y luego refregándoles en la cara esta humillación….

Públicamente incluso…

Abiertamente para saber si estaban dispuestos a asumir incluso ese papel por adhesión a él, por solidaridad, por lealtad al jefe.

Lo que es extraordinario es que quienes padecieron estas humillaciones, quienes hicieron este sacrificio de dignidad a esos extremos, eran muchas veces gente de alto nivel intelectual, de gran valía, que frente a Trujillo se convertían en sirvientes, en esclavos.

Es interesante porque allí se ve hasta qué punto una dictadura es corruptora de lo más elemental de la dignidad humana. Pero no creo que Trujillo fuera una excepción. Quizás él llevó esto a extremos de extravagancia, de absurdidad, pero en todas las dictaduras el fenómeno es parecido. Por eso el legado de una dictadura para una sociedad es terrible, es el de la destrucción moral, de la desaparición de la autoestima de la gente.

Vamos ahora, justamente, a la adhesión de la sociedad. ¿Es posible realmente que una dictadura se mantenga durante tres décadas, sólo por el mecanismo del terror? Da la impresión de que todas las dictaduras perduran porque tienen un apoyo social importante. Sea patológico o no, sea este el Síndrome de Estocolmo en el que la víctima se enamora de su tirano, pero se han mantenido porque han tenido un respaldo social, político, económico, militar.

Sin ninguna duda. Tenemos que aceptar una verdad histórica y es que la tradición más antigua de la Humanidad no es la democracia, es la dictadura. Son las satrapías, los regímenes construidos en torno a déspotas, a esos seres endiosados que parecen adquirir otra naturaleza, superior a la humana del común, por el poder que llegan a acumular.

Desde luego, una de las características de la dictadura, es la abdicación de la sociedad, a veces entera, a veces de buena parte de ella, frente al líder, al que se confía su libre albedrío. Se renuncia a toda forma de soberanía frente al dictador. Este fue, sin ninguna duda, el caso de Trujillo. Trujillo era temido por muchos dominicanos, pero fue inmensamente respetado, reverenciado.

Es muy probable que si el pueblo dominicano, la noche del asesinato, echa manos a los ajusticiadores, no los hubiera recibido como héroes, sino que probablemente los habría linchado.

Se ve muy bien cómo a partir de ese momento comienza una descomposición y el mito comienza a desaparecer. Surge una pequeña oposición crítica que va abriendo los ojos de quienes por treinta años han vivido en esa especie de ficción, de mentira, de que era un país que se había modernizado y alcanzado una respetabilidad en el mundo, gracias a Trujillo, al que había que adorar, agradecer que hubiera sacado a ese país del caos.

Todas las dictaduras tienen un proceso semejante, en un momento, el de la popularidad, luego entran, también irremediablemente, en un proceso de descomposición y decadencia. Ese héroe tan halagado, tan adorado pasa a ser odiado, con el mismo apasionamiento. Es un fenómeno cíclico característico de todas las dictaduras, sin excepción.

Peor todavía si trasladamos la experiencia al presente. Cuántas veces no escuchamos a demócratas convencidos, latinoamericanos de renombre, que cuando comienzan las crisis dicen: “necesitamos un hombre fuerte, alguien que venga a poner orden, un nuevo general Pinochet. Eso es lo que necesitamos”.

Los pueblos tienen la memoria corta. Dicen que el general Petain decía eso de los franceses: “los franceses tienen la memoria corta”. Esta verdad es común a todos los pueblos. En América Latina hay una enseñanza inequívoca en nuestra historia, es que los hombres fuertes han sido absolutamente ineptos a la hora de resolver los problemas cruciales de nuestros pueblos. Nosotros hemos tenido, sobre todo, por desgracia, hombres fuertes en nuestra historia. Lo que no hemos procreado mucho son democracias, nos sobran dictaduras a lo largo de todo el siglo XIX y todo el siglo XX. Si las dictaduras fueran una solución ya habríamos resuelto nuestros problemas. La verdad es que nuestros dilemas están allí. Prácticamente los problemas básicos están todavía sin resolverse y en gran parte por la proliferación de dictaduras que dejaron a nuestros países más empobrecidos, más divididos, con más desigualdades, más marginados y, sobre todo, con instituciones profundamente corrompidas.

