pancarta sol scaled

Enrique Ochoa Antich: El libro de Simón…

Compartir

 

… Que lleva por sugerente título La rosa y la hoz / El secuestro de una idea, es un oportuno revulsivo en tiempos de incertidumbre. En particular para quienes hicimos de la causa socialista una razón de vida pero en general para un planeta que requiere de nuevos paradigmas democráticos, amenazado por autoritarismos de diverso signo. Simón García ausculta en el pasado de una idea pero al propio tiempo se asoma a un porvenir rebosado de interrogantes.

Libro Simón García 1

La crónica se inicia en el Café de la Régence, rue de Richelieu, París, en un abrasador día de agosto de 1844, cuando trabaron amistad dos jóvenes de 26 y 24 años respectivamente, y cuyos apelativos recorrerán la historia en compañía de un fantasma: Marx y Engels. El fantasma es el comunismo que, según sus promotores, espanta a aristócratas, burgueses, reyes, generales y sacerdotes por igual. A partir de aquel encuentro, la vieja Europa será estremecida hasta sus cimientos por una idea radical, incluso extremista, *la idea comunista*, que, y éste es uno de los aportes más destacados del libro de Simón, tuvo la habilidad de infiltrarse en otra, democrática y moderada, *la idea socialista*, con el premeditado propósito de *secuestrarla y confiscarla, inoculando en ella valores que le eran extraños*.

El autor de La rosa y la hoz ofrece la lista de los contrarios. El comunismo propone una dictadura del proletariado; el socialismo un ensanchamiento de la democracia existente. El comunismo propone métodos revolucionarios; el socialismo un evolutivo proceso de acumulación de reformas. El comunismo sostiene que la violencia es la partera de la historia; el socialismo actúa para evitarla. El comunismo propone la lucha de clases; el socialismo procura armonizar sus intereses no siempre contrapuestos. El comunismo aboga por la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción; el socialismo por la regulación de la economía de mercado, de modo que la riqueza que crea sea socialmente compartida.

Pero la prodigiosa inteligencia y la cultura ecuménica de Marx, que abreva de la filosofía alemana, de la economía inglesa y de la historia política francesa, según el clásico trípode de fuentes que Kautsky y Lenin postularon, y su verbo demoledor, le permitieron al genio de Tréveris construir un sistema de pensamiento cuyas partes parecían concatenarse con coherencia lógica al modo en que una ciencia articula hipótesis y predicciones comprobables. Es entonces cuando se produce ese punto de ruptura entre la tradición socialista claramente liberal y democrática, por un lado, y el pensamiento de Marx y Engels, por el otro: la primera representaría al *socialismo utópico* y el segundo al *socialismo científico*. Sólo que, como nos demuestra palmariamente Simón García, *el socialismo comunista y revolucionario probó ser mucho más utópico que el socialismo democrático y reformista*.

De hecho, si a ver vamos, ha sido en las democracias liberales de Europa occidental, dentro de sociedades capitalistas, donde, como predijo Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas ha modificado de manera perdurable el modo de producción, haciéndolo más social y justiciero, y creando las sociedades menos imperfectas en seis mil años de historia. Fue así porque la socialdemocracia europea dejó de ver al socialismo como un lugar de llegada, una tierra prometida que estaba más allá, y lo asimiló como un proceso continuo de ampliación de derechos en tiempo presente, aquí y ahora. “El movimiento lo es todo, el fin último no es nada”, había escrito Bernstein, en sus Premisas del socialismo.

La rosa y la hoz nos adentra luego con elocuente prosa en el sinuoso y escabroso sendero por el que Lenin y luego Stalin remacharon el secuestro. Desde el poder, haciéndose de coartadas (como aquélla según la cual el socialismo real existente en la URSS era el prolegómeno necesario del comunismo libertario), aprovechando los equívocos que brotan de las abundantes contradicciones marxianas, explotando las consignas del político Marx pero obviando las deducciones del economista Marx. Así, leninistas y estalinianos remataron la perversión final de la idea. Como resaca o residuo, según nos recuerda Simón, quedaron sólo creencias donde antes había teorías. Y el movimiento comunista produjo, desde y en contradicción con Marx, *históricamente* sociedades despóticas y precarizadas, algunas de las cuales, como China y Vietnam, han tenido que volver a modos de producción capitalista para perdurar.

Simón García nos ha ofrendado en La rosa y la hoz un enjundioso estudio de este proceso tremebundo que signó con su impronta el devenir de todo el siglo XX. Un ensayo que merecería un comentario más extenso al que permite un artículo de opinión. Pero, como enunciamos al inicio de estas líneas, su reflexión no sólo vuelve los ojos al pasado, como el poeta a quien al hacerlo, todo lo vivido se le empozó como un charco de culpa en la mirada. En sus páginas postreras, el autor se pregunta con inquietante pero enriquecedora duda si es posible “recrear los significados de la idea socialista”, una “que se corresponda con la nueva civilización que irrumpe”, y de seguidas enuncia una disyuntiva: “rehacer el concepto averiado de socialismo” o “tal vez fundar otro, cuyos nuevos contornos aún no nos atrevemos a imaginar”. Si, como nos revela Borges en su cuento La rosa de Paracelso, es cierto que cada paso es la meta, entonces tal vez el propio Simón ofrece la respuesta a su dilema: “Hacer un nuevo camino”, nos sugiere unas líneas más arriba, que, agrego yo, el camino por sí mismo recreará o sustituirá la idea.

La rosa y la hoz, aunque concentrando su atención en la disputa socialismo / comunismo, es, a un tiempo, una diatriba contra todo extremismo, de izquierda o de derecha, que tiene la mala costumbre de ser preñez de autoritarismos y vasallajes, y una abogación por mantener vivo el sueño de una vida social armónica, libertaria y justa. Esta arista del libro de Simón es, para los venezolanos, de una rotunda y perentoria actualidad.

 

Traducción »