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Rafael Fauquié: Intelectuales e ideólogos

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¿Cuál es el sentido de esa búsqueda intelectual que mueve a ciertos seres a comerciar incansablemente con las palabras? La respuesta solo puede ser una: la honestidad, la descripción de algunas verdades por ellos vividas y que deciden comunicar de la manera más sincera, más genuina.

El intelectual, en su afán o necesidad de colocar nombres a las cosas, bautiza eso que su propio espíritu lo lleva a creer. Imposible para él no reaccionar ante las circunstancias que vive junto a otros muchos. Circunstancias que lo llevan a tomar partido. Se trata de nombrar lo que debe ser frente a lo que es; de aludir a lo inaceptable de tantas y tantas cosas que deberían cambiar, ser diferentes. No puede, no podría, dejar de opinar sobre cuanto contempla. Se siente obligado a mantener vivo su propósito por entender y juzgar; por convertir sus curiosidades, peripecias, ilusiones y creencias, en voces: palabras libres con las cuales nombrar todo lo que le resulte imposible callar.

Como la inmensa mayoría de los seres humanos, el intelectual carece de la potestad de transformar significativamente su entorno, pero al menos sí posee la posibilidad de introducirse en la realidad del lado de sus voces; y, con éstas, nombrar lo importante, lo necesario…

Al genuino intelectual se opone, se opondrá siempre el ideólogo, ese ser embarcado en la aventura de esclarecer el pasado y el porvenir humanos a través de teorías y fórmulas demandantes de credulidad y acato.

A la palabra del verdadero intelectual, eterno aprendiz de la vida, se opone el cerrado soliloquio del fanatizado ideólogo.

 

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