En sus acostumbrados debates Fernando Savater, reconocido filósofo español, nos indica que el hombre se distingue de los animales no es por su racionalidad, tal como lo han inculcado en el modelo educativo tradicional, sino por su imaginación. “Yo creo que los animales son perfectamente racionales en su forma de comportarse. Buscan la comida, huyen del peligro, se escapan del fuego, tienen todos los elementos que se exigen a un comportamiento racional. Lo que no tienen es imaginación”, enfatiza una vez más el autor de “Ética para Amador” y otros valiosos textos de obligada lectura.
Las palabras iniciales de Savater despiertan interés en la naturaleza del pensamiento humano, considerado una ventana hacia la libertad, un vuelo de alas abiertas hacia el infinito horizonte. Es en el pensamiento donde el hombre se refugia para dar riendas sueltas a su capacidad imaginativo y cruza otras fronteras que en su accionar diario encuentra tropiezos para alcanzarlas. Por eso, en su aspecto ontológico, debe hacer el mayor esfuerzo de entrelazar visiones con los demás, cultivar la lectura y mantenerse firme a sus convicciones para trascender como sujeto.
El hombre es lenguaje y acción. Se nutre del mundo que vive, de eso que llaman representaciones sociales, para dar sentido a su existencia en el plano individual y colectivo. Debe pensar de manera reflexiva, colocando la crítica en cada análisis que hace de la realidad abordada. La imaginación es el motor de su pensamiento para que, a partir de sus disquisiciones, pueda interpelar el mundo real que tiene ante si. Es un ejercicio que se llena de estética y adaptabilidad para reforzarla con un lenguaje estético que endulza el alma.
Eso significa que la imaginación del pensamiento se recrea de mitos. Es como echar a volar el pensamiento con personajes del Olimpo en contextos actuales para redimensionar la capacidad de abstracción y comprensión del mundo que vivimos, padecemos y queremos cambiar. Así, nuestro pensamiento debe alimentarse de imaginación, símbologias y realidades para darle significado a la vida y no dejar que sea amputado por los sofisticados laboratorios de propaganda inducida desde los centros de poder. Es ese el trajinar diario del hombre: desarrollar la inventiva de su pensamiento, recrearlo y aplicar principios para la acción transformadora de su entorno social.

