La vaca, ese manso ser casi místico, pasea su figura elevada por las páginas de la biología con la fuerza de un minotauro escapado del Olimpo o pastando en los campos del Edén.
A profundo fundamento, millones de hindúes en la lejana India veneran a ese mamífero, mientras el resto de la humanidad se lo come y aprovecha hasta las pezuñas, eso sí, sin dejar de sentir un apego suelto, pues al final, es un animal linajudo y bueno, para dejarlo pacer en paz, mirarle esos ojillos tiernos, y emocionarnos ante la sólida paciencia que posee el animal en un mundo caótico, en donde la prisa nos corroe las bisagras del alma y la propia saliva.
Entre todos los animales, los bovinos son de casta casi humana, y nos han ayudado, en el atragantar de la subsistencia, a sobrellevar la pesada carga de la vida desde el principio de los tiempos.
Si tuviera aprisco o campo de margaritas, alelíes y hierba húmeda y fresca, solicitaría al gobierno de la revolución, tan poco preocupado por la naturaleza, el cuidado de la vaca para esperar un día, como Simón Díaz por el alto Apure, la llegada, antes de la lluvias inundando los pastizales, de un “terné”, una vaquilla de piel suave, mirada penetrante y apacible para que me acompañara en la amarga soledad del vivir.
No son palabras al viento de la cuartilla escrita al alba de esta mañana de mayo, es un sentimiento afectivo innegable y espontáneo que mora dentro de nosotros mismos.
Es exponer con luminiscencia sincera: todos en la inmensa sabana – del niño al abuelo – recuerdan sobre las amanecidas el entusiasmo del ordeño, el olor penetrante de la leche fresca lograda de las urbes, y la mirada transparente de la ternera asustadiza, al existir siempre en ellas un fragmento de cielo protector en sus pupilas, que nos arropan la propia alma.
En nuestra tierra asturiana, el autor inmenso de “La Regenta”, en sus admirados cuentos, recomendaría leer ¡Adiós, Cordera! , con unos personajes inolvidables: Rosa, Pinín y la vaca Cordera.
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