Los hombres fuertes, jamás han sido la solución, ni siquiera en los casos de un éxito económico. En el caso de Chile, por ejemplo, se puede decir, sí es una de las excepciones en la que una dictadura económicamente tiene éxito y, sin embargo, la verdad cuál es: después, cuando se reestablece la democracia, imperfectamente, pero se reestablece la democracia en Chile, el país prospera económicamente mucho más que cuando los años de la dictadura.

En la democracia empiezan a aparecer todos esos fondos de putrefacción, de atropellos, de crímenes, de abusos que durante la dictadura fueron moneda corriente, que han dejado secuelas de sufrimiento, de enconos, de enemistades con los que la democracia tiene que lidiar largo tiempo, porque esas heridas tardan mucho en cerrarse.

Con todas las imperfecciones y limitaciones que puede tener el sistema democrático, es el único que va resolviendo los problemas simultáneamente en todos los planos: el económico, el político, el institucional, el cultural y mientras más consolidada es una democracia, más rápidamente se resuelven estos dilemas o se van creando los instrumentos para enfrentar esos desafíos.

Esa es la conclusión a la que se llega, inevitablemente, cuando se echa un vistazo a la historia de América Latina; los países que están mejores son los que menos dictaduras han tenido, esa realidad no tiene excepciones en la región.

Una particularidad de la figura del tirano. En esto Leonidas Trujillo es el ejemplo perfecto. Pese a que se apropió económicamente de gran parte del país, de las mayores empresas, que cometió los peores delitos, que humilló a mucha gente, que se mantuvo treinta años en el poder, él y casi todos los tiranos se consideran salvadores de la Patria, modernizadores totalitarios, o como se les quiera llamar. Gente de bien, que sirve a su país. Sé que esto debería preguntárselo a los tiranos y no a usted, pero, mediante qué sortilegio llegan a tal conclusión estos personajes.

Ellos viven en un mundo en el que el espejo les devuelve la imagen que quieren ver en él. Tienen todos los medios de comunicación controlados, los medios se convierten en incensarios de los que permanentemente emana el elogio, la adulación. Son como el personaje de la reina mala de Blanca Nieves, el espejito le dice siempre que ella es la más bella, la más buena, la más rica, y al final somatizan el ensalzamiento, se lo creen, no hay ninguna duda. Pinochet creía que era el salvador de Chile, Fidel Castro que era el salvador de Cuba, como Hitler creía también que era el redentor de Alemania, o Franco el emancipador de España.

Si un hombre queda exonerado de toda crítica, si vive en un mundo donde todo lo que hace es aplaudido, ovacionado, en un estado de divinización permanente, al final llega a creerse un ser divino, que está por encima de los demás y Trujillo, como nadie, se lo creyó. Hay testimonios fehacientes de que estaba convencido de que cualquier manifestación de oposición a su régimen, era un acto profundamente ingrato, desagradecido hacia alguien que había convertido a la República Dominicana en un país moderno, que había acabado con las luchas de los caudillos regionales, construido carreteras, que había puesto la luz eléctrica, que había traído los teléfonos a un país que no tenía nada de eso. Entonces, cómo se atrevían hacerle eso a él. El gran salvador.

¡Es una mentalidad típica de todos los tiranos!

Ahora, algo que me parece importante: la tiranía es horrible, las dictaduras son el peor estrago que puede vivir una sociedad, pero no hay que acusar solamente a los tiranos y a los dictadores de esa plaga nefasta. La verdad es que los pueblos tienen enorme responsabilidad, porque en muchos casos, abren los brazos a la dictadura, piensan, insensatos, que una dictadura es el camino más corto hacía el desarrollo económico, la liquidación del terrorismo o la subversión, que una dictadura va a poner por fin orden allí donde reina el caos. Abraza a quienes irremediablemente se convierten en sus verdugos.

En la historia de América Latina hemos visto una y otra vez esta actitud de renunciar al valor más precioso que tiene un ser humano que es poder decidir su suerte, el tipo de gobierno que quiere tener, al derecho de criticar a los gobernantes que no cumplen las promesas que hicieron, de poder cambiarlos cuando son incapaces. Cuando uno acepta una dictadura renuncia a todo eso y acepta convertirse en mero títere que será movido por los hilos del titiritero y eso por desgracia en América Latina ha ocurrido. Los indicios, desgraciadamente, son de que puede volver a ocurrir. ¡Lo ha vivido mi país!

