Los acontecimientos que giraron en torno a la Segunda Guerra Mundial, con todas sus traiciones, claudicaciones, estrategias violentas y auge de los totalitarismos, fueron un golpe durísimo a las concepciones democráticas, racionales y pacíficas.
Los efectos sobre la vida política resultaron tan demoledores como los que causaron en la conciencia moral y política de los intelectuales.
Aquella fue una época en la que muchas personas pasaron una de las etapas más sombrías de sus vidas y no fueron pocos los intelectuales que tradujeron su pesimismo en obras relevantes en las que desnudaron los peligros del autoritarismo y de la conformación de sociedades encaminadas hacia las antípodas del humanismo y la democracia.
Ensayos de anti-utopía
Entre los pesimistas de aquel período histórico se encontraban autores que escribieron obras singulares sobre la anti-utopía, entre los que destacaron algunas de las principales obras de Wells, la increíble anti-utopía de “Un mundo feliz” de Aldous Husley, y las dos grandes novelas de Arthur Blair, a quienes todos conocemos por su pseudónimo (Orwell), la primigenia “Rebelión en la granja”, escrita en 1945, en la que desarrolla una dura crítica a las dictaduras (todas las dictaduras) y al estalinismo; y, sobre todo, su obra maestra “1984” (escrita entre 1947 y 1948).
Muchas personas de mi generación leímos tales obras en el contexto de una dictadura tan asfixiante como fue la franquista, durante los difíciles años 50 y Ni Orwell lo imaginó primeros 60. De ahí que sus efectos tuvieran un carácter reduplicado para muchos de nosotros.
En “1984” se presenta la imagen horrenda de un tipo de sociedad “futura”, construida sobre la estela de lo que fueron las dictaduras fascistas y comunistas, en la que el mundo y el sentido de lo humano quedaban desconstruidos en un orden de dominación y de intoxicación mental y propaganda alienante. Un “orden” trastocado en el que el “Ministerio de la Paz” organizaba las guerras, el Ministerio del Amor impartía crueles penas y castigos, el Ministerio de la Verdad se dedicaba a intoxicar y a engañar a la opinión pública, etc. Un “orden” en el que todo giraba en torno al poder omnímodo del “Gran Hermano”, y en el que el Partido en el poder tenía como lema “Guerra es Paz”, “Libertad es Esclavitud” o “Ignorancia es Fuerza”.
Un mundo orwelliano en tiempos de Trump
La influencia de “1984” fue tal que pronto se impusieron en los círculos políticos los conceptos de “mundo orwelliano”, “lenguajes orwellianos”, “propaganda orwelliana” y “sociedades orwellianas”, como expresiones que connotaban exageraciones tan desmesuradas como las que Orwell había reflejado en su novela.
De ahí, el horror que todo eso producía en muchas personas de mi generación como hipótesis plausibles de un futuro acrítico, y olvidadizo del daño que causaron las dictaduras que llevaron a la Segunda Guerra Mundial. Algo que ha estado presente en nuestras vidas, en nuestros compromisos políticos y en buena parte de nuestra producción intelectual.
Lo que nunca imaginamos muchas personas de nuestra generación, y de otras posteriores, es que el horror orwelliano, con todas sus “inversiones” morales y conceptuales, podría hacerse presente en las sociedades actuales de la mano de un demagogo autócrata y sin escrúpulos que hubiera (ha) ascendido a la cumbre de un sistema político con tantos valores y cosas positivas, como ha sido (¿ha sido?) el de los Estados Unidos de América.
Aunque es posible –y de temer– que la historia de la Segunda Presidencia de Donald Trump nos sorprenda con capítulos y hechos más horribles aún, de momento lo que estamos viendo está dejando rezagada la propia imaginación de los grandes distópicos de mediados del siglo XX. Y, como ha resaltado el propio Trump: “esto no ha hecho más que empezar”. Incluso después de haber dinamitado, ya, las ayudas para combatir el hambre y las epidemias internacionales, de despedir a decenas de miles de funcionarios públicos, de acabar con las prestaciones médicas gratuitas (para los que no tienen recursos), de clausurar el Ministerio de Educación, etc.
Trump se encuentra empeñado en una involución distópica de los valores de la sociedad americana, intentando convertirse en una especie de Gran Hermano y nuevo amo del mundo, que suprime las políticas sociales, enarbola un poderío militar egocéntrico, castiga y premia a su gusto y arremete contra los principios y criterios de legalidad, igualdad de género, de educación, de respeto a la ley, a los derechos humanos, etc. ¿Alguien podía imaginar a alguien tan “malo”? En realidad, ni la fértil imaginación de autores como Orwell fue capaz de imaginar hechos y comportamientos como los que ahora estamos viendo en televisión casi todos los días.
La “escena” de la “bronca en el Despacho Oval” (podría ser el título de una película) ha dejado “impresas” unas imágenes “orwellianas” terribles para la posteridad. Al igual que lo que vino después, como remache. Imágenes que, en algunos aspectos, recordaban las de la famosa “tradición de Munich” de los años treinta del siglo XX, que han recreado algunas películas recientes que aún podemos –y debemos– ver en nuestros aparatos de televisión 1.
