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Rafael Fauquié: La individualidad frente al deterioro colectivo

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En las novelas de Vargas Llosa es frecuente el tema del paso del tiempo concebido como indetenible decadencia, desgaste que acecha a todos y que todos están obligados a enfrentar. Para el escritor, los seres humanos se “rescatan” a sí mismos en la medida en que puedan conservarse libres ante estructuras de poder amenazantes, debilitantes, anuladoras. En su primera novela: La ciudad y los perros, el espacio castrense es dibujado como un sistema cerrado, acartonado en innumerables códigos desprovistos de sentido, un sistema donde todo es forma vacía e hipócrita. Inmersos en él, los personajes logran sobrevivir en el asidero de una voluntad nunca claudicante, un propósito asociado, por ejemplo, a la entrega aun ideal como proyecto de vida.

En su libro de memorias El pez en el agua, confiesa Vargas Llosa cómo la escritura fue un apoyo para su propia existencia, una afirmación personal ante los difíciles retos que le planteaba la realidad. En el recuerdo de su propia aventura en pos de la presidencia del Perú, cuya conclusión fue la derrota final de las elecciones frente a Fujimori, explica cómo el aprendizaje de su frustrada aventura política pudo significar el aliento para muchos venideros libros, y eso validó ese aprendizaje.

En una entrevista, Vargas Llosa comenta que escribe porque la escritura le ayuda a vivir, a enfrentar la vida. Personalmente, he sido siempre muy escéptico frente a la imagen del escritor que se refugia en la literatura como una manera de eludir la vida, de vivir en la ficción eso que no logra vivir en la realidad. Sin embargo, percibo en las declaraciones de Vargas Llosa otra posibilidad: la del escritor que inventa mundos para reconocerse dentro de ellos, como una manera de hacer más inteligible la propia existencia.

Dejarse vencer por el deterioro, por el desaliento, por el miedo es, en la obra de Vargas Llosa, una amenaza que debe ser conjurada. En su novela, La fiesta del chivo, Urania, uno de sus típicos personajes sobrevivientes, vive su existencia tratando de huir de un terrible recuerdo: su entrega, siendo apenas una niña, al dictador Leónidas Trujillo. Desde entonces, su vida es descrita como un constante esfuerzo por vencer aquella pesadilla; algo que terminará produciéndose en las páginas finales del libro, cuando Urania exorciza la dolorosísima memoria desahogando su alma ante un comprensivo oyente. Solo así logra triunfar sobre el pasado, redimiéndose ante él en un valiente acto de superación individual. Y es que, como pareciera proponer una y otra vez Vargas Llosa a lo largo de su obra, la única forma que posee el ser humano para superar las terribles heridas de la existencia, es aferrándose a sí mismo, a cuanto lo consolide y afirme. Es su personal elección: la escritura convertida, en su caso, en ideal de vida, en propósito creador, en un real apoyo ante las adversidades del tiempo.

Podríamos ir más allá y entender que lo que propone Vargas Llosa con su recurrente temática, es la referencia a una humanísima necesidad de enfrentar la degradación de lo exterior a través de actitudes afirmativas apoyadas en humanos sueños, humanos propósitos y humanos ideales; y que, en el caso de su elección -la escritura- ésta pudo convertirse en un rescate ante las adversas circunstancias, gracias al apoyo de personales aptitudes, intenciones y esperanzas.

 

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