Marina Ayala: Piensa pero de forma bella

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La importancia de los gustos radica, no solo en una valla publicitaria, sino en las formas de organizarnos y valorar nuestro mundo. Una persona con buen gusto trata con respeto a los demás, cuida a los seres indefensos, valora la vida y la reviste de colores y bellas formas. Su casa es acogedora y su mesa invita a la amistad. Se esfuerza en agradar a los otros con bellas imágenes. El diseño y los acabados trasmiten un mensaje, es una semiótica, un leguaje de aspiraciones, valores y principios. En lugares bellos y limpios los seres humanos se suelen comportar de forma refinada, haciendo homenaje a un entorno que no se quiere enturbiar. Aquel que sale con su odio a destrozar formas bellas, obras de arte admiradas, durante siglos, por una humanidad extasiada, es considerado un salvaje. Lo bello por lo tanto es de fundamental importancia en una vida civilizada y armoniosa.

Lo bello es placentero, lo feo hiere, maltrata produce desagrado. Si bien la moda es un elemento que marca tendencias al gusto como sucede con la imagen corporal y las vestimentas, no se reduce lo bello a la moda. Hay figuras que son y serán bellas mientras existan seres humanos que las contemplen. Estas formas se cuidan y conforman bienes que atesora la humanidad. Así mismo debería cuidarse el espectáculo que nos ofrece esta sociedad del “todo se vale”. Aunque tampoco todo se vale mucho menos todo es bello. No, hay imágenes muy feas, que quizás por lo exagerado de su feura puedan producir cierto éxtasis en el observador. “Es tan feo que no pude quitarle los ojos de encima” podemos admitirlo, pero no digan que es bello por el solo hecho de derrumbar prejuicios o de pronunciarse en contra de todo los instituido o porque trasgrede cualquier tipo de valor vigente.

El gusto es originado en un sentimiento y la emoción no se impone, se siente o no según las sensibilidades individuales. Se trata de una experiencia eminentemente subjetiva y sin embargo no es absolutamente privada, eleva una pretensión de consenso en torno a ese objeto o imagen que se juzga como bella. La pretensión de Hume de elaborar una norma del gusto y del sentimiento que lo origina para poder hablar de un juicio verdadero no fue posible. Al igual que la ética, la estética no puede ser fundamentada ontológicamente. Tal norma no es posible de establecer. Pero sabemos que tampoco el gusto depende exclusivamente de las costumbres y de la educación. Los objetos poseen determinadas cualidades que por su naturaleza serían apropiadas para producir sentimientos particulares. De esa misma forma hay objetos que poseen cualidades muy específicas para producir repulsión, horror, vergüenza, desagrado. Pero que ahora se entiende (equivocadamente) que tales juicios provienen de prejuicios, discriminaciones, fobias y desprecios. En fin para ser considerado un ser “abierto” debe manifestar un gusto sin gusto.

 

El que algo me guste, según Kant, no tiene intencionalidad pero constituye una necesidad que Rousseau expone en su teoría política. Necesario para Rousseau y al mismo tiempo armonioso es la renuncia de las individualidades para poder conformar al ciudadano. Libres como miembros de un cuerpo político que contemple, al mismo tiempo, las formas bellas del cuido al  ciudadano. Pensadores que consideraron la dimensión estética como indispensable en el camino a la perfección. Las personas que saben lo que les gusta y lo que no, que poseen un gusto preciso suelen ser también personas con un sólido entendimiento. Personas que distinguen la vulgaridad, que no siguen a rebaños de imposiciones prejuiciosas, que no se dejan seducir por bombardeos propagandísticos de cosas o de ideas, son las personas que irán marcando pautas en el mundo que está por definirse.

Fundamental la razón, pensar para conferir sentido a las experiencias y poder argumentar, para expandir el mundo perceptivo, para fantasear, crear y soñar pero debe ir adornado con formas bellas. Con esa forma bella que expresa la emoción cuando se puede y se sabe transmitir con elegancia y deja expuesta con delicadeza un pedazo de esa intimidad que se resguarda. Razón y belleza deben ser inseparables de esa comunidad que denominamos humana.

 

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