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Rafael Fauquié: Humanas formas de legitimación

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En su discurso de agradecimiento, titulado “Sin ataduras, libre para pensar”, Joseph Brodsky (Premio Nobel 1987), comienza por definirse como una “persona particular que toda su vida ha preferido esta particularidad a cualquier rol social”. Brodsky identifica su libre particularidad con creación poética. La poesía -dice- estará siempre del lado de la vida. La creatividad está naturalmente llamada a contradecir la inhumanidad de poderes colocados muy por encima del hombre. La voluntad creadora es humana natural potestad y aceptarlo significa  definir de inhumano a todo cuanto la cercene.

Muy cercanas a las razones de Brodsky, el escritor Gao Xingjian, (Premio Nobel 2000) se refiere en su discurso de agradecimiento al arte en general, y a la escritura literaria en particular, como genuinas expresiones de la libertad de individuos que hablan siempre desde sí mismos y nunca en nombre de una raza, una ideología, una bandera o una religión. En un momento determinado, Xingjian hace referencia a eso que él llama “literatura fría”: obra realizada por la más sencilla y digna de las razones: porque nos satisface hacerla, porque hacerla nos llena, porque le encontramos un sentido a ese esfuerzo realizado sin otra recompensa que nuestra propia satisfacción. Y eso es suficiente. Debería ser suficiente.

En el discurso del escritor inglés -a pesar su nombre absolutamente japonés- Kazuo Ishiguro (Premio Nobel 2017) leemos: “Es difícil arreglar el mundo, pero pensemos al menos en cómo podemos mejorar nuestro pequeño rincón, el rincón de la ‘literatura’… debemos ampliar nuestro mundo literario para incorporar muchas más voces …”  Varias cosas me interesa destacar de estas breves palabras: cada escritor, cada pensador empeñado en nombrar el mundo “desde su pequeño rincón” puede intervenir favorablemente en la realidad junto al efecto que la humanidad de sus palabras logre tener sobre sus interlocutores.

Una humanidad a la que apela Albert Camus (Premio Nobel del año 1957) en su discurso de agradecimiento. Allí se refiere una y otra vez al tema de la solidaridad; un sentimiento que establece, por ejemplo, lo absurdo de sobreestimar absolutamente la ciencia y la técnica por sobre la espiritualidad humana; que cuestiona memorias históricas limitadas a interminables itinerarios de guerra, muerte y destrucción; que distingue en algunas ideologías la verdad de todas las respuestas… En sus palabras, Camus señala la manera cómo su arte, su escritura, ha sido para él un puente de comunicación con el mundo, una manera de saberse parte del universo humano. Desde sí mismo, desde su conciencia, se ha sentido siempre obligado -dice- a tomar partido en favor no de “quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”.

Para Camus, dos son las razones del arte: una, la verdad; la libertad, la otra. Colocarse al servicio de ambas le otorga todo su sentido al propósito creador del artista. Éste se sabe obligado a buscar una razón de humanidad para su esfuerzo. En su caso personal -dice- escribir significará siempre escoger. Por ejemplo escoger apostar por la esperanza en el destino del ser humano y su conquista de la felicidad; escoger condenar todo fanatismo, todo totalitarismo, todo exacerbado nacionalismo… En cuanto a la verdad, ella -dice Camus- es y será siempre “huidiza”, pero resulta imposible renunciar a decirla en beneficio -y son las bellas y solidarias palabras con que concluye su discurso- “de todos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir”.

 

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