El sábado fui al Tolón para ver Pecadores, por segunda vez. La sala estaba llena de espectadores jóvenes, centennials de no más de 25 años, algunos acompañados, otros solos. Los mismos que TikTok suele satanizar porque ensucian una sala durante el estreno de Minecraft, al seguir la tendencia del “chicken jokey”.
Creo que hay mucho de exageración y de incomprensión hacia los chicos y sus costumbres. En efecto, solo noté adolescentes conectados a su celular, de forma discreta y con la luz baja.
De pronto surgieron algunas conversaciones furtivas y poco más. Pero nada para alarmarse. De verdad sorprendió la educación del público en la sala y la capacidad de regulación que sigue generando el cine en ciertos contextos.
He visto más incivilidad y falta de respeto en audiencias supuestamente curtidas, en salas de mentados entendidos y conocedores, quienes no paran de hablar y llamar la atención, antes y después de una función.
De suerte que he sufrido más en preestrenos y proyecciones de pretensiones artísticas en Caracas, que en mi función de Pecadores con jóvenes y entusiastas del séptimo arte.
Se dice que la experiencia del cine está muerta, que los chamos no aguantan una película, etcétera.
Hay mucha falsedad en tales sofismas y condenas de trasnochado, de nostálgico del arte perdido.
Depende del contexto, la película, la programación, la cultura del espacio.
Si la cadena no promueve buenas formas y prácticas, tomando correctivos, pues la película se consumirá con dificultad e interrupción, haciendo que la gente deje de comprar el boleto.
De Pecadores aportar algunas consideraciones. Se trata de una cinta de autor, de un Ryan Coogler enfebrecido e inspirado, uno que no le teme a mezclar sabores y texturas de su cultura de pantera negra.
Así que la película puede competir con Tarantino y hacer que palidezca su talento, su Django Desencadenado, sus Bastardos sin Gloria.
Tarantino saqueó, como blanco, el arte del cine blaxploitation. No lo digo yo, lo afirma él en su nuevo libro. De modo que Ryan Coogler ajusta cuentas con su pasado, recuperando unas propiedades que le pertenecen a su legado de descendiente de esclavos liberados y disruptivos.
Por algo la película es un canto y celebración de las esencias étnicas y raciales que produjeron desde el blues hasta el hip hop, en un bricolaje que vampiriza a la música, el ritual y el cine como formas de resistencia cultural ante el resurgimiento de nuevas olas de racismo y supremacismo blanco.
Por tanto, es un logro que la película sea vista en todo el mundo, que tenga éxito y que los chicos en Caracas la disfruten con fruición, con felicidad, sin pensar que es una amenaza o una campaña del progresismo para alienarlos.
Es una buena película de una cultura como cualquier otra, una historia sobre pecados originales y redenciones a través de la música, del arte, del cine concebido con brío, con pasión y desparpajo.
Por eso uno le acepta el juego al director y se embriaga con sus formas exóticas y desmesuradas, con su rock y su montaje, su fotografía y diseño sexy, su estilo radical y políticamente incorrecto.
Suerte para ella en el Oscar y que más jóvenes la sigan descubriendo como cuando vimos Pulp Fiction en Caracas, de forma increíble en un acto de liberación y aceptación del cine posmoderno, el mismo que ahora vuelve de la mano de Ryan Coogler.

