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Rodolfo Izaguirre: El viento, la silla y el palacio

 

Cuando el viento soplaba fuerte y remecía árboles y sacudía ventanas se decía en la Caracas de mi lejana infancia que era un viento que entraba por Petare. También por Petare avanzaban las tempestades y el niño que yo era acariciaba el deseo de vivir allí para ver de cerca la furia del viento y el rencor de las tempestades. Las personas mayores repetían que yo era un niño tonto porque daba por sentado que Portugal era un país lleno de loros porque escuchaba: ¡trúa trúa lorito real, que vas con tus alas para Portugal! Recibía palmetazos porque deletreaba la palabra piña y canturreaba: pe i pí;  eñe a ñá: ¡pipiñaña!

Creía que los vientos eran aires que se molestaban por algo que no alcanzaba a discernir, pero al menos llevaba parte de razón porque el viento es aire violento. Se equivocan los que afirman que primero fue el verbo. También algunos amantes de Terpsícore sostienen que en los inicios del tiempo el hombre movió el cuerpo antes que el verbo. Lo mas seguro es que primero fue el aire, la respiración.

Al aire, es decir, al viento se le acusa de ser inestable, veleidoso e inconstante, pero somos muchos los que asociamos al aire con el aliento, con el espíritu. Se llegó, incluso, a equiparar al viento con los mensajeros de Dios y cuando Jehová liberó a Daniel de sus enemigos se dijo que “cabalgó sobre un querubín y voló sobre las alas del viento”.

Es cierto que el viento se irrita, se arremolina cuando algo lo lastima o lo humilla. Entonces se vuelve violento, muestra su carácter activo y se convierte en ciclón o huracán y convoca la furia de los otros elementos: al agua para que en lugar de fertilizar y ofrecer frutos provoque desmadres e inundaciones; al fuego para que anime y acreciente los desastres a pesar de la ferocidad de los aguaceros que azotan la tierra, que también se convulsiona asombrada  por los estropicios.

Entonces aparecen los epítetos: borrascoso, tempestuoso, furioso, ruidoso. Y se le compara con el ser humano: hoy, bondadoso, y afectuoso como el aire fresco de la primavera, pero mañana estrépito cruel que causa estragos.

Los antiguos griegos consideraban como presencias rebeldes y malhumoradas a los vientos comandados por Eolo, Dios de los Vientos. El problema es que hubo tres Eolos. El primero tuvo una hija llamada Cánace, que mantuvo relaciones con su hermano Macareo. El padre, horrorizado, le envió una espada para que se suicidara. Lo hizo, pero Macareo también se suicidó y arrojó a los perros el hijo incestuoso.

El segundo era hijo de Poseidón, tuvo un hermano gemelo y su vida fue difícil. El tercer Eolo era piadoso y amable, Señor de los Vientos porque Zeus le dio poder para controlarlos y los gobernaba a su antojo. Le dio a Odiseo una bolsa que contenía todos los vientos, pero la tripulación, creyendo que contenía oro la abrió y los vientos, considerados cada uno como un Dios, provocaron una espantosa tormenta.

En la Biblia, Jeremías habla de cuatro vientos que Jehová estrellará contra Elám desde los cuatro puntos del cielo y en el devastado reino pondrá su silla y destruirá al rey y al príncipe de aquel lugar.

Igual ocurre con el país venezolano que durante un tiempo conoce y disfruta el apacible aire democrático que mueve suavemente las ramas de los árboles como si las acariciara. “Para sostenernos, sonríe Rafael Cadenas, en este viento del existir puro”. Pero ese viento que muestra un aspecto dócil y afectuoso cambia de manera inusitada y asume un carácter terco, tozudo, violento y rencoroso: un viento acostumbrado a vociferar órdenes militares o recibirlas con infeliz desventura y arremete iracundo contra quienes desafían al usurpador del trono.

Y hay otro viento que avanza hacia el palacio de gobierno metiendo ruido, reiterando consignas de protesta o cantando himnos de rebeldía, pero el tirano se apresura a cerrar las puertas y ventanas del palacio y el viento solo golpea las hojas de los ventanales sin poder entrar en los pasillos y salones para arrasar con todo lo que allí encuentre: el autoritarismo, el cálculo y la perversidad, la ineficacia administrativa, la crueldad, el desapego a cualquier intento humanitario. Y por algunas rendijas de las ventanas o de las puertas lo que logra penetrar en el palacio de gobierno es un hilo de aire que apenas puede emitir murmullos inaudibles que los servidores del sátrapa se apresuran a sacudir con paños que llevan escrito el lema que sostiene que: “¡El honor es tu divisa!”.

¡El viento que avanza no ha logrado destruir al tirano ¡ni instalar su silla en el palacio de gobierno!

Otras veces soplan vientos que se alzan en países vecinos o distantes dispuestos a unirse al que sopla cada vez con menos fuerza contra el déspota, pero es lo único que hacen: rugir, amenazar, sancionar, sin lograr destrozar las ventanas y convertir en astillas el mobiliario del palacio. El viento de la solidaridad que trató con buena intención de enfrentar la tiranía con las armas de una suave brisa humanitaria fracasó en su intento y se replegó derrotado en un rincón del olvido como un perro apaleado y callejero.

La tiranía cabalga sobre el viento que corre, esto es, se mantiene atenta a su propio interés y conveniencia y hay quienes se le oponen con dureza, pero de la noche a la mañana, apenas muere el sol en el atardecer y antes de renacer en la aurora que despierta a los japoneses del Japón, saltan el viento, es decir, los que hasta entonces adversaban al déspota cambian de acera y cruzan la calle para caminar por donde transita a su aire la tiranía que todo lo envenena.

Pero a mis noventa años continúo siendo el niño tonto de la Caracas provinciana que me vio nacer. Seguirán los loros volando hacia Portugal mientras trato de aprender y deletrear mi idioma, pero ¡algún día aparecerá un aire molesto y conoceré la gloria! ¡Instalaré mi silla en el palacio de gobierno y disfrutaré el viento del existir puro!

 

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