pancarta sol scaled

Rafael Sanabria Martínez: La amnistía desde siempre en la historia de Venezuela

Compartir

 

​La amnistía no es un fenómeno coyuntural en la trayectoria política de Venezuela; es, en rigor, un mecanismo estructural que ha moldeado nuestra identidad republicana. Desde la génesis del Estado en el siglo XIX, el país ha recurrido al olvido legal como una herramienta de gobernabilidad frente a crisis de legitimidad o fracturas civiles. Este recurso ha operado como una suspensión excepcional de la norma para intentar resolver, mediante el arbitrio legislativo, tensiones que las instituciones no lograron procesar por las vías ordinarias. Sin embargo, surge una duda académica fundamental: ¿Es la amnistía un instrumento de verdadera paz o el mecanismo que institucionaliza nuestra recurrente fragilidad ante el imperio de la ley?

​Durante el siglo XIX, el país vivió un ciclo de caudillismo donde las amnistías eran pactos pragmáticos para frenar la guerra perpetua. En ese escenario de pugnas donde la victoria solía ser efímera, cobra un sentido punzante la premisa de Cecilio Acosta: “Quien en política no olvida, no vence”. Esta máxima resume una visión que ha dominado el pensamiento nacional, sugiriendo que la memoria de la ofensa es un lastre para la estabilidad. No obstante, este pragmatismo obliga a reflexionar: ¿Hasta qué punto el “vencer” a través del olvido ha despojado a la sociedad de su capacidad de aprendizaje histórico, incentivando la reincidencia en la ruptura del orden constitucional?

​En el siglo XX, la transición de 1958 y la posterior pacificación de las insurgencias en las décadas de los 60 y 70 utilizaron la amnistía como un puente hacia la convivencia civil. Si bien estos hitos permitieron periodos de estabilidad política, lo hicieron a menudo a costa de la memoria institucional y la reparación. Más adelante, el sobreseimiento de los actores de las insurrecciones de 1992, otorgado en 1994, demostró que la amnistía puede actuar como un catalizador de transformaciones sistémicas imprevistas que alteran la teleología de la nación. Ante estos giros, cabe preguntarse:

¿Puede una nación construir un futuro sólido si sus cimientos están hechos de silencios legislados y no de consensos de justicia?

​Hoy, el impacto de la amnistía en la sociedad venezolana enfrenta el rigor del Derecho Internacional contemporáneo, que establece límites infranqueables al perdón en casos de vulneraciones sistemáticas a la integridad humana.

Esta tensión entre la necesidad política de distensión y el imperativo ético de la verdad define el gran dilema contemporáneo.

Para que la amnistía sea un motor de progreso real y no un mero paréntesis en la conflictividad, debe evolucionar de ser un acuerdo de cúpulas hacia un proceso de justicia transicional que no ignore el derecho inalienable de la sociedad a conocer su propia historia.

Al analizar este trayecto histórico, quedan interrogantes que exigen una mirada que trascienda la polarización:

​¿Es posible alcanzar una reconciliación auténtica cuando la justicia se sacrifica en favor de la estabilidad política inmediata?

​¿En qué medida el uso histórico de la amnistía ha impedido que el ciudadano desarrolle una cultura de responsabilidad civil y penal frente al Estado?

​¿Estamos preparados para transitar de una historia de olvidos decretados a una historia de verdades asumidas con sus consecuencias legales?

​En última instancia, la amnistía en Venezuela no debe ser entendida como un punto final, sino como un síntoma de nuestra dificultad para procesar el conflicto bajo el rigor de la justicia. Mientras el olvido sea la única divisa para la paz, la estabilidad será siempre un préstamo con intereses de impunidad. Una nación que recurre sistemáticamente a la amnistía para sobrevivir corre el riesgo de convertir su historia en un palimpsesto donde las leyes se escriben y borran, pero las causas del conflicto permanecen intactas.

La verdadera superación de la crisis no reside en la capacidad de olvidar, sino en la fortaleza institucional de recordar, juzgar y reparar, transformando así el perdón de un acto de conveniencia política en un hito de madurez civilizatoria.

 

Traducción »