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Javier García Fernández: La transformación de los sistemas de partidos en Europa

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La dificultad que está teniendo el Partido Popular para formar el Gobierno en Extremadura (y próximamente en Aragón y en Castilla y León) se inscribe en un fenómeno que se da desde hace más de una década en muchos países europeos, fenómeno que posee, a mi juicio, una cuádruple vertiente, a saber: I) tendencia a la ruptura de los antiguos bipartidismos, más o menos perfectos; II) asentamiento de la extrema derecha, que compite con las derechas tradicionales; III) dificultad de mantener la preminencia de la socialdemocracia sin que al mismo tiempo se consolide otra izquierda alternativa; y IV) volatilidad del voto, que oscila entre derechas e izquierdas y entre extremismos y posiciones más templadas. Todo ello tiene como consecuencia la quiebra del paradigma sobre gobernabilidad, de modo que los marcos constitucionales que han regulado la formación de Gobiernos durante varias décadas se han quedado inservibles, con la necesidad de reformas constitucionales que en muchos países se presentan muy problemáticas, como ocurre en España.

I) Tendencia a la ruptura de los antiguos bipartidismos, más o menos perfectos. En primer lugar, tenemos la tendencia a la ruptura de los antiguos bipartidismos cuyo ejemplo más próximo, pero no único, es España. En nuestro país, en las elecciones de 2011, los dos partidos centrales del sistema bipartidista imperfecto, PSOE y Partido Popular, obtuvieron el 73,39% de los votos, casi tres cuartas partes de todos los sufragios. Cuatro años después, en 2015, tras la eclosión de Ciudadanos y de Podemos, esos dos mismos partidos, PSOE y Partido Popular, obtuvieron el 50,73% de los sufragios, pasando de casi tres cuartos a la mitad justa de los votos. Sin embargo, en las últimas elecciones de 2023 PSOE y Partido Popular han subido otra vez hasta el 64,74% de los votos, pero los dos partidos que les preceden, Vox y Sumar, alcanzaron casi un 25% de votos.

Aunque los resultados varían notablemente en cada convocatoria (hoy parece imposible que Sumar, ya separado de Podemos, alcance el 12% de 2023 y en cambio Vox podría estar muy por encima de su 12%), lo que parece ya asentado es que el bipartidismo imperfecto que atribuía hasta el 70% de los votos al PSOE y al Partido Popular ha acabado. Acabados los porcentajes del 70% o más, pero el bipartidismo no ha sido triturado como se ve en las recientes elecciones autonómicas, donde los dos antiguos partidos del sistema bipartidista han alcanzado:

*Extremadura, 68,9%.

*Aragón, 58,6%.

*Castilla y León, 63%.

Estos resultados son indicativos de tres fenómenos: en primer lugar, la persistencia del bipartidismo imperfecto donde cada uno de los dos partidos necesita inexcusablemente a un tercero para gobernar; en segundo lugar, el rápido final del fenómeno de dos partidos nacionales (no regionales), que lograban por sí solos la cuarta parte de los votos, como ocurrió con Ciudadanos y Podemos en 2015; y, en tercer lugar, la aparición del fenómeno concomitante de la ingobernabilidad, de lo que hablaremos más abajo.

Es decir, en España, como nos enseñan los resultados de las elecciones a Cortes de 2023 y las tres últimas convocatorias autonómicas, persiste el fenómeno bipartidista, pero ambos partidos están flanqueados, con más o menos fuerza, por partidos más extremistas. En cambio, ha vuelto a desaparecer la presencia de un partido de centro, susceptible de apoyar al Partido Popular y al PSOE, como podría haber sido Ciudadanos, si bien en la realidad el partido de Rivera sólo fue un submarino del Partido Popular.

¿A qué se puede deber este fenómeno extraño donde el bipartidismo se debilita, pero no muere? Varias causas explican esta persistencia. En primer lugar, la gran fortaleza del PSOE y del Partido Popular en los años ochenta y noventa, pues el que tuvo, retuvo. En segundo lugar, la paralela debilidad de los partidos que flanquean al PSOE y al Partido Popular que, al menos hasta ahora, han tenido papeles muy secundarios (Partido Comunista de España, Izquierda Unida, UPyD, Ciudadanos, Podemos, Sumar). Hasta ahora sólo Vox rompía últimamente esa regla, aunque en Castilla y León parece haberse frenado su ascenso. En tercer lugar, se explica el bipartidismo porque en las Comunidades Autónomas donde el nacionalismo es más fuerte el PSOE o sus partidos hermanos (no así el Partido Popular) se mantienen con vigor y ello aporta muchos votos a los resultados nacionales.

