Jesús Alberto Castillo: Los intelectuales y la problemática social

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“El conocimiento para los griegos se obtiene mediante la contemplación; para los modernos, mediante la acción. Y ambas doctrinas conducen a extremos perniciosos: la cultura libresca, la deshumanización de la técnica. El hombre concreto es la unidad del espíritu contemplativo y ejecutivo. La nueva comunidad ha de levantarse sobre esa base”. (Ernesto Sábato, escritor  y científico argentino)

Los intelectuales son percibidos de varias maneras. Hay quienes los admiran porque están dotados de una mente brillante para visualizar e interpretar la realidad emergente. “Son genios y talentosos para ayudarnos a salir adelante”. Otros, lo tildan de seres que viven en la “estratósfera”, es decir, no pisan tierra. Piensan de manera abstracta y se muestran distantes de la gente común. Su falta de concreción les dificulta ser habilidosos en la praxis cotidiana. “Sólo sirven para pensar y asesorar”. Más allá de estas apreciaciones, los intelectuales forman una élite. Nos guste o no, se distinguen porque tienen un elevado coeficiente intelectual, cualidad que les permite abrazar con pasión las letras y la ciencia.

Sin embargo, observamos que muchos de ellos, salvo sobradas excepciones, son esquivos para ocupar cargos públicos. Eso es un grave error, desde nuestra humilde postura. La política debe nutrirse de hombres y mujeres talentosos que pueden aportar mucho en el complejo entramado de la gerencia pública. Por supuesto, es fundamental que tengan ética y sensibilidad social. Ellos también padecen los problemas diarios de la gente común y corriente. Son individuos de carne y hueso, no seres mitológicos ni extraterrestres, como muchos creen. Por eso, insistimos que deben involucrarse con ahínco a la problemática social y ¿por qué no? a asumir posiciones políticas y cargos públicos. La sociedad global y compleja así lo amerita.

Cobra pertinencia el pensamiento sabatiano que sirvió de epígrafe a este artículo. Creemos que la reflexión debe traducirse en la acción. El intelectual no puede permanecer pasivo ante una serie de hechos que atenten contra la paz social, la democracia y la propia existencia de la humanidad. Debe alzar su voz contra los sátrapas y demagogos de oficio. Ha de servir para alumbrar a esa inmensa población que aún sigue viviendo en tinieblas y es presa inocente de regímenes totalitarios. El intelectual no debe servir para legitimar a los poderosos, como ha ocurrido en algunos periodos de la historia. Ha de aflorar sus ideas, plasmar su pluma, alzar su verbo y emprender su acción para producir los cambios necesarios en la sociedad.

En el prólogo de “Gerencia para el desarrollo humano” Ricardo Gil Otaiza, Coordinador del Programa Posdoctoral homónimo de la Universidad de Los Andes (ULA), advierte que “independientemente de cómo interpretemos esa concreción o esa realidad (tal vez en edificios, monumentos, poesía, patentes, artículos, libros, coliseos, conferencias, etcétera), el mundo de lo real-cognoscente nos interpela día a día en su cruel batalla con la razón, a bajar la abstracción y la contemplación al terreno de los referentes fácticos, a cortar esos hilos sutiles (que llamamos metafísicos) de los que muchas veces penden los sueños, para hacerlos evidencias de nuestro despertar en el ahora”. Palabras oportunas de este académico venezolano, justo cuando el país demanda de sus intelectuales mayor compromiso no sólo en interpretar, sino  involucrarse en la problemática social.

Otro pensador como Henry Giroux, figura de la Pedagogía Crítica, plantea que los profesores –incluimos a los intelectuales- deben aprovechar su entendimiento para convertirse en individuos transformadores de la sociedad. Es la ilustración de la metamorfosis que intentó plasmar Franz Kafka a través de sus obras literarias. Hoy vivimos en un mundo lleno de complicaciones, de dolores por todos lados. En una sociedad inmersa en la degradación moral, la pobreza de millones de personas, la adulación y la mediocridad. Somos víctimas  de los tentáculos de grupos políticos y económicos que se entrelazan con carteles de la droga y el terrorismo para llevar a la humanidad a un verdadero caos.

Es la sociedad de la pandemia. En palabras sutiles de Anthony Giddens “es un mundo pletórico de cambios, marcado por profundos conflictos, tensiones y divisiones sociales, así como por la terrorífica posibilidad de una guerra nuclear y por los destructivos ataques de la tecnología moderna al entorno natural”. Es “la otra peste” de la que nos advirtió Alber Camus en su homónima obra. Los intelectuales tienen que ponerse los zapatos para recorrer calles, palpitar de cerca los gritos desesperados de los descamisados. Acompañarlos en sus luchas y abrir caminos hacia el despertar de la conciencia colectiva. Es una empresa atractiva, donde la sociedad es el mismo espejo de nuestras vivencias.

La nueva intelectualidad debe descansar en eso que Quentin Skinner denominó la “metodología contextualista”, donde el sujeto se encuentra inmerso en un mundo de posibilidades intelectuales inciertas. Un individuo pensante e investigador que ofrezca herramientas para buscar soluciones a los problemas políticos de su época. No un individuo refugiado en el aula de clase, los libros o el laboratorio. Un sujeto que exprese sus ideas públicamente sin temores, se haga partícipe de un giro lingüístico hacia situaciones concretas – parafraseando a Ludwing Wittgenstein-, pero, particularmente que tenga pasión por los asuntos públicos, tal como ocurría en la Polis Griega. De esas experiencias históricas se inspiró Miranda, Bolívar y Simón Rodríguez, quienes más le temieron a la ignorancia de la gente que a la fuerza de las armas. Por eso fueron defensores de la educación como instrumento para construir la república.

Hoy, cuando avanzamos a una complejidad de la vida humana, los intelectuales tienen que salir de esa parálisis paradigmática –algunos prefieren llamarla dogma- y dar pasos firmes hacia una responsabilidad ciudadana. La problemática social los llama a convertirse en heraldos del conocimiento para que puedan sacar a muchos de la oscuridad. Pues, ninguna actividad por muy práctica que sea, debe dejar lado el funcionamiento de la mente. Ese es un problema medular para enfrentar los problemas sociales. La política, concebida como un asunto serio que afecta a millones de personas, requiere de talento humano. Es posible, entonces, percatarnos que de algo debe valer el conocimiento en el tortuoso e incomprensible foro público.

 

Traducción »

Sobre María Corina Machado