Se ama, y a fe cierta se ignora la gnosis; es un insurrección crecido al ritmo de una hiedra. Aún así, es celestial, ya que solamente el amor nos hace libres, y por él existimos.
Al narrador le es fácil escribir de bríos ardorosos. Desde siempre, cuando del duendecillo travieso, ciego y lanzador de dardos se trata, nos sustentamos sobre lo que han dicho los poetas de esa esencia sempiterna. Hay una larga lista:
Arcipreste de Hita, Petrarca, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Góngora, Pessoa, Kavafis, Gustavo Adolfo Bécquer, Gabriela Mistral, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Roberto Graves, Ángel González, Olga Orozco, Vicente Huidobro, Pedro Salinas, Jaime Gil de Biedma, Rafael Cadenas y tantos otros abiertos al viento acariciador de las querencias afectivas.
Sabemos, por experiencia, que el amor jamás decrece; a lo más, llega a arrinconarse un tiempo en las suturas de nuestros anhelos interiores y espera allí, como los segadores, el tiempo de la sementera, para recoger el fruto de la tierra empapada en sudores, convertido tras la fermentación en el pan nuestro de cada día.
Un clérigo mundano, Lope de Vega y Carpio, escribió con ufano acento que la razón de todas las pasiones es el amor. De él nacen la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación. ¡Cuánto sabía!
Los diálogos de ese “miramelindos” – decía Rafael Alberti – son cual una alegría entre el fuego y el hielo, una irisación de luz penetrando por la claraboya entreabierta de la piel.
Al trasluz de la ventana, recordamos haber escuchado una tarde bajo el balconcillo de la vereda de Chacaíto un requiebro amoroso:
– Niña, ¿a quién buscas tan de mañana?
– Al amor.
– ¿Se habrá perdido?
– No, se lo llevó la brisa taciturna, pero volverá.
Y es cierto. Esa pasión suele regresar maltrecha, herida, con gran sed interior, aunque lo haga acompañada de su perpetuo lazarillo: la fogosidad taladrada de cicatrices.
Y es que amar, ahora y siempre, es vivir por encima de las tumbas.
Cuando todo desaparezca y el cielo garzo se vuelva imperecedero, en el espacio existirán pequeñísimas partículas recubiertas de la esencia primogénita con la que Dios hizo el mundo: motas de ternura.
Es creencia firme que la esencia del amado y la amada se unirán un día más allá de las constelaciones, para seguir caminando sobre los senderos, allá donde la eterna grandeza se hace poesía y trigo.
A lo lejos alguien canta:
“Tengo un libro en donde escribo / cuando me olvido de ti. / Es un librito de pastas negras / en donde aún nada escribí”.
Pidamos, mientras se dulcifica la espera, otro ron blanco con unos trozos de ají picante.

