En Latinoamérica, son disimiles las visiones de cómo resolver los problemas sociales y el cómo abordar las políticas públicas en función de tratar de enfrentar los grandes y recurrentes males endémicos de la región. Existe la visión, de que solo los gobiernos populistas se han ocupado mal que bien de los pobres y que se gobierna para ellos (repartiendo migajas). En nuestra región, la revolución socialista parece siempre el atajo por nuestra incapacidad de construir estados democráticos modernos y economías desarrolladas.
Estas revoluciones han sido primero la mexicana, luego la cubana, la nicaragüense y el experimento venezolano, quizás el peor de todos. Las recurrentes crisis económicas y políticas han hecho que todas las esperanzas de reformas en la región, se hayan transformados en pesadillas. Qué somos como región, qué son nuestros orígenes, allí comienza nuestra particular visión de cómo nos percibimos como colectivo humano. Debemos convencernos de una vez por todas, que somos un crisol de razas, culturas y creencias, y que nada mal intencionado ha impedido nuestro desarrollo, más que nosotros mismos.
Lo de Venezuela, bajo un modelo romántico y casi místico es una historia “bélica” llena de batallas y actos heroicos y no la de una historia civil con sentido de continuidad creadora. Esta ha sido una de las causas de que el país no haya logrado la madurez para encontrar en las tradiciones civiles y democráticas, en el trabajo productivo y creador, la energía necesaria de preparar su porvenir. Todavía hoy, se mira al componente armado para resolver las crisis políticas, lo que indica lo débil de nuestras instituciones democráticas.
Al común del venezolano, se le ha inculcado que es un soldado heredero de las glorias militares de la independencia, de allí la militarización de la sociedad, deformada actualmente en extremo con “milicias y UBCH”. La historia bélica que hasta hoy ha tenido preferencia en la educación, ha sido un trauma donde con los resplandores de su épica se trata de disfrazar nuestra realidad como sociedad civil.
También nos valemos del libertador para ocultar con sus glorias los fracasos de nuestra conducta republicana. Historiadores nostálgicos que alaban constantemente las hazañas de Bolívar y Páez, colocándolos como ejemplo para toda las crisis, ralentizan sin intención el surgimiento de nuevas ideas para un país ya no de la colonia, ni heroico, ni mucho menos predestinado, sino que debe insertarse a la brevedad en el mundo de la globalización, la industrialización y de la inteligencia artificial, así de simple.
Del libertador, cualquiera se cree con el derecho de interpretar sus pensamientos y más aún ponerlos al servicio de doctrinas particulares. Todos hemos sido testigos que a través de nuestra historia las crisis se han pretendido resolver apelando a las glorias pasadas, al pueblo predestinado y valiente, al discurso amenazante contra no se sabe que, ni quien y sin una propuesta concreta, sino vaga y difusa. No debería sorprendernos la actual crisis que padecemos, ella es consecuencia de nuestras propias decisiones.
Hay muchos historiadores que se han olvidado de que el venezolano más que continuación del aborigen y heredero de las glorias de sus próceres, es un pueblo de mezclas de razas y culturas, cuyas raíces estructurales como sociedad quiérase o no se hunden en la España histórica, no en la cultura de los Caribes, ni en las experiencias socio-políticas de las guerras civiles.
Vale recordar que los libertadores en su tiempo no tenían como base doctrinaria a las formas de vida de nuestros aborígenes, sino al pensamiento ilustrado del siglo 19 de la Europa post-revolucionaria y sus secuelas políticas del nacionalismo y del liberalismo, doctrinas que le permitieron una base concreta para justificar la lucha por la independencia. A través de nuestra convulsa existencia, no hemos hecho sino sustituir un fracaso por otro, donde evidenciamos que nuestra idiosincrasia misma vive en una permanente crisis de inseguridad y desorientación, de allí que apelemos constantemente a nuestra historia y a los pocos segmentos del pasado donde realizamos algunos avances, lamentablemente no continuados por la tendencia a la improvisación del liderazgo político tradicional.
En los momentos de crisis, fueron acertadas las decisiones de nuestros próceres y posteriormente la de aventajados líderes políticos, pero las realidades de su tiempo eran distintas a nuestras complejas y exigentes circunstancias actuales. No se puede arreglar el presente, con las soluciones del pasado.
Un país requiere de sistemas en lugar de hombres a quienes el azar convierte en dispensadores de favores. Se requiere entonces de una idiosincrasia firme que les dé continuidad a los valores de la nacionalidad, pero dentro de una permanente planificación y adaptación al dinámico sistema actual de cosas, y esto para que se desarrollen sin mayores riesgos las contradicciones propias de las sociedades y puedan entonces ir en crecimiento. La cultura griega es el pilar inicial y fundamental de la humanidad, sin embargo, actualmente Grecia es un modesto país, sin influencia real en el mundo moderno, solo en el de “la historia”.
No identificamos todavía qué somos como pueblo y qué queremos ser, nos cobijamos bajo esa ala mística de pueblo histórico, predestinado, generoso y digno, pero sin ningún destino. La realidad, es que hoy somos una muestra de desorientación, improvisación y desesperanza. Antes de ser conservador, comunista o demócrata, todo el conjunto social debe ser república en sí misma, y en la actualidad unida en el camino del mundo globalizado e interconectado, que avanza inexorable a pesar de las expectativas de los soñadores del pasado, de los románticos y de los perjudiciales caudillos patrióticos.
Yo la hice libre…Háganla ustedes próspera…SB” Aquellos hombres hicieron su obra… ¡Hagamos nosotros la nuestra!

