Acaso el único significado que obtenemos al tratar de entender el universo no sea sino el falso eco de nuestra voz. Pero, aunque sea solo un eco y sea, eventualmente, “falso”, sigue siendo voz, voz nuestra: nos pertenece. Con ella nos entendemos. Con ella nos dirigimos a otros. Con ella nos esforzamos para que otros conozcan eso que decimos. Junto a ella nuestros testimonios se hacen comunión, correspondencia; eventualmente, legitimación. Legitimidad a partir de verdades que expresamos con nuestra voz. Y siempre existirá belleza en la verdad.
Famosamente, Dostoievski afirmó alguna vez: “La belleza salvará al mundo”. ¿Qué quiso decir? Acaso que la belleza surge cuando se ordenan armoniosamente elementos como la autenticidad, la pasión, el idealismo, la humanidad…
“La estética –dijo el poeta Joseph Brodsky- es la madre de la ética”. O quizá al revés: la ética del autor es la estética de la creación, porque su ética le impone decir eso que, para él, nunca debería callarse. Usará, así, su voz como una personal respuesta a un tiempo y unas circunstancias propios; forma y resultado de su voluntad de ser presencia dentro del mundo, de su necesidad de escucharse a sí mismo.
Alguna vez el poeta portugués Fernando Pessoa dijo que haberse entregado a su obra, haberse apasionado por lo que sus voces le llevaban a decir, había sido su más eficaz manera de no estar solo, de no sentirse solo. No estamos solos cuando permanecemos al lado de nuestro propósito por convertir nuestras vivencias en palabra, por hacer de ciertos momentos de nuestras vivencias en imagen verbal.
Recuerdo un fragmento del Eclesiastés: “… yo vi que lo único bueno para el hombre es alegrarse de sus obras, la felicidad en el esfuerzo que uno realiza…” Testimonio de la obra de arte: expresión de fe de alguien en sí mismo, reafirmación de los propios pasos, un imaginario del conocimiento y la experiencia que esos pasos expresan.
Testimoniar, crear: bautizar, hacer nacer, dar vida… El autor crea para expresar lo que siente, lo que desea, lo que desea transmitir a otros. Acaso sea ésa su mayor recompensa: convertir su creación en referencia con la que otros puedan comulgar. Que en medio de algo tan complejo e impredecible como son las emociones y los sentimientos individuales, una obra de arte, una creación estética -cualquiera sea su forma: pintura, escultura, música, voz poética- logre despertar profundas coincidencias entre los seres humanos a lo largo de los lugares y las épocas, habla de la trascendencia de esa fuerza estética capaz de acercar a los hombres a sí mismos.
En su discurso al recibir el premio Nobel de literatura, William Faulkner definió al arte como la única forma de expresar lo más digno de la condición humana, mostrando “los problemas de los contradictorios sentimientos del corazón… amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio…”

