María Fantappie y Vali Nasr: La guerra que rehízo Oriente Próximo

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Antes del 7 de octubre de 2023, parecía que la visión de Estados Unidos sobre Oriente Próximo por fin estaba dando sus frutos. Washington había llegado a un acuerdo implícito con Teherán sobre su programa nuclear, en virtud del cual la República Islámica de Irán detenía efectivamente su desarrollo a cambio de un alivio financiero limitado. Estados Unidos estaba trabajando en un pacto de defensa con Arabia Saudí, que a su vez llevaría al reino a normalizar sus relaciones con Israel. Y Washington había anunciado planes para un ambicioso corredor comercial que conectara India con Europa a través de Oriente Próximo para contrarrestar la creciente influencia de China en la región.

Había obstáculos, por supuesto. Las tensiones entre Teherán y Washington, aunque menores que en el pasado, seguían siendo elevadas. El gobierno israelí, abiertamente derechista, estaba ocupado ampliando los asentamientos en Cisjordania, lo que provocó la ira de los palestinos. Pero los funcionarios estadounidenses no veían a Irán como un disruptor; después de todo, recientemente había restablecido relaciones diplomáticas con varios gobiernos árabes. Y los Estados árabes ya habían normalizado sus relaciones con Israel, a pesar de que Israel no estaba haciendo concesiones significativas a los palestinos.

Entonces Hamás atacó Israel, lo que sumió a la región en una tormenta política y cambió drásticamente la visión de Estados Unidos. El amplio ataque del grupo militante desde la Franja de Gaza –en el que sus combatientes lograron penetrar un muro fronterizo con alta tecnología, arrasaron ciudades del sur de Israel, mataron a unas 1.200 personas y tomaron a más de 240 rehenes– dejó claro que Oriente Próximo sigue siendo una región profundamente explosiva. El ataque provocó una feroz respuesta militar de Israel que creó una catástrofe humanitaria en Gaza, con un gran número de palestinos desplazados y muertos, y aumentó el riesgo de una guerra regional más amplia. La difícil situación de los palestinos vuelve a estar en el punto de mira, y un acuerdo entre Israel y Arabia Saudí es inviable. Dado que el apoyo iraní explica la resistencia y las capacidades militares de Hamás, las propias capacidades militares regionales de Irán parecen ahora bastante poderosas. Además, Teherán se muestra ahora más firme.

Aunque no está muy interesado en un conflicto más amplio, Irán ha aprovechado la demostración de fuerza de Hamás y, desde entonces, ha redoblado la apuesta cuando Israel intercambió disparos con la milicia libanesa Hezbolá y cuando otros grupos respaldados por Irán lanzaron cohetes contra las tropas estadounidenses. La influencia de Estados Unidos sigue siendo considerable en Oriente Próximo. Pero su apoyo a la guerra de Israel ha comprometido definitivamente su credibilidad en la región. (Ese apoyo también ha dañado la posición de Washington en el Sur Global de forma más amplia, especialmente a medida que la reivindicación israelí del derecho a defenderse se convertía en un castigo colectivo a los civiles palestinos). Esto significa que Estados Unidos tendrá que elaborar una nueva estrategia para Oriente Próximo, una estrategia que tenga en cuenta las realidades que durante tanto tiempo ha ignorado. Washington, por ejemplo, no puede seguir desatendiendo la cuestión palestina. De hecho, tendrá que hacer de la resolución de ese conflicto el eje central de sus esfuerzos. Será sencillamente imposible para Estados Unidos abordar otras cuestiones en la región, incluido el futuro de las relaciones árabe-israelíes, mientras no exista una vía creíble hacia un futuro Estado palestino viable.

Nuevo orden regional

Washington también debe abordar el creciente poder de Teherán, que ha sacudido Oriente Próximo. Si Estados Unidos quiere llevar la paz a la región, debe encontrar nuevas formas de constreñir a Irán y a sus aliados. Igualmente, importante es que Estados Unidos reduzca su deseo de desafiar el orden regional. Especialmente necesitará un nuevo acuerdo que frene a Irán en su camino hacia conseguir la capacidad de fabricar armas nucleares. Depende de a quién se escuche. Los extremistas de ambos lados la rechazan.

