No parece temer el grupo al mando en Venezuela una inminente intervención militar de Estados Unidos. El llamado a filas a milicianos sin preparación para un conflicto armado o los “desfiles folklóricos” de viejos vehículos de guerra en Caracas no impresionan a los comandantes de la flota norteamericana en el Caribe. Muestran las debilidades. Más que disuadir podrían animar al enemigo. Están dirigidos a atemorizar a los habitantes empobrecidos de un país asfixiado por matones armados. Porque estos no esperan una invasión desde el mar, sino una sublevación interna alentada ahora por la presencia cercana de la gran potencia.
Ilustración de Juan Diego Avendaño.
El ascenso al poder de Hugo Chávez fue el inicio de una catástrofe de grandes proporciones. Ha causado (con sus decisiones) más muertes que la Guerra de Independencia (1810-1824) y los mayores conflictos civiles: la Guerra Federal (1859-1863) y la Revolución Libertadora (1902-1903); y provocó la destrucción de algunos logros que había permitido la explotación del petróleo, como los sistemas de salud y educativo (con sus hospitales y escuelas), y la impresionante infraestructura construida para el desarrollo económico y social. Informes bien documentados de instituciones nacionales y extranjeras señalan que los índices actuales del país (en distintos aspectos) son similares a los de hace un poco más de 80 años (1943). Su sistema democrático, entonces en formación, animó transformaciones positivas en la región y su economía llegó a estar entre las cuatro primeras. Por eso, Venezuela atrajo inmigrantes de Europa, Medio Oriente y América y dio refugio a muchos perseguidos del mundo.
La mayoría de los venezolanos ha rechazado siempre el establecimiento de un sistema “socialista”, como los del llamado “socialismo real”. No era un buen modelo la Unión Soviética y no lo fue después Cuba. Aman la libertad (vinculada a la Independencia) y el progreso económico y social. Por eso, fue derrotada la “insurrección” que intentaron el Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria a comienzos de los años sesenta. Hugo Chávez ganó las elecciones de 1998 con la promesa de corregir los errores del régimen controlado por las “cúpulas” dirigentes de los viejos partidos. Negaba entonces (pues levantaba justificados temores su publicitada admiración por Fidel Castro) cualquier intención de imponer un sistema socialista. Mentía: en 2005 manifestó que ese era el propósito de su revolución. Y 2007 propuso una reforma constitucional en tal sentido que fue rechazada en referéndum en forma contundente por la mayoría de los ciudadanos.
Hugo Chávez destruyó el sistema democrático (de régimen presidencial reforzado) consagrado en la Constitución. Implantó un sistema autoritario y personalista, conforme a las tesis (“caudillo-ejército-pueblo”) de Norberto Ceresole. Más que cabeza de la rama ejecutiva, sujeto a normas y controles, era el “jefe” del poder, soberano con amplísimas facultades. Pretendía el apoyo popular por su carisma (responsable de la abolición del régimen anterior) y el populismo (reparto de la riqueza nacional). La estabilidad la garantizaba la fuerza armada, que compartía labores (y beneficios). Sin el carisma de su antecesor, el respaldo de los camaradas de la primera hora y los recursos del boom petrolero Nicolás Maduro sustituyó el autoritarismo por una dictadura, pura y dura: con él se asocian restos del partido chavista, burócratas que intercambian posiciones oficiales, altos mandos de la fuerza armada y sectores sobrevivientes del antiguo capitalismo predador. El mantenimiento del régimen lo aseguran el fraude y la represión.
El régimen chavista detesta la libertad, sobre todo la libertad de pensamiento. El propio “caudillo”, como no logró vencer la resistencia de los universitarios, creó instituciones dóciles de poca acreditación. Las asignaciones de las universidades autónomas se mantienen en los niveles de 2008 y los sueldos de sus profesores son los más bajos de la región. Por otro lado, como no pudo imponer la “hegemonía comunicacional” con los medios oficiales, se apoderó de los privados (mediante confiscaciones, eliminación de concesiones de radio y TV y el monopolio del papel, además de presiones y acciones diversas). La opinión pública rechazó, especialmente, los procesos emprendidos contra Radio Caracas TV (2007) y El Nacional (2021), los principales medios de Venezuela. Hoy apenas circulan 3 diarios nacionales impresos y han desaparecido muchos en las capitales estadales. Hasta abril-2025 habían cerrado 444 medios de comunicación (al menos 233 radioemisoras). En fin, 15 periodistas se encuentran detenidos.
