Mar de Fondo.
Altos funcionarios con acceso directo a las deliberaciones del gobierno del presidente Donald Trump han confirmado que los objetivos iniciales de un eventual ataque contra el régimen narcoterrorista de Nicolás Maduro en Venezuela están claramente definidos.
Se trata de instalaciones vinculadas al narcotráfico, centros de producción y almacenamiento utilizados por los cárteles que llevan años enviando cocaína a través del territorio venezolano, bajo el amparo de la cúpula del poder.
No se trata de rumores ni de análisis de escritorio.
Las agencias de inteligencia estadounidenses han suministrado al Pentágono información precisa, coordenadas verificadas, patrones de actividad y mapas operativos sobre los puntos donde se procesan, resguardan y distribuyen cargamentos millonarios de cocaína que financian al Cartel de los Soles y sostienen al régimen que oprime a Venezuela.
En lenguaje militar, esto significa una sola cosa, los blancos ya están marcados.
Y detrás de esa decisión hay una verdad que durante años intentaron ocultar, que Venezuela se convirtió en un corredor criminal, un santuario del narcotráfico, un territorio donde la soberanía fue secuestrada por mafias.
Hoy, ese andamiaje amenaza la seguridad hemisférica, y Estados Unidos ha decidido que ya no puede ignorarlo.
Para millones de venezolanos, esta noticia despierta emociones de total apoyo según recientes encuestas.
La gente quiere que ocurra pronto porque sienten que, por fin, el mundo reconoce la magnitud del daño causado por la dictadura chavista.
Y alivio porque cada instalación señalada, cada ruta detectada, cada centro criminal expuesto, es un paso más hacia el fin de la pesadilla.
Lo que viene puede ser decisivo.
Lo que está por caer, es lo que por años destruyó al país.
Venezuela está al borde de un punto de quiebre histórico. Y esta vez, el mundo no mirará hacia otro lado.