Para lograr estos objetivos, Estados Unidos no tiene que desechar todo por lo que ha trabajado. De hecho, puede –y debe– basarse en elementos del orden que había previsto anteriormente. En particular, Washington debe anclar su nuevo plan para la región en su alianza con Arabia Saudí, que mantiene relaciones con Irán, Israel y todo el mundo árabe. Riad puede utilizar su amplia influencia para contribuir a reactivar las negociaciones israelí-palestinas y ayudar a Estados Unidos a alcanzar un acuerdo nuclear con Irán. Y juntos, Riad y Washington pueden crear el corredor económico de Oriente Próximo que Estados Unidos necesita para equilibrarse frente a China.

Este nuevo gran acuerdo no será tan sencillo como el que Estados Unidos estaba negociando antes del 7 de octubre. No empezará con la normalización israelí-saudí ni terminará con una alianza árabe-israelí contra Irán. Pero a diferencia de acuerdos anteriores, este nuevo marco es factible. Y si se hace bien, reducirá las tensiones regionales y establecerá una paz duradera.

Pensamiento ilusorio

Es fácil comprender por qué Estados Unidos creyó que podía retirarse de Oriente Próximo. El conflicto árabe-israelí parecía estar llegando a su fin, aunque el conflicto palestino-israelí se prolongara. Irán había llegado a un acuerdo efectivo con Estados Unidos para limitar el avance de su programa nuclear y había normalizado sus relaciones con Arabia Saudí y otros países del Golfo. La región parecía ocuparse de sí misma, lo que dejaba libre a Washington para centrarse en Asia y Europa.

Pero Washington había sobrestimado la estabilidad de esa situación y subestimado las fuerzas desplegadas contra ella. El presidente estadounidense, Joe Biden, por ejemplo, parece haber pensado poco en cómo conseguir la aprobación del Senado para un tratado de defensa con Arabia Saudí, a pesar de que el tratado podría suponer proporcionar al reino armamento avanzado e infraestructura nuclear civil. Estados Unidos también asumió erróneamente que otros países de Oriente Próximo no protestarían cuando impulsara la búsqueda de hegemonía regional de Riad. Washington pensó que Teherán, por ejemplo, estaba demasiado impaciente por normalizar relaciones con los Estados árabes y demasiado ocupado con los disturbios internos como para interferir en los planes estadounidenses. En realidad, por supuesto, Irán seguía reforzando y alimentando a sus grupos aliados armados.

Pero el mayor error de cálculo de Washington fue pensar que podía ignorar la cuestión palestina. Su acuerdo provisional con los saudíes, por ejemplo, se basaba en la suposición de que Riad podría normalizar las relaciones con Israel y no provocar una respuesta negativa generalizada, aunque era poco probable que cualquier acuerdo implicara concesiones importantes a los palestinos. Estados Unidos sabía que, a pesar de la promesa de desescalada, la guerra en la sombra entre Irán e Israel seguía latente. Pero no preveía que esa guerra convergiera con la cuestión palestina, y con efectos devastadores.

Como demostró el 7 de octubre, las creencias de Washington sobre Oriente Próximo eran completamente incorrectas. Y, sin embargo, hasta ahora, Estados Unidos no ha actualizado su enfoque. En lugar de impulsar una campaña militar limitada que pudiera salvar la reputación de Israel, la respuesta general de Washington a la guerra de Gaza ha sido un apoyo casi inequívoco a una brutal agresión militar. El resultado ha sido la indignación tanto antiisraelí como antiestadounidense en todo Oriente Próximo. El rey jordano Abdullah II y su esposa, la reina Rania Al Abdullah, por ejemplo, han condenado públicamente la campaña militar israelí, han criticado el apoyo estadounidense a la misma y han dejado claro que, en esta guerra, Jordania no está del lado de Occidente. Tanto Jordania como Bahréin han retirado a sus embajadores en Israel y han congelado sus relaciones diplomáticas. Cuando el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, y los dirigentes árabes celebraron una reunión en Ammán en noviembre, ni siquiera pudieron redactar un somero comunicado conjunto.

