En un mundo donde las contradicciones son tan evidentes, un tatuaje en la piel se convierte en un delito que te condena a ser deportado y/o encerado en Guantánamo o el Salvador.
Es sorprendente observar cómo algunos se rasgan las vestiduras ante las deportaciones y encarcelamientos impulsados por la administración de Trump, mientras guardan un sorprendente silencio frente a las detenciones de opositores en Venezuela.
Hablemos de los tatuajes, esos dibujos que llevamos como una segunda piel. Originalmente, los tatuajes eran símbolos de identidad, resistencia y, a menudo, de rebeldía. Hoy, parecen ser una metáfora perfecta de las injusticias que enfrentamos: un arte que expresa nuestra historia personal, pero que también puede ser malinterpretado o estigmatizado.
Ser opositor no es un delito, pero en algunos lugares, parece que llevar una opinión diferente es el verdadero crimen. ¿Acaso los que critican las políticas de inmigración no ven la ironía de su silencio ante la represión en nuestro país?
Así que, exijamos libertad para los presos políticos. Porque, al final del día, defender la libertad de expresión debería ser tan natural como llevar un tatuaje que cuente nuestra historia. Con orgullo llevamos nuestro tatuaje de opositor y eso no es delito ¡Que el arte de la resistencia se escuche en cada rincón!
Ciudadano Libertario.