El colapso económico que llevó al empobrecimiento de casi 90% de la población, dura más de una década. Comenzó antes de la muerte de Hugo Chávez ocurrida, casualmente, al momento de la baja de los precios petroleros (2013). En efecto, en 2008 y 2009 se produjo una caída del PIB. Los altos ingresos de comienzos de siglo, manejados por cuadros incapaces, no se aprovecharon para corregir deficiencias y sentar las bases del desarrollo sostenido, sino para aumentar el gasto corriente (sostén del populismo) y estatizar la producción (de todos los sectores). Aquella bonanza no impidió el aumento acelerado de la deuda pública; y fomentó la tolerancia frente a la corrupción (que desvió cientos de millardos de dólares). A partir de 2014 se produjo la debacle: el PIB cayó verticalmente, la inflación se disparó en porcentajes siderales, el bolívar perdió su valor, el salario mínimo se hizo “insignificante” (1 dólar en agosto-2025).
Los venezolanos sufren los problemas y lamentan las carencias provocadas por la crisis. Los resultados de una encuesta CATI de Meganálisis (“Verdad Venezuela”. Junio-2025) divulgados en X por la empresa reflejan la opinión al respecto. Veamos: 60,36% considera que la situación económica de su hogar es muy mala y 26,85% que es mala. En total, 87,21%. Esas cifras coinciden con las ofrecidas por investigadores o instituciones sociales. Además, aquellos porcentajes se acercan a los referidos a los de niveles de ingreso: 80,03% indicó que recibe ingresos mensuales inferiores a 200 dólares (el costo de la canasta básica en mayo-2025 era de 476,87 dólares); y apenas 3,45% que sus ingresos son superiores a 500 dólares mensuales. A la escasez de ingresos (de cualquier origen), se agregan las dificultades derivadas de la situación caótica de los servicios públicos (sobre todo de salud, educación y transporte) y de la destrucción de la infraestructura básica.
Parece que hemos llegado a una encrucijada de la historia. Curiosamente, ocurre entre nosotros cada tres o cuatro décadas tras ensayar algún modelo que agota su capacidad de enmienda o renovación. Estamos ahora ante uno de esos momentos. Los mandones de estos años no pueden ofrecer un cambio de planes. Tampoco deben esperar ayuda de sus aliados (con economías muy comprometidas). Y no cabe la posibilidad de la emigración. En todas partes se cierran –tal vez erróneamente– las fronteras a los extraños. Algunos miles han sido devueltos y muchos más han regresado por su cuenta. Exigirán crear centenares de miles de empleos reales (no bonos), mientras caerán las remesas (que en 2024 fueron alrededor de 4.500 millones de dólares, entre 6% y 8% del PIB). Por eso, el mantenimiento del régimen no es viable. Deben entenderlo los responsables (¡mientras haya tiempo!), porque la presión social terminará por levantar la bota que la asfixia.
A pesar de los daños causados por el régimen chavista a la nación, Venezuela dispone de recursos naturales y humanos suficientes para adelantar un proceso acelerado de recuperación. En momentos de reacomodo de las alianzas internacionales, muchos países se mostrarán interesados en participar. Se debe restaurar relaciones. Por lo pronto, el petróleo y otros materiales de alto valor estratégico pueden proporcionar los ingresos requeridos. Será necesario elaborar nuevos planes para las distintas áreas y en algunas poner en marcha programas de urgencia. Pero, se cuenta con la voluntad y capacidad de la gente. Cierto es que muchos jóvenes no regresarán (tal vez millones), pero lo harán otros bien preparados. En todo caso, conviene saber que, durante el asedio que han sufrido, nuestras universidades han continuado formando profesionales: en la ULA en agosto pasado 563 jóvenes recibieron títulos. Han sido miles cada año. Venezuela no es, pues, un Estado fallido.
Venezuela es un país oprimido y “exprimido”. Las libertades no se pueden ejercer. El pensamiento no se puede expresar. “El crimen de persecución fundado en motivos políticos continúa cometiéndose”, denuncia informe reciente de la Misión Internacional de la ONU que sigue la situación. Las riquezas del país son explotadas ilegalmente para enriquecer a unos pocos, en tanto la inmensa mayoría se hunde en la pobreza. El régimen impide el desarrollo de la economía. Pero, los venezolanos no se someten: mantienen con fuerza sus luchas por la democracia y la justicia. Como agua hirviendo, están a punto de estallar. Ocurrirá en cualquier momento.
X: @JesusRondonN

