Ocean Ramsey nada con tiburones blancos, para estudiarlos. Por eso le dedicaron el documental La encantadora de tiburones por Netflix, con la dirección de James Reed, ganador del Oscar por Mi maestro el pulpo.
Los dos unen creatividad y talento para hacer uno de los filmes del año en la plataforma de streaming, un largometraje no solo en las antípodas de Jaws, a cincuenta años de su estreno, sino posiblemente una de las principales refutaciones o revisiones del filme de Spielberg en la historia del cine.
En la superficie, Ocean Ramsey puede reunir todas las cartas para ser considerada una mala influencer del mercado de la atención, una de aquellas que explota el riesgo y el peligro en beneficio de su marca personal, de su storytelling publicitario.
En efecto, parte del largometraje se concentra en discutir la narrativa de Ocean Ramsey, contrastándola con el relato de la comunidad científica y de sus críticos más argumentados, quienes cuestionan sus métodos, alcances y formas, al considerarlas más un show para las cámaras que un aporte científico.
En tal sentido, el documental es equilibrado porque permite conocer versiones encontradas, bien distintas al perfil de la protagonista, algo poco habitual en las incursiones actuales del género, más abocadas a vender a un personaje heroico y exitoso para las redes. La falta de contrapunto provoca el hundimiento de la credibilidad de muchos proyectos del género.
La encantadora de tiburones deja que las imágenes cuenten y que los espectadores sean jueces de la interacción surreal entre ella y grandes blancos que danzan en el fondo del mar.
Al respecto, la película supone una reflexión sobre temas como la superación de la depresión, que están en lo profundo de un cine contemporáneo de buceadores que analizó Olivier Mongin en El miedo al vacío, hablando de una subjetividad posmoderna que busca en el deporte extremo una manera de encontrar un sentido a la existencia, fuera de las convenciones del mundo.
Por igual, Ocean Ramsey va demostrando, con su coreografía intimidante, que los mecanismos del terror hacia los salvajes suponen una construcción discursiva, una que alimenta a la bestia de la intolerancia, al monstruo que avivó Jaws para justificar la matanza global de tiburones.
Considero que la película de Jaws no debe ser ahora cancelada por ello, ni mucho menos.
La cinta sigue siendo una obra maestra del suspenso y del terror, una ficción que proyecta las fobias de una era, una metáfora de la guerra fría, según estudiosos.
Por tanto, aquí disiento de la posición de Ocean Ramsey, no soy tan maniqueo como ella en la valoración de la película de Jaws.
Pero entiendo perfectamente su opinión, en el sentido de cómo el cine ha modelado una cultura de demonización de los tiburones, que ella busca desmontar y desactivar con sus buenas acciones, para generar cambios en la sociedad, que se hagan ley.
Por tal motivo, su cruzada pasó de las redes a los tribunales de Hawai, cuando pudo aprobar una ley que prohíbe la caza indiscriminada de tiburones en la isla de las olas de Estados Unidos, siendo ejemplo para el planeta.
Ocean se ha ganado así el respeto de sus opositores y haters, más con hechos que con promesas.
Visualmente el documental se transforma en un fuerte candidato para los premios de la Academia.
Tiene la consistencia estética de un filme de Werner Herzog como Grizlly Men, donde un hombre fue devorado por un oso pardo al creerse un encantador de especies salvajes.
Por supuesto, que la visión de Herzog es más radical y pesimista, también la de un autor boomer.
Ocean Ramsey cambia la perspectiva por la de una mujer del milenio, que desea proponer una idea poderosa de transformación, de activismo ecológico, sin renunciar a ser bella, encantadora y atractiva para las cámaras, casi una tiburona mediática en sus propios términos, de vida y muerte, consciente de su hallazgo y del peligro que corre en el mar.
A su lado, consigue un aliado en un camarógrafo marino que aprende a empatizar y a comprender a los tiburones más atemorizantes.
Los identifican y los humanizan, poniéndoles nombres, de pronto un error para los cánones académicos. Sin embargo, desarrollan un trabajo de campo admirable, uno de absoluto rigor como documentalistas marinos, de gran aporte, como de Jacques Cousteau.
Como recuerdo de la crudeza de la realidad, que no es un cuento de hadas, el documental expone el testimonio de un surfista, cuya pierna fue devorada por un tiburón.
La película hace un análisis de su contexto, de su caso, de su posibilidad, de su accidente y repercusión.
No obstante, La encantadora de tiburones expone que se trata de un hecho más aislado de lo que parece, que los tiburones atacan por acto reflejo y que no tienen a los seres humanos en su dieta diaria.
Descubrimos la majestuosidad del gran tiburón blanco, al explorar, al alimentarse, al nadar solo o en manada, respondiendo a su naturaleza que apenas conocemos.
Dice la doctora en Astrofísica Eva Villavar que destruimos y atacamos lo que no conocemos.
Por eso, ella afirma que el cine es un instrumento científico de gran valor.
Nos enseña que, en el pasado, en El viaje a la Luna de George Meliès, lo primero que hace un hombre al ver un alien es aniquilarlo a paraguazos.
Desde entonces y antes, la visión etnocéntrica proyecta prejuicios sobre los distintos y diferentes, para luego proceder a las matanzas selectivas, a los genocidios.
Nuestra relación con los monstruos, es así de maniquea y falsa, a menudo.
Hoy los venezolanos somos pintados como caricaturas de zombies y salvajes desesperados que cruzamos las fronteras para destruir las ciudades y aterrorizar a un país.
Pero todo es una exageración monstruosa, una muy perversa que sustenta un relato político, para desviar la atención, hacer negocios de reclusión, diseñar a un chivo expiatorio y deportarlo masivamente, hasta en campos de concentración.
Todo esto no es nuevo, es un programa que se probó y fracasó en el siglo XX.
Se hizo con los japoneses después de la segunda guerra, con los musulmanes tras el once de septiembre, y con las maras salvatruchas en el milenio.
¿Resultados? Fotos y miles de reportajes sensacionalistas que amplificaron una monstruosidad de plástico.
Las detenciones no aportaron una inteligencia sólida, tampoco pudo contener el desbordamiento de fronteras.
Hoy nos toca a los venezolanos ser los monstruos de ayer, de otrora, ser los tiburones insaciables que queremos depredar, ser los aliens salvajes que invadimos y desequilibramos la paz, luego de votar y revitalizar zonas como el Doral, de aportar en cultura, academia y economía para estados como la Florida. Algo que he vivido de cerca y que no me van a contar medios interesados.
Por ende, celebro que existan documentales como La encantadora de tiburones que enseñan a derribar barreras y prejuicios instalados para segregar, desde el odio.
Parece diferente pero no les.
Véanlo y encuentren ustedes las semejanzas.

