Una cosa fue lo que Carlos Marx enseñó y otra la que pusieron en práctica sus seguidores. El pensador alemán consideró que el Estado debía ser disuelto porque representaba el instrumento ideológico de la clase burguesa para ejercer su dominio sobre el proletariado. Una poderosa maquinaria burocrática orientada a manipular la mente de los trabajadores, mediante el sistema cultural y propagandístico, para perpetuar el poder y los intereses de los capitalistas. Solo disolviendo a ese Estado burgués se garantiza la emancipación del proletariado y una sociedad igualitaria.
Para ello hay que crear conciencia en los explotados y alienados trabajadores sobre su compromiso histórico de rebelarse contra ese Estado burgués a través de la revolución, tomar el poder e imponer una nueva forma de gobierno para alcanzar el comunismo. Marx se refirió a una especie de “dictadura del proletariado” para alcanzar la felicidad social. He allí su gran contradicción. La sustitución de una nueva clase social por otra no garantizaba el igualitarismo que él pregonaba.
Marx tenía la certeza de que la revolución ocurriría en los países con mayor industrialización y relaciones capitalistas, como Inglaterra y Alemania, debido a los altos niveles de explotación laboral y contradicciones sociales. También se equivocó allí. Después de su muerte, la revolución se llegó a concretar en Rusia, uno de los países más atrasados de Europa, todavía con relaciones feudales y bajo un régimen zarista. El problema mayor es que los consejos de Marx no fueron acogidos por sus seguidores, una vez que éstos llegaron al poder.
Los revolucionarios no impusieron la “dictadura del proletariado” sino la de una nueva clase, la de una élite que se atornilló en el poder, designada por el Partido Comunista. Una burocracia política que se escudó en un poderoso aparato militar y policial para imponer el terror y ejercer el control de toda la sociedad en nombre de la revolución. Esa élite creó el culto a la personalidad, realizó purgas internas, apresó y líquido a cuántas voces disidentes aparecieran.
Pero lo más alarmante es que esos burócratas, autodenominados marxistas, se olvidaron de los consejos de su maestro y no disolvieron el Estado. Más bien, fortalecieron una poderosa estructura administrativa para ideologizar y controlar a la sociedad en general. Desde allí condenaron a esa gran masa de hombres y mujeres que creyeron en la revolución a las abominables condiciones humanas, mientras ellos se enriquecieron con los recursos del Estado.
Así funcionan los llamados revolucionarios. Ofrecen un maravilloso paraíso en la tierra para ganar adeptos y luego al llegar al poder se olvidan de su compromiso. Prometen la emancipación del sujeto, bajo la proclama del “hombre nuevo” y, contrariamente, lo adoctrinan y subyugan hasta el alma desde el Estado totalitario. Muestran en realidad como gobernantes que son más reaccionarios que los propios miembros de la derecha a la que tanto critican.
Lo cínico de su actuación es que adoptan modales burgueses porque en el fondo quieren vivir como ellos. Se escudan, paradójicamente, en una izquierda trasnochada solo para distinguirse de lo pasado y en realidad son una especie de mafia que monopoliza el aparato militar para condenar a la miseria a una inmensa población. Hablan en nombre de la soberanía popular y la profanan hasta la saciedad. No sorprende, entonces, que cometan fraude para intentar prolongar su hegemonía.
Politólogo y profesor universitario.