Amén de lo inaudito de los gritos, de los gestos despectivos y acusatorios con el dedo índice señalando, lo inaudito –y estrictamente orwelliano– es que al Presidente de un país que ha sido invadido por un ejército de “ocupación”, se le acuse de “no dejarse invadir”, “de no ceder y firmar la paz” con la potencia invasora, y de poder ser el causante –por ello– nada menos que de la Tercera Guerra Mundial. ¡Ellos, precisamente!
La expresión del rostro del Presidente de Ucrania era de alguien que no podía creerse lo que estaba viviendo, cuando había acudido al Despacho Oval precisamente a rendir pleitesía al que pretende ejercer como el nuevo “amo del mundo”, y a ceder en lo que tuvieran de valor los recursos minerales de Ucrania.
La presentación del “invadido” y de las “víctimas” como culpables y verdugos ya lo hicieron los nazis durante su ciclo de dominación. Los “judíos” eran los culpables de todo, los habitantes de una parte de Checoslovaquia –la zona de los Sudetes– tenían que pasar a formar parte de la Nueva Alemania de Hitler, al igual que los austriacos y otros pueblos fronterizos. Y todo eso lo proclamó y vociferó Hitler en la reunión en la que se fraguó lo que se conoció como la “traición de Munich”. Reunión de la que el premier británico Chamberlain y el presidente francés Daladier salieron tan contentos, pensando que habían evitado la Segunda Guerra Mundial (lo que ahora Trump pretende endosar al pobre Zelenski por no bajar la cabeza y pedir perdón por estar siendo invadido).
La historia demostró que personajes como Chamberlain y Daladier fueron los que realmente hicieron factible –inevitable– la Segunda Guerra Mundial, porque renunciaron a poner coto a los impulsos expansivos e invasores de Hitler y su camarilla nazi que, visto lo visto, inmediatamente se pusieron a repartirse Polonia con Stalin, y luego todo lo demás.
Respecto a lo que ahora está ventilándose internacionalmente, conviene recordar cómo el Ejército de Stalin se dedicó a “rusificar” la parte del territorio polaco que se anexionaron con las matanzas de los bosques de Katin, en las que fueron asesinados (tiroteados) y enterrados en fosas comunes miles de oficiales del ejército polaco, numerosos mandos de la policía y de la administración pública polaca, sacerdotes, empresarios, profesores, artistas e intelectuales, en un intento macabro de acabar sistemáticamente con las élites polacas. Lo cual supuso una masacre de más de 22.000 personas.
Inclinar la cabeza o…
Después del bochornoso y “orwelliano” espectáculo del despacho oval, lo más sorprendente es que Trump se presentara a continuación como el que estaba enfadado y ofendido por el Presidente de Ucrania, que se había ido de allí directamente a coger el avión de vuelta a su país, sin firmar los documentos de cesión de sus recursos minerales y energéticos. Y, por eso, añadió al oprobio moral causado la retirada de toda ayuda militar a Ucrania, incluidos los misiles, las municiones y las informaciones sin las que el ejército ucraniano quedaría inmediatamente indefenso y paralizado.
¿Fue capaz el propio Orwell de imaginar tamaña inversión falsificadora de las normas y criterios morales y políticos?
El problema es que en estos primeros envites Trump puede salirse con la suya, como Hitler en la Conferencia Internacional de Munich de septiembre de 1938, y en el consiguiente acuerdo de 5 de octubre de cesión de los Sudetes, después de unas reuniones y acuerdos que se hicieron también sin la presencia de los propios Checoslovacos. Algo de lo que tanto se quejó, entonces y ulteriormente, el entonces Presidente de Checoslovaquia, Edvard Benes 2.
Tragedias y farsas
Lo peor que puede ocurrir con la repetición de los errores, tragedias e ignominias de la historia es que, a veces, como nos recordó Carlos Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, la primera vez tienen lugar y se proyectan en forma de tragedia, pero la segunda vez en ocasiones lo hacen en forma de farsa. Incluso como algo disparatado.
Por eso, cuando algunos vemos a un Trump vociferante y simplón parloteando sin freno en la Conferencia inaugural de su mandato, con las dos Cámaras de los Estados Unidos de América (Congreso y Senado) reunidas, no sabemos cómo reaccionar, ni qué pensar, ante tantos sinsentidos y afirmaciones inveraces. Algo que llevó a que varios senadores y congresistas demócratas enarbolaran unas pequeñas pancartas que decían: “FALSO” cada vez que Trump mentía. Lo que ocurría continuamente, sin descanso, en un acto inaudito en el que Trump llegó a decir que él estaba allí –también– para “combatir contra la tiranía de la igualdad de género” (sic). ¿La tiranía de la igualdad de género? Desde luego, ni los mayores retorcimientos del lenguaje que imaginó Orwell en su anti-utopía dictatorial fueron capaces de alcanzar tales extremos.
Y, es que ya se sabe, en cuestiones concernientes a nuestra especie humana, algunas realidades (generalmente las realidades más terribles) en ocasiones superan a la ficción.
1 Vid., por ejemplo, la impresionante Munich en vísperas de una guerra, película británica del director alemán Christian Schwochow (Director también de varios episodios de la serie The Crown).
2 No olvidemos su célebre libro Democracia hoy y mañana. Un libro que, por cierto, me regaló en su día Gregorio Peces-Barba y que me causó un impacto notable, ayudando al adolescente hipercrítico que yo era entonces a afianzar sus valores y convicciones democráticas.

