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Jesús Rondón Nucete: Venezuela en la fundación de la ONU (1945)

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Pocos venezolanos han tenido tanta proyección internacional como María Corina Machado cuando recibió el Premio Nobel de la Paz el pasado 11 de diciembre. La tuvo 80 años atrás el canciller Caracciolo Parra Pérez. Entonces, el 1 de mayo de 1945, cuando apenas comenzaban a correr las noticias del terrible final del duce italiano y del führer alemán, le tocó exponer ante la asamblea plenaria de la Conferencia de San Francisco la posición de su país sobre la organización que debería darse la comunidad internacional una vez finalizado el gran conflicto mundial. Su intervención, de enorme trascendencia, es casi desconocida entre nosotros.

Parra Pérez, ministro de Relaciones Exteriores desde el inicio del gobierno de Isaías Medina Angarita (1941-1945), antes asesor del presidente Eleazar López Contreras (1936-1941), era un jurista (y también historiador) de prestigio, reconocido ampliamente en América y Europa. Con larga experiencia diplomática y asistencia a las asambleas de la antigua Sociedad de las Naciones, fue presidente de una de las cuatro comisiones (el único no delegado de las grandes potencias) encargadas de elaborar en la Conferencia de San Francisco la Carta fundacional de las Naciones Unidas.  A la suya correspondió dar redacción definitiva al texto referido al sistema judicial (y Corte Internacional de Justicia) de la Organización. Sin embargo, no se limitó a esa tarea: durante toda la Conferencia promovió la creación de un organismo que permitiera la cooperación y el intercambio cultural entre las naciones. No se logró entonces, pero ese mismo año se convocó un congreso con tal propósito.

Caracciolo Parra Pérez nació en Mérida en 1888. Su abuelo (Caracciolo Parra Olmedo) era el rector de la universidad (llamado “heroico”, por asegurar su mantenimiento); su padre (Ramon Parra Picón) también lo sería. Murió en París, donde realizó gran labor, en 1964. Se formó entre libros y doctores. En la institución mencionada obtuvo el doctorado (derecho) en 1910. Entró luego (1913) en la carrera diplomática: París, Ginebra, Roma (ministro plenipotenciario, de 1927 a 1936), Londres, Madrid. Asistió (como representante de Venezuela) a las reuniones anuales de la Sociedad de las Naciones (1923 a 1939). Colaboró con el presidente Eleazar López Contreras en la formulación del “programa de febrero”. Como se dijo, fue luego ministro de Relaciones Exteriores del presidente Medina Angarita.  Embajador en Francia (1946-1948), fue representante ante la Unesco (1949-1959). Historiador notable de los primeros tiempos republicanos, perteneció a las Academias venezolanas de la Lengua y de la Historia y al Instituto de Francia.

Ya comenzada la guerra en Europa, Venezuela interrumpió las relaciones con el Reich Alemán y el Reino de Italia. Pero, aún desde antes dio refugió a judíos, como, asimismo, tras el triunfo de los nacionales (franquistas) en España, a republicanos (especialmente, nacionalistas catalanes y vacos). Aunque no participó en acciones militares prestó valiosísima colaboración a los Aliados, al suministrarles petróleo en forma permanente. Lo reconoció expresamente Jorge VI en carta al presidente venezolano. Y también en 1944 el presidente Franklin D. Roosevelt cuando recibió en Washington al presidente Medina en la visita que hiciera a Estados Unidos (la primera de un mandatario venezolano). Además, en 1945 se establecieron relaciones con la Unión Soviética. Sin embargo, su diplomacia no se limitó a aquellos aspectos. Fue muy activa en la región: el presidente Medina visitó en 1943 los países bolivarianos (el primero en hacerlo) y atendió en Caracas a varios mandatarios.

Venezuela adhirió pronto (1941) a la “Carta del Atlántico” (de F. D. Roosevelt y W. Churchill) que estableció los principios “… (para) lograr un mejor porvenir para la humanidad”, bases de la reorganización de la comunidad internacional. Y en 1944 recibió las “Propuestas de Dumbarton Oaks” formuladas por Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética sobre una nueva organización, permanente, encargada de garantizar la paz mediante el arreglo pacífico de las controversias y de reprimir cualquier agresión mediante la acción colectiva. Venezuela hizo conocer sus observaciones; e impulsó una reunión de cancilleres de la región para estudiar el documento. Se hizo en la Conferencia de Chapultepec (1945), que señaló la necesidad de incorporar la defensa de los derechos humanos como una acción de la nueva organización internacional. En fin, el 26 de junio de 1945 el canciller Parra Pérez firmó en San Francisco la Carta de las Naciones Unidas.

Caracciolo Parra Pérez comprendió muy temprano la conveniencia y aún la necesidad de la cooperación cultural entre los pueblos. Supo, desde su juventud en Mérida, cuando fue el animador del grupo “Génesis”, que la cultura acerca a los seres humanos y que las diferencias los enriquecen. Por entonces, precisamente, observó en su primera visita a París –no había cumplido 18 años– su diversidad.  Pero, antes, en marzo de 1905 aquel grupo de estudiantes había iniciado en la pequeña ciudad provinciana la publicación de una revista del mismo nombre.  Desafiaban la realidad y querían romper con el espíritu y las formas de su tiempo:  “entre el camino de la abyección y el servilismo y el de la rebeldía y la crítica” tomaban el segundo, anunciaron en el primer número. Procedían de distintos lugares de Venezuela, habían leído los nuevos autores y hablaban con inmigrantes europeos. Sin duda, hicieron historia.

 

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