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Rafael Fauquié: Aprendizajes del final del camino

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Autobiografía: palabra que habla desde la vida de quien recuerda y propone, junto a su memoria, una indagación comprensiva de sí mismo. La autobiografía no intenta dignificar al autobiografiado. Éste se esfuerza, principalmente, por compartir hallazgos, por convertir las palabras en directo y personal testimonio.

Mariano Picón Salas cultivó con maestría el género autobiográfico y su libro Regreso de tres mundos es un perfecto ejemplo de ello. Su propósito es claro: comunicar una sabiduría que reúna íntimas interpretaciones de la propia vida, entenderse a sí mismo en medio del tiempo común de los hombres.

En un lejano primer libro Buscando el camino, publicado en 1920, Picón Salas había descrito su intención de acompañar la marcha de sus días con un “cuaderno de viajero” en el cual volcar reflexiones y creencias. Alguna vez me he referido a esa imagen de la escritura compañera de nuestra cotidianidad definiéndola de “escritura del camino” relacionada con muy diversas expresiones: pensamientos,  memorias, testimonios, diarios… Espacio donde la comprensión se acompaña de la incertidumbre; mezcla de revelaciones y desentrañamientos, dibujo de imágenes surgidas de la curiosidad tanto como de la lucidez; interminable argumentación de una conciencia que nunca calla.

La escritura del camino discurre por sobre los más variados temas. Convierte intuiciones, descubrimientos y desconciertos en argumento. Sigue un ritmo que le es propio, quizá el ritmo mismo de la vida donde las cosas manan sin cesar, capaces de desbordar cualquier cauce, fluctuando, moviéndose, llenando espacios, girando por sobre todas las superficies, siempre tanteando, siempre explorando… La levedad y la armonía son sus aspiraciones fundamentales; relacionadas, por cierto, al ideal de todo caminante: liberarse del exceso de peso, aligerar la carga que pueda verse forzado a llevar.

Escritura del camino: palabra nómada, voz de tientos, verbalidad errante en busca de respuestas y referencias, indagación incesante; escritura intuitiva y adánica, testimonio de propósitos y esfuerzos sostenidos por la voluntad de nombrar siempre desde las propias vivencias.

Una de las grandes paradojas de la existencia es que en ella las cosas comienzan a entenderse realmente cuando ya se acerca su final. Precisamente, ése es el sentido de “Añorantes moradas”, el capítulo final de Regreso…: compartir con los lectores lo que el propio Picón Salas, hacia el fin de sus días (morirá dos años después de haber escrito estas páginas), recuerda como algunas de las principales enseñanzas de vida. Allí hace afirmaciones como éstas: “Pretendí pedir a mi trabajo intelectual mucho más que un artificio: una norma para ser más avisado, más tolerante y más libre” Y más adelante: “Vivir es hacer de nuestra existencia algo tan propio e intransferible que tenga nuestra firma”… Conclusiones que desembocan en un mismo anhelo: haber dado lo mejor de sí mismo en la honesta realización de esfuerzos y la convicción de haber actuado siempre honestamente.

Con Regreso... Picón Salas actúa como un verdadero maestro encargado de transmitir saberes relacionados con la conquista de una ética y una estética de la existencia. Una vida moralmente construida -dice- será una vida bellamente vivida. Lo bueno y lo bello se asemejan. Existe y existirá siempre belleza en la verdad, en la honestidad, en la pasión justa, en la perseverancia, en el idealismo… Existe verdad y existe belleza en el conocimiento que nos permite ser y nos permite crecer al hacer. Hay belleza y hay moral en toda labor realizada como expresión de personal plenitud.

 

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