Precario equilibrio

Estados Unidos ha intentado compensar su postura proisraelí con el apoyo a pausas en los combates para hacer llegar ayuda humanitaria a Gaza. También ha cooperado con el gobierno de Qatar, vinculado estrechamente a Hamás, para conseguir la liberación de rehenes. Y Washington ha presionado para que la Autoridad Palestina gobierne Gaza al final de la guerra, en lugar de someterla a una prolongada ocupación israelí.

Pero es poco probable que estas modestas medidas estabilicen la región. De hecho, están haciendo lo contrario: crear un vacío que los demás actores del mundo árabe utilizarán para promover sus propios intereses. Israel ha hecho de la destrucción de Hamás su objetivo inmediato, pero sin la presión de Estados Unidos, también tratará de convencer a sus ciudadanos y a la región de su invencibilidad causando daños incalculables a Gaza para disuadir a posibles adversarios. Egipto, Jordania y la Autoridad Palestina querrán minimizar las amenazas internas y externas a su poder, por lo que tratarán de asegurarse de que cualquier diplomacia de posguerra se adapte a sus intereses económicos y refuerce su posición regional. Los países del Golfo también utilizarán el conflicto para competir por su influencia. Qatar ya está aprovechando su relación con Hamás para convertirse en un actor regional indispensable, con más influencia que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU). Turquía, por su parte, quiere encontrar un papel en la resolución del conflicto para conseguir que Washington le venda aviones de combate F-16 y deje de apoyar a los kurdos en Siria.

Pero el Estado que más ha ganado ya con la guerra es Irán. La resurrección de la cuestión palestina ha vuelto a centrar la atención regional en el Levante. El “eje de resistencia” que lidera Irán, que además de Hamás y Hezbolá incluye al régimen de Assad, a las milicias chiíes tanto en Irak como en Siria, y a los hutíes en Yemen, ha demostrado que puede cambiar la dirección de la política de Oriente Próximo, escalando y desescalando conflictos regionales a voluntad. Al ofrecer un apoyo inquebrantable a Hamás, Irán también ha reforzado su imagen de defensor de los palestinos, aumentando su popularidad en Oriente Próximo. Y Teherán está equilibrando su apoyo a Hamás con sus crecientes relaciones con el mundo árabe para integrarse plenamente en la política regional. Poco después del ataque de Hamás, el presidente iraní, Ebrahim Raisi, habló por teléfono con el príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, por primera vez desde que ambos Estados reestablecieron relaciones diplomáticas en marzo de 2023. Raisi viajó después a Riad en noviembre invitado por el príncipe para asistir a lo que los participantes denominaron cumbre árabe-islámica conjunta extraordinaria. Teherán ha tomado la idea de un eje árabe-israelí para contener a Irán y le ha dado la vuelta.

Juntas, estas tendencias están llevando a la región hacia un conflicto más amplio. La desconfianza cada vez mayor hacia Estados Unidos, la incapacidad de este país para conducir a la región hacia la estabilidad y la falta de una visión común en torno a la que aglutinarse están llevando a los distintos Estados a perseguir sus propios intereses a corto plazo, guiados cada vez más por la presión de la calle y el temor a una guerra más amplia. Estos intereses divergentes están prolongando la crisis de la región y aumentando las posibilidades de una escalada involuntaria. Para evitar lo peor, Washington tendrá que revisar sus supuestos básicos, renovar su compromiso con Oriente Próximo y establecer una nueva visión para la región.

Con o sin acuerdo

La tarea más urgente de Washington es poner fin a la guerra en Gaza. Mientras Israel siga atacando el territorio y matando a civiles allí, y Estados Unidos haga poco por frenar a su aliado, los gobiernos y la población de los países árabes estarán demasiado furiosos para seguir el liderazgo de Estados Unidos. En consecuencia, las autoridades estadounidenses deben presionar a Israel para que deje de librar una guerra contra Hamás que castiga colectivamente a los civiles: hasta el 16 de noviembre, los combates en Gaza habían matado a más de 11.000 palestinos y negado al territorio el acceso a alimentos, agua y medicinas. Washington debe obligar a Israel a poner fin a la violencia desenfrenada en Gaza y presionarle para que busque una solución pacífica y política al problema palestino, que dura ya décadas.

