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Alfredo Monsalve López: La universidad como norte

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A propósito de la finalización del año escolar y posterior graduación de bachilleres, se escuchan algunos comentarios como los siguientes: “Al fin mi muchacho(a) llegará a la universidad”. “Gracias a Dios que pronto será un profesional”. “Ahora todo depende de él”. “Ya hicimos lo que teníamos que hacer”. “¡Aleluya!, tendremos a un universitario más en la familia!”.  En el mes de julio, estos y otros comentarios se oyen a menudo en cualquier rincón de Venezuela. Incluso, del pueblo más apartado de las ciudades cosmopolitas, es motivo de algarabía. Se festeja y hasta se hacen sancochos y parrilladas porque nuestro muchacho o muchacha, logró su meta: llegar a la universidad.

En lo personal, me regocija y me satisface, porque he estado y experimentado el proceso académico. Las felicitaciones y los halagos rondan por doquier. No hay motivo para la tristeza. No señor. “Aquí se acabó el pan de piquito”, como decía mi padre Andrés Monsalve. Ahora le corresponde el turno al Estado venezolano ofrecerle, darle la oportunidad en el Aula Mater para que el bachiller cumpla con su país una vez graduado de Ingeniero, Abogado, Médico, Administrador, entre otras profesiones necesarias para que la nación crezca y se desarrolle. La universidad es para eso: para formar profesionales en cualquier área del saber científico. Así de sencillo.

Hago esta breve introducción porque recientemente observé una cantidad considerable de bachilleres que han egresado de las diferentes unidades educativas y liceos, tanto del sector oficial como del sector privado. Jóvenes cuya edad promedio se encuentra entre 16 y 17 años. Es decir, “en plena flor de la vida”. Edad en la cual existe un potencial de conocimiento, de fortaleza, de creatividad, de sueños y de mucha voluntad. Lo que nos queda ahora, como formadores universitarios, es “pulir esa piedra”, para que brille e irradie la esperanza que ellos tienen: de graduarse como profesionales universitarios. Y la tarea no es fácil. Viene el sacrificio. El esfuerzo debe ser la constante para poder llegar a la meta. Como un atleta profesional. No hay otra alternativa. Lo contrario, conduciría al fracaso. A la frustración. A la desesperanza. Y la idea es involucrarnos en el sistema para que éste sea funcional y puedan los estudiantes que van a ingresar a las diferentes universidades, lograr su objetivo.

A propósito del tema, me comentaba un amigo profesor universitario, que el acceso a las universidades, hoy por hoy no es cuesta arriba. Continuaba el colega: lo que ocurre es que algunos estudiantes bachilleres no están bien preparados académicamente para el ingreso a la universidad, muchos han tomado los estudios con poco interés; y por tanto, no rinden lo que exigen algunos docentes universitarios en materias como álgebra, Cálculo, Análisis matemático, Química, Estadística, entre otras asignaturas universitarias. Por ello es que todos no alcanzan la meta y se dedican a cursar carreras cortas en los Tecnológicos e Institutos Universitarios, es decir, los llamados TSU. Que de hecho, en un gran porcentaje, egresan bien preparados al mercado de trabajo. No obstante, el sueño de la mayoría de los bachilleres y de sus padres, es que cursen estudios en una Universidad nacional y sean excelentes profesionales. Muchos desearían que se prepararan en alguna universidad extranjera, pero los recursos económicos les impiden este anhelo. Porque si hablamos de costos, la educación superior universitaria lo exige. De allí que el estudiante tiene que rendir al máximo. Dejar de lado el desgano, la apatía y debe, de todas, todas, dedicarse a sus estudios universitarios. Ese es el norte.

alfredo_monsalve@latinmail.com

 

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