La falta de inteligencia, dijo alguna vez Platón, es la peor de las enfermedades. Carecer de inteligencia: desconocer nuestro lugar en el mundo, ignorar los sentidos de nuestro presente, incapacidad de ser nuestra propia compañía… La inteligencia nos lleva a conocernos, a comprometernos, a tratar de responder algunas de las interminables preguntas que la vida suscita. Respondemos a esas preguntas a nuestra manera, y somos responsables de nuestras respuestas.
Quizá no existan problemas existenciales nuevos que resolver. Los que nos mueven y conmueven hoy afectaron a muchos seres antes que a nosotros y lo seguirán haciendo en el futuro. Lo que sin duda ha cambiado es la manera de aceptar el protagonismo de nuestra conciencia, su papel en la libertad de nuestro comportamiento y nuestra experiencia moldeándola.
Hace dos mil cuatrocientos años, una de las grandes mentes de la humanidad, Aristóteles, se propuso responder una de las perpetuas interrogantes de los hombres: ¿cuál es el sentido de la existencia humana? ¿A qué hemos venido a este mundo? Vinimos a ser felices –se respondió-, a vivir de la manera más plena y más satisfactoria. Compañera de este respuesta no podría ser sino esta nueva pregunta: ¿en qué consiste la felicidad?
Cada ser humano está obligado a descubrir la felicidad por sí mismo, a vislumbrarla en medio de los laberintos de su conciencia. Lo que hace feliz a unos pudiera resultar incomprensible para otros. Nada más absurdo, nada más inútil o, incluso, dañino que toda noción de felicidad impuesta por Estados, gobiernos, religiones o ideologías. Cualquier diseño de una felicidad decidida por poderes externos a la individualidad humana ha estado y estará siempre condenada al más grotesco de los fracasos.
En su discurso, al ser laureado con el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus dijo estas palabras: “Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir. ”
Libertad, pues, para reconocer ciertos “breves y libres momentos de felicidad (con) la esperanza de volverlos a vivir”. La experiencia de vivir desentrañada en el más sencillo aprendizaje y el más puro de los propósitos: atesorar esos momentos que nos acercaron a la felicidad.
Felicidad: la asociamos con plenitud, con armonía, con equilibrio. Aristóteles la relacionó sobre todo con virtud y la vinculó, además, con Razón y madurez. No existe felicidad real para quien no ha vivido lo suficiente, tampoco ella es posible en medio de la irracionalidad o la absoluta simpleza de carácter. La más veraz imagen de felicidad la proporcionan ciertos momentos sueltos, instantes únicos destinados a desaparecer, no sin antes dejar una huella en el recuerdo; también logran reconocerla quienes distinguen en la suma de su tiempo transcurrido muchos más momentos buenos que malos.
Aristóteles asoció la felicidad con el cumplimiento de eso que amamos hacer. “La felicidad –dice- es lo más hermoso y lo más agradable, y estas cosas nunca podrían estar separadas unas de otras, como lo leemos en la inscripción del templo de Delos: ‘lo más agradable es lograr lo que uno ama”.