Una vez finalicen los combates, Washington podrá empezar a mirar hacia delante. Al hacerlo, tendrá que adoptar una actitud serena. Pero no tiene por qué tirar por la borda todo por lo que había trabajado antes del 7 de octubre. Estados Unidos debe seguir basando su estrategia en alcanzar un gran acuerdo con Arabia Saudí. Aunque Riad no normalice pronto sus relaciones con Israel, sigue siendo uno de los pocos gobiernos de la región que mantiene buenas relaciones con todos los países de Oriente Próximo y el norte de África. Incluso mantiene relaciones cordiales, aunque informales, con Israel. Es un intermediario clave en la región.

En todo caso, la guerra de Gaza podría impulsar la primacía de Arabia Saudí al darle la oportunidad de estabilizar el conflicto palestino-israelí. La cumbre árabe-islámica conjunta extraordinaria, en la que participaron líderes de todo el mundo árabe, además de Irán y Turquía, fue un primer paso en esta dirección. A diferencia de Egipto, Jordania u otros Estados que suelen mediar entre Israel y sus adversarios, Arabia Saudí tiene la credibilidad y las relaciones regionales necesarias para ayudar a alcanzar un verdadero acuerdo de paz. Para ello, Arabia Saudí trabajaría con Irán y Turquía, los principales agentes de poder en el mundo árabe, así como con Israel a través de Estados Unidos, con el fin de llegar a un marco amplio para un proceso de paz israelí-palestino con el objetivo de crear un Estado palestino. A continuación, Arabia Saudí y sus socios se esforzarían por construir un marco general para la seguridad regional que incluya normas y líneas rojas acordadas en términos generales por todas las partes. Solo un acuerdo como éste garantizaría una paz duradera en las fronteras de Israel, cerraría la puerta a las fuerzas radicales entre los palestinos, contendría la guerra en la sombra entre Irán e Israel y frenaría el eje de resistencia de Teherán.

Los saudíes serán reacios a hacerse cargo de la cuestión palestina. Pero los intereses de Arabia Saudí residen en la paz y la seguridad regionales. Su gran visión económica no puede desarrollarse si hay una crisis duradera en la región. Riad también sigue codiciando el liderazgo regional y el reconocimiento como gran potencia en la escena mundial, algo que requiere el apoyo estadounidense y que, por tanto, podría impulsar a Riad a atender los llamamientos de Estados Unidos para mediar en un acuerdo de paz.

Con el fin de ayudar a Arabia Saudí, Estados Unidos tendría que ofrecer a Riad apoyo diplomático para llevar a cabo una diplomacia amplia, que incluya dar permiso al gobierno para buscar la aquiescencia iraní en un acuerdo para resolver la cuestión palestina. Washington también tendrá que convencer a sus otros aliados árabes para que apoyen a Riad. Y Estados Unidos debe perseguir el pacto de defensa que estaba sobre la mesa con Riad antes del 7 de octubre. Pero ya no puede exigir el reconocimiento inmediato de Israel como condición previa. En su lugar, Estados Unidos debe pedir que Arabia Saudí lidere el proceso de paz israelí-palestino. La normalización de las relaciones con Israel podría ser entonces el resultado del proceso.

Al presentar una propuesta de paz para Israel y los territorios palestinos, Arabia Saudí tendrá que demostrar que puede consultar con los vecinos del Golfo y tener más en cuenta sus ambiciones, así como sus preocupaciones en materia de seguridad, algo que no hizo antes del 7 de octubre. Para ello podría ser necesario que Riad empleara una energía diplomática que quizás sea reacia a gastar. Pero si consigue facilitar el camino hacia un acuerdo israelí-palestino y lograr una mayor seguridad regional, Arabia Saudí adquiriría la dignidad diplomática que tanto ansía. Un pacto de defensa con Estados Unidos, por su parte, proporcionaría al reino las capacidades militares que necesita para consolidar su estatus como primer actor económico y político de Oriente Próximo.

Constreñir, no retener

Resolver la cuestión palestina es esencial para crear un Oriente Próximo estable. Pero no es el único reto al que se enfrenta la región. Como parte de cualquier gran pacto, Washington tendrá que rebajar las tensiones con Irán y utilizar su acuerdo con Riad para constreñir las ambiciones de este país. Y por sí mismo, un acuerdo con Riad corre el riesgo de hacer exactamente lo contrario.

