Gracias a la generosidad de un amigo que me facilitó el libro en su versión impresa, acabo de terminar de leer El loco de Dios en el fin del mundo, del escritor español Javier Cercas, “libro único”, una “novela sin ficción” dedicada al papa Francisco. Resultó además oportuno su lanzamiento editorial, pues coincidió con la muerte del papa Francisco, inédita oportunidad para la reflexión sobre su vida, su obra y especialmente su legado. Valgan pues estas impresiones muy personales sobre la obra y su impacto en mi causado de su rauda lectura. Sí, rauda, pues Cercas es un escritor que describiría como pluridimensional, dada la capacidad nada frecuente de envolver el relato en múltiples facetas bajo una sola corriente, pues me imagino un río caudaloso con claro cometido de su meta de desembocar en el mar.
Pienso que el libro de Cercas puede leerse de una forma digamos no contestataria, aséptica, aunque lo más interesante es la lectura que procede de la actitud de cada persona ante el hecho religioso. Esa segunda lectura es la que ofrezco, así como el autor ofreció la suya con entereza y claridad. Me explico: nací en el seno de una familia católica y mi educación fue católica dado mis estudios en un colegio católico regentado por los hermanos de La Salle. No obstante, no fue mi vida de una catolicidad fuerte, pues desde muy joven surgió en mi persona una pasión por la lectura que me abrió las puertas a influyentes escuelas y autores, algunos obviamente agnósticos, otros decididamente ateos. Lo que sí predominantemente conservé, a veces débil pero cada vez más fuerte, fue la espiritualidad, la visión trascendente de la vida, lo opuesto a la inmanencia que niega a Dios o sencillamente se desatiende de él. Mi visión trascendente de la vida, es decir, el reconocimiento de otra vida, una vida de plenitud espiritual que se manifiesta después de lo que llamaría “esta vida terrenal”, y que Eurípides supo recoger en la frase (no certifico que sea textual) donde se pregunta si lo que verdaderamente llamamos vida no es la cotidiana a cada quien, sino la que comienza después de la “muerte”.

He aprendido a admirar al papa Francisco, y soy de los que considero que dejará huella profunda en la Iglesia, y no solo por el “aggiornamento” de sus instituciones, de lo cual destacaría la crítica al “clericalismo” y la apertura a la nueva visión de la “sinodalidad”, donde el pueblo de Dios asume un rol protagónico en sus decisiones, como en la apertura al diálogo y la comunión de objetivos, con profundo respeto a otras formas de acercarse a lo divino, con otros credos religiosos, unidos todos por la trascendencia espiritual en torno a nuestro Creador.
El papa Francisco ha abordado además en sus encíclicas sociales temas de palpitante actualidad, como lo son el tema ecológico, que unifica la naturaleza humana en la defensa y protección de la obra conjunta de la Creación, así como la fraternidad humana, ínsita en nuestra dignidad, que nos impele a impulsar una nueva civilización, signada por el amor y la solidaridad, y donde el Papa Francisco dio testimonio en su defensa sin esguinces de los emigrados, refugiados y minorías perseguidas que tocan las puertas del primer mundo en angustioso llamado por la elemental sobrevivencia y logro de un mejor destino.
Recomiendo pues , y por muchas razones que van más allá de estos comentarios, el libro de Cercas, un libro de esos que se abren a muchos caminos, estimulantes cualquiera que se asuma, pues tocan preguntas fundamentales que tarde o temprano nos tocará como seres humanos contestar.