El caso del Perú es trágico, porque allí hemos visto como el año 1992, un presidente electo de manera democrática da un golpe de Estado con los militares, y ese golpe fue muy popular, tuvo respaldo considerable de la población; como en el caso de Chile cuando Pinochet da el golpe contra el gobierno de Allende, hay un sector muy importante en la sociedad chilena que aplaude, que recibe de forma efusiva a la dictadura.

Insistamos en esto último porque es fundamental. Su novela ha desatado una polvareda tremenda. Se habla bien y mal, eso es bueno, la hace más popular, más famosa. Rescatemos dos cosas. Una tiene que ver con lo que decía: hay quienes han planteado con una -a mi juicio encantadora candidez- que la novela llega tarde porque se están terminando los dictadores…

¡Ojalá fuera cierto!

Los síntomas no son los más positivos, en ese sentido…

¡Desgraciadamente! Las dictaduras hoy día son mucho menos en América Latina, eso hay que celebrarlo, pero de ninguna manera hay que cantar victoria porque en muchos casos se trata de democracias débiles que son acosadas, jaqueadas desde adentro, y que en cualquier momento pueden desplomarse.

Venezuela, caso dramático porque el señor Hugo Chávez estaba mucho más cerca de un dictador que de un presidente, y eso no cambia por el hecho de su gran popularidad. Fue popular, como lo era Perón y, sin embargo, Perón era un dictador. Además con una demagogia muy parecida y eso no le resta popularidad. La versión mala de Chávez se llama Maduro.

El arraigo de la cultura democrática es muy débil en nuestros países por razones que se pueden explicar: las democracias han sido ineficientes, corrompidas.

Bolivia es un país en donde las instituciones también se desploman de tal manera que no se puede hablar tampoco con la seguridad con la que hablábamos años de un país democrático.

Sería injusto no reconocer que hay un progreso considerable de la época en que solo había casi solo dictaduras, la verdad es que la democracia todavía en América Latina es frágil, todavía está amenazada con un retorno a la época de los gobiernos autoritarios.

La Fiesta del Chivo que, a mí me gustaría que fuera una novela puramente histórica tiene todavía vigencia en la realidad política de nuestros días.

Hace ya más o menos un mes, durante una cena en ciudad de Guatemala con unos sociólogos de FLACSO, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, me decía un destacado dominicano: “te pido José que trasmitas lo siguiente: yo como hombre de izquierda quiero decirle al señor Mario Vargas Llosa que le ha hecho un gran favor a mi país con su novela”. Cómo quiero entender este comentario. No sólo para el caso de la República Dominicana La Fiesta del Chivo tiene la virtud de volver a hacer pensar el pasado, no como un acto masoquista, sino como la necesidad de meditarlo para no volver a repetirlo.

¡Ojalá tuviera ese efecto! Cuando fui a presentar La fiesta del Chivo a la República Dominicana, un panel que me hacía preguntas cerró el conversatorio con esta pregunta: ¿qué conclusión cree que debería sacar el lector dominicano de su novela? Dije: esta historia no debe volver a pasar nunca más, no debe volver a repetirse. Una experiencia tan atroz, tan desgarradora, cruel, denigrante para una sociedad expuesta así, debería servir por lo menos para que la sociedad decida no volver a aceptar nunca más semejante experiencia.

¡Ojalá! Creo que hay que desearlo, no solamente porque una dictadura es una experiencia que llena de dolor, de sufrimiento, de sangre, de enemistades, de rencores atroces a una sociedad, sino que además es el mayor obstáculo para que América Latina deje de ser un mundo subdesarrollado, marginado, para que esté en condiciones de aprovechar las inmensas riquezas potenciales que tiene.

La dictadura ha sido el inconveniente principal que hemos tenido para aprovechar nuestros recursos, para convertirnos en sociedades modernas, para extirpar el hambre, las desigualdades monstruosas. De tal manera que el combate contra la dictadura es muy actual, necesario, urgente en todos los campos, incluido el cultural.

 

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