Hay muchas razones por las que Irán podría responder mal a un acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí. La escala y la calidad de las armas que empezarían a fluir de Estados Unidos a Arabia Saudí, por ejemplo, alarmarían a Teherán. También consideraría que un programa nuclear civil saudí es intrínsecamente agresivo, por muchas restricciones que le imponga Washington. A Irán también le preocuparía que un tratado de defensa entre Estados Unidos y Arabia Saudí condujera a una mayor presencia militar estadounidense en Oriente Próximo. Por lo tanto, Teherán podría responder a un acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí aumentando su propia fabricación de armas, lanzando más ataques a través de sus grupos aliados armados y avanzando en su programa nuclear. Y como respuesta, Egipto, Turquía y EAU podrían empezar a buscar también capacidades nucleares.

Si Israel y Arabia Saudí llegaran a normalizar sus relaciones, Israel podría incluso establecer una presencia militar y de inteligencia directa en el Golfo, que podría estar protegida por el tratado de defensa entre Estados Unidos y Arabia Saudí. Para Irán, este resultado sería una pesadilla. Teherán ya no podría disuadir la cooperación militar saudí con Israel haciendo que sus grupos aliados armados ataquen a las tropas saudíes o las refinerías de petróleo, ya que hacerlo provocaría un enfrentamiento directo con Washington.

Integración de Irán

Afortunadamente para Irán, Riad no quiere poner fin a su distensión con Teherán, que ha sido una bendición para el país. Desde que Arabia Saudí reestableció relaciones diplomáticas con Irán, los hutíes de Yemen, apoyados por Teherán, han dejado de atacar territorio saudí. Juntos, Riad y Teherán han establecido un alto el fuego estable en Yemen tras años de guerra brutal. Ahora, las partes yemeníes avanzan hacia un acuerdo permanente. Esta nueva seguridad ha facilitado a Arabia Saudí conseguir sus altos objetivos económicos al eliminar la amenaza de los ataques con misiles de los hutíes contra las refinerías saudíes y otras infraestructuras. Como consecuencia, Riad ya no parece compartir la visión de Israel sobre un eje militar y de inteligencia conjunto para reducir la influencia regional de Irán. De hecho, desde marzo, Irán y Arabia Saudí han trabajado para normalizar plenamente sus relaciones diplomáticas abriendo embajadas, facilitando los viajes entre sus países y estableciendo intercambios culturales. Irán ya había establecido relaciones diplomáticas plenas con Kuwait y EAU en 2022. Y también está en conversaciones con Egipto y Jordania para hacer lo mismo.

Un pacto de defensa entre Estados Unidos y Arabia Saudí seguirá preocupando a Teherán. Pero es menos probable que reaccione negativamente ante uno que no afecte a sus relaciones diplomáticas y económicas con Riad y el resto del Golfo, y que no establezca un acuerdo de seguridad regional destinado a rebajar su poder. Al involucrar a Irán en cuestiones bilaterales y regionales mientras persigue un gran acuerdo con Estados Unidos, Arabia Saudí puede minimizar la resistencia iraní a un acuerdo con Estados Unidos e incluso encontrar formas de conseguir que Teherán consienta un nuevo orden regional.