En resumen, el bipartidismo se ha debilitado, pero no ha muerto ni ha sido sustituido por otro sistema de partidos, como en Francia. Pero los dos ejes del bipartidismo, PSOE y Partido Popular, necesitan inexcusablemente uno o varios partidos de refuerzo parlamentario.

II) Asentamiento de la extrema derecha que compite con las derechas tradicionales. Como también ocurre en Francia, en Italia, en Portugal y hasta en el Reino Unido, diversas derechas extremas están horadando a la derecha tradicional y hasta a la izquierda. Este fenómeno tiene tres consecuencias graves. Por un lado, tensa las costuras de la democracia, porque la derecha extrema tiene raíces fascistas y procura introducir modelos e ideas antidemocráticas. En segundo lugar, dificulta la formación de Gobiernos porque, como buenos extremistas, en la negociación para formar Gobiernos la extrema derecha apura la presión sobre la derecha tradicional. Y, en tercer lugar, como se ve en España o en el Reino Unido, el partido conservador tradicional se desliza hasta el extremismo y compra ideas, consignas y propuesta a los fascistas.

El resultado de ese fenómeno es, como veíamos en el epígrafe I), que se acentúa la ingobernabilidad.

III) Dificultad de mantener la preminencia de la socialdemocracia sin que al mismo tiempo se consolide otra izquierda alternativa. Una parte de los votos que recibe la extrema derecha en toda Europa proceden de la izquierda socialdemócrata y de la extrema izquierda. El debilitamiento de la socialdemocracia es una realidad y quizá sea en España dónde mejor aguante, pero el fenómeno se extiende en parte a causa de la confusión ideológica de algunos partidos que gobiernan desprendiéndose de los principios como el Gobierno de Starmer. Lo mismo ocurre con la izquierda que flanquea a los socialdemócratas, que se mantiene a duras penas con grandes altibajos como ha ocurrido en España con Sumar y con Podemos.

El resultado, una vez más, es más ingobernabilidad, pues las izquierdas no pueden gobernar juntas (salvo en España y ello con dificultades) y la socialdemocracia pacta en malas condiciones con la derecha (como en Alemania) o, simplemente, no pacta porque la derecha prefiere entenderse con los extremistas de la derecha.

IV) Volatilidad del voto, que oscila entre derechas e izquierdas y entre extremismos y posiciones más templadas. Hace pocos años las tendencias del comportamiento electoral eran predecibles. Hoy todo es mucho más difícil de medir por la volatilidad del voto, que muchas veces se decide pocos momentos antes de ser emitido. También se ha esfumado en gran parte la conciencia de clase en las clases populares (no en las clases que dominan los medios de producción) y por primera vez en la historia vemos grandes franjas de electores asalariados que votan a la extrema derecha.

También ello da como resultado un ascenso de la ingobernabilidad, porque el techo seguro que tenían la derecha tradicional y la socialdemocracia se ha esfumado y a día de hoy en muchas barriadas de la banlieu de París, de los Länder renanos o de Manchester no se puede prever cómo será el voto trabajador.

Todos estos fenómenos crean una gran inestabilidad constitucional por el fenómeno de la ingobernabilidad. Sin embargo, no es el tema central que preocupa actualmente al Derecho Constitucional. Tras la consolidación electoral de Ciudadanos y de Podemos en 2015, en España hubo un cierto debate (por ejemplo, el monográfico de Sistema, núm. 244, octubre 2016, dedicado a los Gobiernos de coalición), pero hoy la doctrina del Derecho Constitucional prefiere centrarse en la gobernabilidad multinivel, los nuevos derechos o la inteligencia artificial. Pero, si hacemos un repaso uno por uno de los Gobiernos de Europa, de sus apoyos parlamentarios y del tiempo que han tardado en constituirse, comprenderemos que la gobernabilidad es el problema constitucional número uno de Europa. Se deben buscar fórmulas políticas para asegurar la formación de Gobiernos minoritarios y otorgarles capacidad de gestión, de gobierno y de presupuesto, sin perder, por supuesto, el control parlamentario ni la decisión última de las Cámaras. Es un gran reto, pero necesario si queremos salvar la democracia.

 

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