La escritura define y fija eso que los hombres observan por vez primera. Ella siempre ha acompañado el testimonio evocador de los descubrimientos. La viejísima literatura del viaje, por ejemplo, es la escritura acompañante de las miradas humanas sorprendidas, maravilladas u horrorizadas. Lo que se contempla por primera vez está destinado a convertirse en letra escrita: referencia que otros leerán, imágenes que todos podrán reconocer gracias al dibujo de los descubridores. Es larga y amplia la genealogía de la literatura de viajes: desde los antiguos griegos, pasando por las crónicas de los conquistadores de América y, en general, las muy numerosas novelas de viajes y aventuras de los siglos XIX y XX. Ahora, a finales de nuestro siglo, la palabra testimonial del descubrimiento pareciera ceder paso a la palabra testimonial de la denuncia. En un mundo reducido y, sobre todo, en un mundo vulnerable cada vez más despojado de espacios por descubrir y más poseedor de lugares por proteger, la escritura testimonial propende a describir, más que la sorpresa, la preocupación. Una escritura ecológica pareciera estarse convirtiendo en la nueva palabra de testimonio ante un planeta agotado en el que las descripciones de lo novedoso ceden paso a las descripciones de lo preservable.
Nadie es constantemente, escritor. En general, tampoco se escribe siempre de una misma manera. Escribir, como todos los actos humanos, suele ser algo variable, circunstancialmente cambiante; distintos textos imponen diferentes tipos de escritura; cada objetivo establece un decir. Comenta Barthes: “tengo tres escrituras, según que escriba textos o tome notas o haga la correspondencia… mi deseo no responde a un código que me han enseñado o que me he impuesto, sino a la imagen que supongo del lector: neutra en el caso de las notas; personalizada en el caso de la correspondencia; eidética en el caso de un texto”. Sin embargo, hay casos en que los escritores parecieran proponerse escribir, en toda circunstancia, de la misma manera; identificarse siempre en torno a un modo de decir y a una palabra que sea reflejo de lo que son y de lo que quieren expresar, casi como un ideal de presencia.
Compañeros de la escritura son la imaginación y la pasión estética. Por la primera, el escritor vuelca cuanto pasa por su mente: inventa mundos, construye universos, define atmósferas. La pasión estética lo sostendrá en su larguísima tarea de perfeccionista minuciosamente entregado a la hechura de frases y palabras, siempre en busca de una expresión final que llegue a satisfacerlo.
En la escritura, lo literario y lo no literario se diferencian tajantemente. El sentido de la rápida comunicabilidad o el de la urgente comprensión de una instrucción cualquiera, no se relacionan para nada con nociones como las de belleza, trascendencia, perfección, envergadura o estilo. La escritura cotidiana en cualquier espacio que no sea el literario, muy poco o nada tiene que ver con una escritura convertida en finalidad ella misma; superficie donde forma y fondo, lo que se dice y la forma de decirlo, resultan igualmente importantes.
No existe obra literaria totalmente nueva. Todas nacen a partir de preexistentes repertorios. El libro de hoy se apoya en los libros de ayer. Y aprendemos siempre de los libros. Leyendo lo que el ser humano escribe entendemos mejor al ser humano. La literatura es, por sobre todo, visualización que los hombres poseen de sí mismos, un reflejo de la manera como una sociedad se contempla a sí misma en una época determinada. Borges ha ahondado en el tema de los libros llamados “clásicos”: textos que, escritos por un autor en un momento determinado, trascienden a ese individuo que los escribió y a la época en que nacieron; libros en cuya lectura los seres humanos, a lo largo de las edades, han distinguido verdades innegables y palabras definitivas. Suele haber algo de incontroversial e irrefutable en esos libros que todos los hombres suelen ponerse de acuerdo para citar. En palabras de Borges: “Clásico… es un libro que las generaciones de los hombres, urgidos por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.
El más remoto antecedente de la escritura fue la pintura. Antes de escribir, el hombre dibujó. Igual a lo que sin embargo sucede individualmente en cada ser humano, cuando el niño antes que aprender a escribir vuelca su imaginación y su decir en dibujos. Por la pintura, a través de ella, el ser humano primitivo inició la ritualización de su contacto con el mundo. En la ilustración de sus acciones y sus creencias, de sus anhelos y sus miedos, comenzó el más remoto antecedente de la palabra escrita. Dibujos de escenas de cacerías, representaciones de animales, confusos diseños de vagas deidades fueron el primer itinerario de la escritura humana.
Ha comentado Borges que algunos de los seres que más influencia ejercieron en la historia de la humanidad, jamás escribieron palabra alguna. No lo hicieron, por ejemplo, ni Sócrates ni Cristo. Borges recuerda que las únicas palabras que, según los Evangelios, Cristo escribió fueron unos breves trazos grabados sobre tierra e inmediatamente borrados. En su escrito “Del culto a los libros”, Borges se detiene en una idea: la sacralización de la palabra escrita no ha sido un fenómeno constante en la historia de los hombres. “Para los antiguos –dice- la palabra escrita no era otra cosa que un sucedáneo de la palabra oral”. Platón, recuerda Borges, declaró alguna vez que el hábito de los libros hacía descuidar a la gente el sentido de la memoria y los volvía demasiado perezosos y dependientes de los símbolos.
Sentido estético de la escritura; escritura como obra de arte, dibujo de formas cubriendo espacios que deben ser adornados. Escritura como ornamento: se recuerda siempre, por ejemplo, la escritura china, donde las palabras escritas son, ante todo, formas bellas, plenitud armoniosa dibujada sobre una tela que las recibe.