Es posible que Washington no apruebe los esfuerzos de Riad por mantener a Teherán a bordo mediante concesiones diplomáticas y beneficios económicos. Irán es uno de los principales adversarios de Estados Unidos, y es el principal enemigo de Israel. Pero Estados Unidos no puede frenar la normalización de las relaciones entre Irán y sus vecinos árabes. A medida que el eje de resistencia de Irán se ha ido fortaleciendo, Arabia Saudí, Turquía y EAU han decidido que, para mantenerse a salvo, Teherán debe integrarse en la región. Han decidido que pueden proteger mejor su seguridad si incluyen a Irán y si Teherán tiene interés en mantener relaciones bilaterales con ellos. Estados Unidos tampoco debe intentar frenar la normalización. Si el planteamiento del mundo árabe tiene éxito, servirá a los intereses estadounidenses al rebajar las tensiones regionales, lo que dejará libre a Estados Unidos para centrarse en Asia y Europa. Por tanto, Estados Unidos debería utilizar el nuevo orden de Oriente Próximo para encapsular las ambiciones de Irán, en lugar de intentar en vano crear una alianza anti-Teherán. Para ello, Washington debería animar a Arabia Saudí y a otros Estados del Golfo a profundizar en su compromiso diplomático y económico con Irán, a fin de conseguir la aquiescencia de Teherán a una solución permanente para la cuestión palestina y la desescalada en el Levante. Será difícil llegar a una solución para los palestinos sin el acuerdo al menos tácito de Irán, y cualquier acuerdo será mucho más resistente con él. Una solución de este tipo también negaría a Irán la capacidad de explotar la cuestión, costaría a las voces radicales palestinas su influencia y proporcionaría espacio político al mundo árabe para establecer mejores relaciones con Israel.

Volver al borde del abismo

Hay una cuestión en la que Israel, Estados Unidos y la mayoría de los países árabes siguen estando de acuerdo: el programa nuclear iraní. Todos creen que la continua expansión del programa es uno de los hechos más desestabilizadores en Oriente Próximo. A medida que Teherán se acerque a la producción de armas nucleares, Israel podría intensificar sus ataques encubiertos contra Irán. Si Teherán parece estar en la cúspide de la nuclearización, Israel podría atacar directamente al país, un acto que arrastraría rápidamente a Estados Unidos a un conflicto directo. Si Riad y Washington firmaran un tratado de defensa, Arabia Saudí podría convertirse también en parte de cualquier guerra. Esa guerra se desarrollaría entonces en el Levante, así como en el Golfo, con consecuencias devastadoras para ambas regiones y para la economía mundial.

Irán y Estados Unidos han intentado, sin éxito, alcanzar un nuevo acuerdo nuclear desde que Biden asumió el cargo a comienzos de 2021. Y en principio, el ataque del 7 de octubre podría parecer que hace prácticamente imposible alcanzar un nuevo acuerdo. Pero Teherán y Washington habían trabajado cuidadosamente para reducir la tensión antes del 7 de octubre, y su discreto acuerdo se ha mantenido en gran medida. El acuerdo nuclear informal, por ejemplo, parece seguir vigente. Grupos armados aliados de Irán lanzaron cohetes contra bases estadounidenses, pero hay pocos indicios de que ninguna de las partes quiera luchar contra la otra: esos ataques están más destinados a mostrar apoyo a Gaza y a advertir a Estados Unidos de que no frustre el acuerdo informal que a causar daños reales. Los propios ataques esporádicos de Washington son también una maniobra de pose, llevada a cabo para apaciguar al público nacional que pide una respuesta a los ataques iraníes. Para Washington, una escalada con Irán desviaría recursos militares y diplomáticos de su competencia con Pekín y Moscú. Los dirigentes iraníes, por su parte, no quieren arriesgarse a un conflicto que podría devastar su economía y, posiblemente, derrocar su régimen.

Es probable que esta relativa calma se mantenga al menos hasta las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2024. Pero la posible vuelta al poder del expresidente Donald Trump significa que Teherán y Washington no tienen mucho tiempo para alcanzar un nuevo acuerdo. Incluso si Biden es reelegido, los dos Estados deben resolver su impasse nuclear antes de octubre de 2025, cuando expira la capacidad de cualquiera de los firmantes para restablecerlas sanciones aprobadas por la ONU en virtud del acuerdo nuclear de 2015 (del que Trump se retiró). Si Estados Unidos y sus aliados europeos no restablecen las sanciones de la ONU antes de esa fecha, es posible que nunca puedan volver a aplicarlas; China y Rusia probablemente vetarán cualquier restricción futura, que debe pasar por el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero si Occidente opta por reimponer estas restricciones, Irán ha advertido de que abandonará el Tratado de No Proliferación Nuclear– lo que sería un precursor muy público de la construcción de un arma–, algo que precipitaría una crisis internacional de gran envergadura. Washington y sus aliados, por tanto, quieren un nuevo acuerdo antes de decidirse.

