El crimen de Pittsburg, como otros en la larga persecución de los judíos, arrojo ondas concéntricas sobre muchas interpretaciones. Unas de ellas, que ya había sido ejercida por Karl Kraus cuando indico que el primer envilecimiento es el de las palabras, nos señala la perdida envalentonada del pensamiento correcto como una causa. Muchos habían advertido, durante la campaña electoral norteamericana, la emergencia de un lenguaje peligroso, con metáforas anidadas por el diablo. No ha ocurrido solo con los judíos, aquella amenaza de Chavez en su candidatura de “ fritar la cabeza de sus enemigos” fue su primer paso hacia la catástrofe actual. En el caso de los judíos, esa nube verbal es muy antigua, los nazis la remozaron, pero pertenece a los arcanos del odio social. De ahí que prenda con tanta facilidad en las personalidades patológicas, coadyuvado porque creerse Napoleón es un lugar común reconocido de la locura, pero suponer un complot judío universal o pensarlos hijos del diablo, es casi un folklore de muchas subculturas. Quizás uno de los efectos mayores de este crimen en Pittsburg es haber vuelto a desnudar la pasión antisemita originaria, pulsión antigua, disfrazada en las últimas décadas por una politización encubridora y enfermiza. Ninguna larga y milenaria nariz judía, deja de olfatear el antisemitismo en aquellos que se rasgan las vestiduras por los palestinos pero nunca se inspiraron piadosamente por los chechenos, los kurdos, los rohingas, los africanos de las cíclicas masacres, los venezolanos hambreados y torturados, porque no los anima esa gesta, no tiene el sabor que ofrecen los judíos a la apetencia del odio. Cuando Robert … dijo “voy a entrar” enuncio el pasaje del discurso a la acción, la legitimación de su amado odio tradicional, el antisemitismo originario, puro y duro como debe ser.
En tiempos que el antisemitismo era vergonzoso para el pensamiento correcto, no dejaba de guardar cambiantes activos y pasivos políticos. En la remordiente Alemania de postguerra, hubo notorias trayectorias filo semitas, exculpaciones e incluso conversiones, como la descubierta recientemente en un alto dirigente comunitario. En el diverso mundo islámico, muchos trataron de montarse en la vieja ola antisemita para alimentar ideologías extremistas y fertilizar la tradición europea con nuevas siembras. Hubo cruces de interpretaciones históricas y geopoliticas que emergieron de esta atmosfera, por ejemplo, la adjudicación al fascista muftí de Jerusalén el proyecto central y decisivo del Holocausto. Como si la matanza hubiera sido esencialmente antisraelí, lo que la marea árabe contraria a un estado judío parecía confirmar para los israelíes. La vivencia ancestral la guardaban las memorias de la diáspora, pero no los israelíes ya liberados del miedo y con los traumas históricos aliviados. Ni siquiera la ritual visita a Auschwitz, al Yad Vashem, o el difundido juicio a Eichman, pudieron suministrar el miedo que no sentían o la sensibilidad real, no conceptual, a uno de los prejuicios más feroces de la historia humana Este crimen de odio de Pittsburg, que incluso ilustro la solidaria generosidad de la comunidad musulmana decente de EEUU, repone el carácter ancestral, irracional, histórico e inequívoco del antisemitismo. Su patológica y extendida inocencia. Su capacidad de atravesar las ideologías como un ácido maligno, como ocurrió en el mundo bolchevique, en la fe polaca o el nacionalismo húngaro. El crimen reciente rebalsó los estratos profundos de la lava, manifestó su prístino origen, la inocencia del mal en la condición humana.

