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Rafael Fauquié: Esta voz con que vivo I

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Esta voz con que vivo: metáfora de vida, signo de ese tiempo que soy. Me acerca al afuera o me refugia en mis adentros. Su evolución es mi evolución, su silencio mi mutismo y mi derrota. Junto a ella recreo espejismos, asideros, apoyos necesarios… Conjuro con ella la confusión o el desamparo. A su lado convierto cielos e infiernos en referencia. Junto a ella respondo la interminable pregunta que soy.

Esta voz con que vivo: poco a poco fui reconociendo sus significados y alcances. ¿Su principal potestad? Llevarme a distinguir correspondencias entre casi todas las cosas. Se le acercan sin cesar diversos escenarios, incluso la realidad misma puede llegar a parecérsele. Verdadera como los propósitos que enuncia, ella va haciéndose protagonista de una historia en busca de su propio desenlace. Fallarle implicaría mi inconsistencia. Necesariamente próxima a mi vida, ella es alimento y promesa; también finalidad. Con igual entonación expresa realidades y fantasías, entremezcla lo verdadero y lo posible. En sus matices colaboran muchas intenciones. La acompañan, a veces, el reconocimiento de abrumadores errores y algún que otro remordimiento. En su cercanía descifro proyectos esperanzadores.

Esta voz con que vivo: una y otra vez regresa sobre sí misma para contemplarse en su reflejo. Hablo con ella siempre en presente. Junto a ella dibujo palabras desde un ahora que recuerda, imagina, sueña, espera…

Esta voz con que vivo: me corrobora. Hace muchos años decidí convertirla en escritura, y comprendí que, paradójicamente, sería el silencio lo que permitiría a mi voz escrita vibrar con toda la intensidad de sus posibles significados. Existen dos acepciones del silencio: una, negativa, lo define de vacío, olvido, ausencia, sinsentido, indiferencia; otra, afirmativa, lo entiende como preludio de las comprensiones, ensimismamiento necesario para acercarnos a cuanto nos resulta esencial entender.

Dibujo palabras en libertad. Construyo con ellas puentes capaces de traspasar muros, cruzar abismos. Diseño con ellas correspondencias entre mi reconocido pasado y un desconocido porvenir.

Al comenzar a escribir, las voces parecen desconfiar de sí mismas, sospechándose insuficientes o incapaces. Solo el tiempo y un arduo propósito por darles una forma definitiva, logrará devolverles confianza en sí mismas.

Escribo para ordenar mis perspectivas, para hacer más habitable mi propio mundo, para definirme más cerca de mi rostro y de mi nombre, para nombrar revelaciones que los años hicieron incuestionables, para diseñar elegidos paisajes y acercarme a la realidad que me concierne.

Solo la cercanía a la vida hará de la escritura algo genuino y eventualmente perdurable.

 

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