Para crear un nuevo acuerdo, Irán y Estados Unidos deberían retomarlo donde lo dejaron en Viena en agosto de 2022: la última vez que ambos países mantuvieron conversaciones nucleares. A pesar de los combates en Gaza, sus objetivos siguen siendo los mismos. Estados Unidos quiere limitar la cantidad y la pureza del uranio que Irán puede enriquecer –ampliando así el tiempo que Teherán necesita para producir suficiente material fisible para fabricar un arma nuclear– y garantizar que el programa nuclear iraní esté sujeto a una rigurosa supervisión internacional. Irán, por su parte, sigue necesitando el alivio de las paralizantes sanciones económicas.

Pero, a diferencia de lo que ocurrió en 2022, Estados Unidos debería coordinar estrechamente sus conversaciones nucleares con los propios esfuerzos de Arabia Saudí para reducir las tensiones con Irán. Al fin y al cabo, ambos asuntos están relacionados. El éxito en las conversaciones nucleares que reduzcan las tensiones entre Irán y Estados Unidos ayudará a que las conversaciones saudíes logren lo mismo con Irán; el éxito en las conversaciones entre Riad y Teherán, mientras, dará a Irán más razones para confiar en un acuerdo nuclear con Estados Unidos, sobre todo si esas conversaciones son alentadas por Washington. Y Estados Unidos tendrá que asegurarse de que cualquier acuerdo nuclear que alcance con Arabia Saudí contenga límites y restricciones que se asemejen al acuerdo que logre con Irán. De lo contrario, los dos Estados podrían entrar en una espiral de escalada, ya que el Estado al que se le concedan capacidades nucleares inferiores se esforzará por alcanzarlas.

Ponerse al día

A corto plazo, la estrategia de Washington en Oriente Próximo debe centrarse en poner fin a la guerra en Gaza y encontrar una vía hacia la estabilidad regional. Pero a largo plazo, Estados Unidos debe mirar más allá de Irán y los palestinos. Su política hacia Oriente Próximo debe lidiar también con Pekín, el principal competidor internacional de Washington.

La presencia económica de China en Oriente Próximo ha crecido notablemente en la última década. El país depende en gran medida del Golfo para sus suministros energéticos, y lo ha utilizado como puerta de entrada para sus redes de comercio e inversión crecientes en África. A su vez, China ha ofrecido a Arabia Saudí y EAU acceso a conocimientos –por ejemplo, sobre las tecnologías en las que se basa la energía verde– que no pueden adquirir en Occidente, lo que puede contribuir a impulsar el desarrollo en el Golfo. China también ha hecho importantes inversiones financieras directas en el Golfo, especialmente en Arabia Saudí. Bajo la presidencia de Xi Jinping, esta relación comercial se ha integrado en la iniciativa china de la Franja y la Ruta. Xi ha hecho del fomento de estas relaciones parte de su respuesta a los esfuerzos de Washington por constreñir a Pekín.

Estados Unidos ha tomado nota de la creciente relación de China con los países de Oriente Próximo. Prestó especial atención cuando Xi ayudó a mediar en el acercamiento entre Irán y Arabia Saudí. Washington cree que China quiere utilizar su influencia económica en Oriente Próximo para convertirse en una potencia política y de seguridad en la región. El tratado de defensa entre Estados Unidos y Arabia Saudí es una respuesta: una forma de detener la deriva de Riad hacia la órbita china. Los planes de Washington de crear un corredor comercial a través de Oriente Próximo también pretenden socavar la estrategia de Pekín. Dicho corredor beneficiaría económicamente a la región, pero su objetivo principal es contrarrestar la iniciativa de la Franja y la Ruta al anclar el futuro económico de la región a India y Europa. El corredor también vincularía a EAU y Arabia Saudí con Israel e integraría la economía de Israel en la de Oriente Próximo.

Pekín ha respondido con cautela a las propuestas de Washington. Cuando Estados Unidos habló de crear un corredor económico India-Oriente Próximo-Europa, China reaccionó diciendo que acogería con satisfacción el corredor siempre que no se convirtiera en una “herramienta geopolítica”, que es, por supuesto, exactamente lo que Estados Unidos pretende que sea. Dividiría Oriente Próximo entre los que forman parte del corredor económico y los que no: un sistema excluyente que va en contra de la visión regional de China. Y Pekín sabe que el impulso de la Administración Biden a la normalización israelí-saudí es un intento de igualar el éxito de China con los iraníes y los saudíes. China aún no está en condiciones de frustrar los planes de Estados Unidos, pero no hay indicios de que vaya a frenar su compromiso económico con la región. En el actual vacío geopolítico, ese compromiso seguirá ampliándose y profundizándose.

