La nuestra –ha dicho Octavio Paz- es la primera época que se apresta a vivir sin una doctrina meta histórica; nuestros absolutos –religiosos o filosóficos, éticos o estéticos- no son colectivos sino privados.
Nuestros absolutos pertenecen, cada vez más, a la esfera de lo individual. Postulan respuestas muy cercanas a esas experiencias que nos ha tocado vivir. Hablan de recuerdos y esperanzas, de vocación y proyectos de vida, de sentimientos y emociones, de aprendizajes e ideales; en suma: de tiempo individual.
La desconfianza hacia los absolutos viene de muy antiguo en nuestra cultura occidental. Ya en sus Confesiones, San Agustín recomendaba a los hombres no perderse en la indescifrable vastedad de los afueras, sino más bien orientarse hacia el propio mundo interior. Muchos siglos después, Miguel de Montaigne propuso en sus Ensayos mirar y entender siempre desde la propia experiencia y, sobre todo, desde la propia ética.
Montaigne, un pensador moderno que se esforzó por mostrar a los seres humanos que la razón existía para ayudarlos a entenderse a sí mismos y desde sí mismos, volvía una y otra vez en sus escritos al viejo dicho de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Lo que, en modo alguno, suponía afirmar que el hombre fuese el centro de todo sino que, una vez que el destino humano había dejado de reposar en la voluntad de un Dios todopoderoso e inalcanzable, las grandes preguntas de los hombres solo podrían respondérselas ellos mismos. Era el comienzo de un nuevo saber para la Humanidad: menos grandilocuente, más vulnerable; emparentado con sentimientos de soledad y, sobre todo, con la terrible, con la desoladora sospecha del sinsentido de la existencia.
Sobre uno de los más antiguos y profundos absolutos del ser humano: la fe en lo divino, recuerdo el certero consejo de Rilke en la sexta de sus Cartas a un joven poeta: buscar a Dios depende de cada voluntad individual. La idea misma de una deidad deja de ser referencia absoluta para convertirse en algo mucho más “humano”: creación o respuesta de una persona ante su vulnerable soledad, una consecuencia de su desamparo o su temor. En fin, Dios -¿dios?- existe, esencialmente, en la conciencia de cada individuo. ¿Nos resulta Dios necesario? Entonces busquémosle. Hagamos nuestros mayores esfuerzos para encontrarlo e incorporarlo a nuestra realidad personal. De lo contrario, acaso en su lugar nos basten esos aprendizajes propios que nos fueron conduciendo hacia razones y verdades que hemos llegado a considerar irrefutables.
Sin embargo, y de manera absurda, en nuestro tiempo occidental aún escuchamos frecuentes vociferaciones encargadas de proclamar absolutos ideológicos. Contemplamos, así, el reiterado espectáculo de ideólogos promotores de sistemas de pensamiento garantes de felicidad colectiva, preconizadores del sentido y la lógica de la historia; seres embarcados en la aventura de esclarecer el pasado y el porvenir humanos gracias a ideologías demandantes de credulidad y, sobre todo, de obediencia. Propagandistas lamentables de poderes que los alimentan o alientan, estos “pensadores” suelen encarnar en dos seres opuestos: el sumiso esclavo o el brutal verdugo; bien esclavos de alguna doctrina o rostro gobernante, bien verdugos de sus propios conciudadanos: desenlaces contrarios de consecuencias igualmente deshumanizadoras.
Inconcebible resulta que personas que debieran permanecer cercanos a verdades surgidas de su tiempo personal y de su propio camino, terminen míseramente reducidos a la condición de divulgadores de tesis sobre la incapacidad humana para enfrentar la vida por ella misma. A la palabra del verdadero pensador, eterno aprendiz de la vida, se opone el soliloquio de ideólogos que actúan en favor del adocenamiento de muchos. Lo que desmentiría su condición de creadores imposibilitados -paradójicamente puesto que se consideran a sí mismos pensadores- de pensar por sí mismos. Solo la afirmación de lo individual, el respeto a la libertad y la dignidad de la persona humana, lograrán enfrentar la inhumanidad de sistemas de pensamiento dogmáticos y alienantes.
Es difícilmente predecible el tiempo construido por los hombres; y es grotesco predicar a éstos solitarias verdades, y, muchísimo más grotesco aún, relacionar dichas verdades con algún rostro humano o algún determinado partido político. Existen y existirán siempre seres muy mal avenidos con ciegos acatamientos: individuos empeñados en obedecer a sus intuiciones, a entenderse con su memoria y dispuestos a no abandonar nunca ciertos sueños. Personas apoyadas, por encima de cualquier otra cosa, en su libertad; y que, frente a toda impuesta alienación, se acogen al refugio de su conciencia.
En la primera de sus Cartas a un joven poeta, Rilke alude la conciencia humana como el único lugar donde encontrarnos a solas con nosotros mismos y realmente ser capaces de entender, de entendernos: Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie –dice al joven que le pide consejo- No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo.

