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Rafael Fauquié: Merecer la democracia II

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La política es, y nunca podría dejar de ser, un medio para alcanzar un único fin: la convivencia entre todos los miembros de una comunidad. Allí donde existan grupos humanos existirá la política y su verdadero sentido será el beneficio de la justa coexistencia. Unos pocos, apoyados en leyes, instituciones y principios, mandan para que todos puedan vivir razonablemente bien y sus necesidades hallarse razonablemente satisfechas…

La política existirá siempre. Para su supervivencia el hombre depende de los otros, y la función de la política es convertir esa dependencia en responsabilidad común de todos los habitantes de una sociedad. Frente a esta verdad de lo político es imposible no cuestionar acremente todo cuanto cotidianamente observamos a nuestro alrededor: la degradación del hecho político en un solitario significado y un solitario propósito: conquistar y preservar el poder por todos los medios imaginables.

En su ensayo ¿Qué es la política? Hanna Arendt escribe: “Solo puede ser libre quien esté dispuesto a arriesgarse a serlo. La valentía es la primera de las virtudes políticas y siempre formará parte de los valores cardinales de la política”. Valentía, pues, para enfrentar una de las más patéticas perversiones de lo político: el  miedo, la ciega obediencia, la unanimidad de los comportamientos, el adocenamiento, la apatía colectiva… Solo el sentido de una ética que postule la solidaridad, la necesidad de consenso, la responsabilidad compartida, la urgencia de compromisos entre todos los miembros del cuerpo social, permitirá crear valores de tolerancia y respeto, de aceptación del derecho de las mayorías sin olvidar el reconocimiento a la existencia de las minorías…

Uno de los mayores desafíos de la democracia, la más perfecta forma de gobierno -o la menos imperfecta, según se mire- es la urgencia de contemplarse a sí misma, de revisarse constantemente, de exigirse la perfectibilidad. En busca de ese ideal, que le es connatural, está obligada a protegerse de dos centrales enemigos. El primero de ellos es la corrupción. Líderes que por su indignidad, su carencia de ética terminan por desprestigiar el accionar político. El otro es la paradójica consecuencia de una de las virtudes centrales de la democracia: la tolerancia. La tolerancia, absoluto pilar de la convivencia democrática, puede significar su fin cuando desde el interior de la sociedad democrática surgen enemigos dispuestos a aprovecharse de sus valores para, una vez en el poder, acabar con ellos.

En el caso de la corruptela generalizada durante un determinado gobierno, la respuesta democrática es contundente: la alternabilidad del poder. Los gobernantes indignos pueden ser reemplazados; olvidados para siempre en la memoria del pueblo que cometió el error de confiar en ellos.

El caso de la tolerancia democrática para con los enemigos de la democracia es mucho más problemático: trágicamente suele ser ya muy tarde cuando una sociedad comprende que fue la tolerancia la que permitió al intolerante llegado al poder destruir los mismos principios que le permitieron obtenerlo.

Como tantas veces se ha dicho: la democracia hay que conquistarla, merecerla. Creer en ella. Apostar por ella. Nunca darla por .sentado. Enfrentar enérgicamente la corrupción que la envenena, permanecer alerta ante el riesgo de perderla en manos de quienes la atacan desde adentro, serán los retos incesantes para la pervivencia de la única forma de gobierno que los seres humanos civilizados podemos aceptar.

 

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