Arabia Saudí no quiere elegir entre China y Estados Unidos. Pero, al igual que Israel y los territorios palestinos, Riad puede seguir aceptando los planes de Washington porque reforzarían sus ambiciones de gran potencia al fortalecer su posición regional y ampliar su influencia económica. Estos planes también mejorarían las economías de otros Estados regionales. En consecuencia, los países árabes que, de otro modo, serían hostiles a un Oriente Próximo centrado en Arabia Saudí podrían aceptar las propuestas de Estados Unidos. Si lo hacen, el resultado sería una mayor estabilidad tanto dentro de los países de Oriente Próximo como entre ellos.

Pero para aumentar la probabilidad de que todos los Estados acepten el orden propuesto, Estados Unidos tendrá que hacer algo más que asegurar que su sistema proporciona una prosperidad generalizada. Estados Unidos debe suscribir también una visión de la seguridad en Oriente Próximo que no divida la región en bandos, sino que dé cabida a todos los actores. Esto requiere que Estados Unidos permita que los países del corredor económico que planea se unan también a otros acuerdos económicos. También requiere un gran acuerdo para promover la seguridad de Israel, de otros Estados árabes e incluso de Irán. Esta seguridad puede ofrecerse, en parte, mediante un nuevo acuerdo nuclear y un acuerdo regional entre Irán y Arabia Saudí. Pero Estados Unidos debería considerar la posibilidad de establecer pactos regionales más allá del que concluya con Arabia Saudí. Estos pactos podrían ampliar las garantías de seguridad estadounidenses a otros Estados, pero también deben ir acompañados de restricciones y líneas rojas. Washington no puede limitarse a seguir suministrando armas a sus aliados regionales, como hacía antes del 7 de octubre. En lugar de promover la estabilidad, esta política fomentó una carrera armamentística regional y la guerra.

Construir la paz

Haga lo que haga Washington, habrá resistencia a su visión de Oriente Próximo. Irán seguirá siendo hostil a Israel y a Estados Unidos. A los vecinos de Arabia Saudí en el Golfo nunca les agradará el dominio del reino. Israel y Turquía también calcularán lo que significa para Arabia Saudí amasar tanto poder y lo que el compromiso de Estados Unidos con los saudíes significa para sus intereses. Reaccionarán en consecuencia, y probablemente de formas que Washington no puede anticipar.

Pero, aunque todos estos países quieren más poder, lo que más desean es preservar la estabilidad de sus regímenes. Quieren apoyar una visión que ponga fin a los conflictos locales, fomente el crecimiento económico y reduzca la presión interna. Si un pacto entre Estados Unidos y Arabia Saudí lo consigue, acabarán aceptándolo.

Sin embargo, para que este acuerdo funcione, Estados Unidos tendrá que convencer a Israel de que deje de aplicar lo que muchos consideran un castigo colectivo a los civiles palestinos. Washington debe abordar la difícil situación de los palestinos de forma más amplia, en lugar de ignorar su causa, y ayudar a crear una vía creíble hacia un futuro Estado palestino. Washington debe hacer frente al desafío que supone Irán con la congelación de su programa nuclear y la limitación de su red de satélites regionales, tanto mediante la disuasión como adoptando medidas para reducir las tensiones. Y Estados Unidos debe crear un corredor comercial que ayude a cultivar las economías de Oriente Próximo. Solo entonces la región será estable y solo entonces Washington se verá libre de sus actuales responsabilidades.

Maria Fantappie es directora del Programa Mediterráneo, Oriente Próximo y África del Istituto Affari Internazionali de Roma. Vali Nasr es profesor de Asuntos Internacionales en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins.

Vali Reza Nasr  es un académico y autor iraní-estadounidense , especializado en Oriente Medio y el mundo islámico.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado