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Tomás Chitty: ¿Después de al-Ásad qué?

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La nación que destruye su suelo, se destruye a sí misma. Franklin Delano Roosevelt.

Siria es un claro ejemplo de que la novedad no siempre supone innovación. Las revoluciones suelen traer la sustitución de una élite por otra. El gobierno de la familia al-Ásad supuso la hegemonía por la fuerza de una minoría sobre otras. Hoy, Siria es un polvorín, un botín a ser disputado. La paz está lejos de alcanzarse.

La sociedad siria actual es muy heterogénea. La religión es el factor más importante, aunque no es el único. Los lazos que cada facción tiene con los grandes poderes de la región introducen una complejidad digna de un gran juego de ajedrez. al-Ásad no cayó por arte de magia. Sin ánimos de quitarle mérito a los que se expusieron para confrontar al tirano.

Es válido recordar el contexto geopolítico actual. Rusia cada vez más debilitada por su prolongado conflicto con Ucrania y el eje chiita (Irán, Líbano y demás proxies) distraído en su afán de confrontar con Israel. Hay muchos intereses en juego. Rusia puede perder su base naval en el mediterráneo, para empezar. Irán perdería un aliado clave por los vientos que soplan.

La balanza del Islam comenzaría a tornarse con mayor claridad hacia los Sunitas. EE. UU buscaría respaldar a sus históricos aliados Kurdos en un momento de gran incertidumbre. Desde Europa hay visiones contrapuestas. Por un lado, una Siria en proceso de consolidación, significa una disminución en el flujo migratorio de asilados. No obstante, hay mucho recelo con el pasado de la organización HTS, la coalición dominante que lideró el ataque contra al-Ásad.

En frentes que no paran de moverse, tenemos al paranoico Netanyahu y su costumbre de buscar enemigos, así sea de su imaginación. Ahora el ejército israelí

se acerca a la zona desmilitarizada en los Altos del Golán, violando décadas de entendimiento diplomático. En el plano doméstico, la caída de la dictadura ha dejado una estela de calma. Hay un frágil intento de transición entre buena parte de la burocracia creada por al-Ásad y HTS. En el interior del país las cartas no están descubiertas. El fantasma de la guerra se mimetiza con nuevos propósitos.

El mundo entero desea que aquella máxima de que: “todo tiempo pasado fue mejor” no se cumpla en Siria. No hay ingenuidad al pensar que puede haber algo peor que el gobierno de al-Ásad. Siria debe avanzar en dar el salto al entendimiento pacífico con el adversario, para que, contra todo pronóstico, se ordene, se protocolice el duelo de voluntades.

 

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