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Rafael del Naranco: Piedra negra sobre piedra blanca

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Desdoblo unos añejos papeles arañados por el paso del tiempo y allí está, escrito en letra menuda, un pequeño esbozo hecho ya hoy  remembranza diluida de una existencia lejana hasta para uno mismo.

En nuestro ir y venir por las trochas de la subsistencia, estuve en París en muchas ocasiones, y cuando apenas contaba veinte años, viví una corta temporada en una rancia  casa con un patio interior, en el Barrio Latino. Era el tiempo en que la vida  salía al encuentro de uno pretérita de ilusiones. Era joven, y eso lo esclarece en parte.

Por esa senda acudía, cerca de la Bastilla, a visitar a un anciano exiliado español, con el cual, una vez alejado de Francia, y ya en Caracas, mantuve una extraña correspondencia  hasta su muerte de gripe, catarro o frío, pues alzó el vuelo rasante de sus vivencias  un diciembre crudo al encuentro de los abrojos en flor.

Aquel hombre, libertario hasta el tuétano, anarquista por convicción, tenía dos cualidades humanas sublimes: generoso hasta el sacrificio y una vocación innata por implantar a los demás sus ideas. Con nosotros no llegó muy lejos, creo, pero lo poco que sé de literatura  salió de sus enseñanzas. Conocí, por ejemplo, la vida parisina de César Vallejo; por él y de sus labios escuché toda la obra literaria del autor de “Los heraldos negros”. Precisamente en “Piedra negra sobre piedra blanca”, se encuentra el epitafio del poeta peruano sobre la ciudad de sus angustias:

“Me moriré en París con aguacero, /  un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París, tal vez un jueves, / como es hoy, de otoño”.

Todo el que vaya a esa ciudad, aún una sola vez, no  la olvidará  jamás. Podrán existir otras metrópolis, pero ninguna comparable en lo espiritual y lo afectivo a esa urbe matizada de su propia luz.  Lo dijo  Nerval:

“No hay nada tan bello como la Gran Colina cuando el sol ilumina su tierra de rojo con vetas de yeso (…) surcada por barrancos y senderos”.

Es por eso que todo corazón perceptivo, libre y generoso, ama a París. Es más: ella se hace querer como ninguna otra.

Posiblemente a finales de diciembre acuda – si tercia –  una vez más al reencuentro de ese amor esquivo, como lo hace un muchacho con su primera querencia. Quizás nos suceda lo mismo que a Miguel de Unamuno.

El escritor vasco vivió en un hotelito de la Plaza Vendôme cuando contaba  25 años. Regresó treinta años después, pero nada era lo mismo. ¿Nos sucederá a nosotros?

Como en otras ocasiones – y el lector consecuente lo debe recordar, pues de ello he hablado en otros momentos –  llevaré de compañero el libro “El peatón de París” de León-Paul Fargue, ahora más  roto y amarillo por el tiempo que nunca.

Hace años no abro sus páginas, en algunas hay anotaciones escritas a mano, frases, lugares o simples notas sobre la ciudad. Si cierro los ojos, me contemplo igual a entonces, cada mañana en el café del barrio, ya a esa hora repleto de estudiantes de la cercana Sorbona, tomando chocolate y leyendo a Fargue.

Presumiblemente para algunos o tal vez ya para nosotros, París, la que nos agrada y nos llena, esté en nuestro recuerdo. A los veinte años uno se asombra de todo; a los sesenta, la curiosidad se hace sedentaria y se aprecia más el cimbrear de un cuerpo de muchacha joven que un cuadro de Monet.

Ahora acaso sea distinto: habiendo cruzado el Rubicón de la vida, el regreso a la cadencia juvenil de las ensoñaciones se hace imposible.

Por esa razón la ciudad será otra, y uno también.

rnaranco@hotmail.com

 

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